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jueves, 23 de junio de 2016

Departamento de especulaciones. Jenny Offill





Si existe un hogar es para meter a cierta gente dentro y dejar fuera a toda la demás. Un hogar tiene un perímetro. Pero a veces los vecinos, las scouts o los testigos de Jehová violaban nuestro perímetro de seguridad. Nunca me gustaba oír el timbre de la puerta. Las personas que me gustaban nunca se presentaban así.

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Mi amor por la niña parecía condenado, irremisiblemente no correspondido. Debería haber canciones que hablasen de esto, pensaba yo, pero si las había, no las conocía

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Las Mujeres del Yoga siempre viajan en pareja, con la esterilla bajo el brazo y el pelo según muy corto según la última moda que se ha extendido entre las madres. Pero ¿qué pasaría si alguien les diera un puñetazo en el bajo vientre y les robara la esterilla?¿Cuánto tiempo tendría que pasar hasta que se vinieran abajo?

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Pero mi agente tiene una teoría. Dice que todos los matrimonios son una chapuza. Incluso los que desde fuera parecen razonables, por dentro se mantienen en pie con chicle, cuerda y alambre.


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Es importante, si alguien te pregunta cuál ha sido tu momento más feliz, que reflexiones no solo sobre la pregunta, sino también sobre quién te la ha hecho. Si te la hace alguien a quien quieres, es justo inferir que esa persona confía en aparecer en la evocación que ella misma ha propiciado. Pero si fueses injusta y además tuvieras un corazón perverso, podría ser que olvidaras ese hecho tan elemental y entrañable y te refirieras, en cambio, a un momento en que vivías sola en el campo y nadie necesitaba nada de ti, no siquiera amor. Y entonces podrías decir que ese fue tu momento más feliz. Pero si lo hicieras, hablar del momento más feliz haría infeliz a la persona a la que siempre quieres ver feliz.


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¿Más alta?
¿Más delgada?
¿Más tranquila?
Más fácil, dice él.

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Conocí Departamento de especulaciones gracias a esas listas tan típicas que se elaboran a finales o principios de año. Las diez mejores películas, novelas, y cosas así. Salvo un par de autores que sí compro de manera litúrgica, a los que hay que sumarles las malvadas tentaciones de la librería, no soy mucho de comprar ni leer novedades: hay mucho detrás esperando como para atender a lo rabiosamente reciente. Pero me resultó curioso que la mayoría de esas listas de "los mejores libros de 2015", y en especial las realizadas por gente que considero de buen criterio, incluyeran este libro. Si a esa curiosidad que despertó en mí le sumamos que la editorial que la publica es Libros del asteroide, cuyo gusto editorial es excelente e incuestionable, el resultado ha sido que Departamento de especulaciones se vino conmigo en la última visita a la librería. Veinticuatro horas después, ya estaba finiquitada. Y como ya he dicho, no suelo comprar novedades, así que no conozco con detalle el panorama editorial de 2015. Pero comprendo que para mucha gente de buen gusto esta novela sea de lo mejorcito, porque resulta que es magnífica.



Jenny Ofill no es una autora muy conocida en nuestro país; de hecho, apenas es posible encontrar información sobre ella en español. Alguna entrevista aislada con motivo del lanzamiento de este libro y poco más. Jenny obtuvo éxito moderado con su primera novela, Last things, no traducida al español. Pasó doce años dando clase y centrada en su familia hasta que subió al podio de las listas americanas (y españolas) con Departamento de especulaciones, donde de manera brillante nos plasma los miedos de lo que fue su vida durante esos doce años: comenzar a envejecer, estancarse en el trabajo, en la escritura, la ansiedad de tener hijos y los tremendos cambios que estos traen consigo y sobre todo, y de manera magistral, las complejidades del matrimonio estable. Podría argumentarse que el desasosiego fruto del matrimonio convencional es un tema manido y de donde ya poco puede sacarse hoy día, pero creanme, la visión de Offill y su insólita manera de contarla, su enfoque de las complejidades de la vida en pareja y la maternidad en el mundo moderno es de una exactitud abrumadora, de una sinceridad pasmosa y merece muchísimo la pena sentarse un rato con ella. Porque eso es lo que haremos, acompañarla en su paseo por sus propias dudas, sus éxitos y sus fracasos de una manera casi íntima.


Y por otro lado, qué duro se me ha hecho terminar este libro. No porque me haya resultado largo o pesado. Todo lo contrario: no me hago a la idea de dejar a la narradora ahí sola, encerrada entre las páginas y no volver a saber de su vida. Y eso es algo bueno, evidentemente, pero también es triste. O a mí me lo parece. Me encantaría poder seguir escuchando sus pequeñas historias del día a día, reconfortándola y diciéndole que no está sola. Pero lo está, y mucho. Porque lo que Offill nos cuenta en esta magnífica obra es la complejidad del mundo moderno para las relaciones en general y para el matrimonio en particular. Para detener nuestras vidas y simplemente pensar. Las dificultades para ser feliz en un mundo frenético y de paso lo difícil que es eliminar las chinches de un apartamento. Y de que te sean infiel. También las dificultades de que te sean infiel.


Pero lo peculiar, lo que define a Departamento de especulaciones es la manera en la que está escrita. A trozos. A pedacitos inconexos entre sí que parecen una sucesión de estados de Facebook. La elección de esta prosa fragmentada terriblemente posmoderna, lejos de resultar complicada, aburrida o difícil de seguir, es perfecta: nada puede transmitir mejor la vida de una mujer moderna atrapada en un mundo frenético cuyo tiempo se reduce a unos minutos al día para escribir unas líneas. Son por lo tanto una colección de pensamientos sobre su vida en general, con fragmentos de una profundidad memorable y con trivialidades absurdas que brotan de lo cotidiano y que nos ayudan a comprender perfectamente la manera de pensar de la narradora hasta el punto de conocerla perfectamente cuando terminamos el libro. Pero quizás, y aquí está a mi juicio una de las grandes virtudes del libro, lo más interesante no es lo que se nos cuenta, sino aquello que se calla; los huecos que no aparecen entre esos pedacitos de su confusa existencia.


La prosa de Offill -aviso- al principio puede confundir un poco. Pero a las cuatro páginas estás atrapado, y lo mejor es que tengas tiempo por delante porque es imposible parar de leer. Veremos a la narradora conocer a un chico, conseguir un trabajo, casarse, tener una hija, temblar de miedo por no saber cómo cuidarla, llorar, reír, enfrentarse a la infidelidad conyugal, frustrarse, trabajar para un loco del espacio... en fin. El enorme rango vital de una persona interesantísima por su visión de las cosas y que nos ayudará muchísimo a reflexionar en torno al mundo que nos rodea, a lo enrevesada que es la sociedad contemporánea y a darnos cuenta de que nuestros miedos más íntimos no son solo nuestros.


Por lo tanto, os recomiendo muchísimo visitar este Departamento de especulaciones. Un libro excepcional que os moverá sin duda a pensar sobre muchos aspectos de vuestra vida o de cómo afrontaríais (o habéis afrontado) otros. Todo ello de la mano de una mujer tremendamente real a la que solamente le falta tener nombre.


¡Besos y abrazos!

Jenny Offill

martes, 14 de junio de 2016

El guardián entre el centeno. J.D. Salinger



Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso. Primero porque me aburre, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy susceptibles, sobre todo mi padre. Son "buena gente" y todo eso, no digo que no, pero también son más susceptibles que el demonio. Además, no crean que voy a contarles toda mi maldita autobiografía ni nada de eso. Sólo voy a hablarles de unas cosas de locos que me pasaron durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara bastante hecho polvo y que tuviera que venir aquí y tomármelo con calma.

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Así comienza una de las obras más conocidas, comentadas y misteriosas de todo el siglo XX. Y es que El guardián entre el centeno ha trascendido más allá de lo meramente literario para adquirir el estatus de mito cultural, en gran medida por sus virtudes literarias, pero también alimentado por la ingente cantidad de leyendas que se han ido vertiendo sobre la novela desde su publicación en 1951, y que han hecho que sea un libro que vende en la actualidad más de 250.000 ejemplares anuales o que incluso sea lectura obligatoria en p rácticamente la totalidad los institutos de EEUU. Pero el mito no está ahí, en sus increíbles ventas o su número de lectores. Está en un magnetismo extraño que la obra ejerce sobre las personas desde su atractivo título hasta culminar en su inquietantes últimas palabras: No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo.

Siempre me gusta comenzar mis reseñas escribiendo unos breves apuntes sobre el autor para ponernos un poco en situación. Pero aquí no lo vamos a tener tan fácil, pues Jerome David Salinger es una de las figuras más misteriosas y oscuras de la élite literaria del siglo pasado, ya que se recluyó como un eremita tras la tremenda repercusión social que tuvo El guardián entre el centeno; no concedió visitas ni entrevistas, ni siquiera accedió a firmar ejemplar alguno de su obra. Y a medida que se agrandaba la leyenda de El guardián entre el centeno, más crecía la curiosidad por Salinger, que murió en 2010 a los noventa y un años y sin abrir la boca. Desde entonces, la búsqueda de manuscritos, cartas o cualquier vestigio de Salinger sobre la faz de la tierra se ha convertido en obsesión para muchos, hasta el punto de que coleccionistas particulares llegaron a pagar cincuenta mil dólares por una nota para su asistenta en la que Salinger daba instrucciones para la limpieza de la casa y (agárrense) un millón (¡!) de dólares por su retrete. Sí, por su taza del wáter. Así estamos.

Un momento, ¿has dicho leyenda negra? Pues sí, en efecto. El guardián entre el centeno arresta multitud de anécdotas oscuras a sus espaldas que según dice, atormentaban a su silencioso autor. Ha sido libro de cabecera y llevado a la obsesión a numerosos psicópatas y asesinos. El episodio más conocido es el protagonizado por Mark David Chapman, quien tras disparar seis veces a John Lennon cuando volvía a casa, en lugar de huir de la escena del crimen, esperó sentado junto al cadáver la llegada de la policía mientras leía El guardián entre el centeno: "Esta es mi declaración" dijo mostrando su trillado ejemplar del libro cuando fue interrogado. Y a Chapman se unieron otros: John Hinckley, que intentó asesinar a Ronald Reagan; B. Sirhan, asesino de Robert Kennedy, ambos obsesionados con la novela; o R. John Bardo, quien mató a la actriz Rebecca Schaeffer con un ejemplar del libro en la mano. Pienso que la explicación es mucho más sencilla que algunas descabelladas teorías sobre el mensaje oculto del libro o incluso sobre directrices de la CIA escondidas en sus páginas: El guardián entre el centeno remueve mucho por dentro. Muchísimo: puede dejarnos horas pensando, y hacernos sentir cosas que estaban ahí agazapadas desde nuestra adolescencia. Pero claro; lo malo de remover las aguas es que si estas son aguas sucias, aflorará más suciedad todavía desde el fondo.

El argumento de la obra no puede ser más sencillo. El protagonista, Holden Caulfield, nos cuenta los extraños acontecimientos que le ocurrieron unos días antes de las vacaciones de Navidad, justo cuando le fue comunicado que había sido expulsado de la escuela Pencey y que no volvería tras las vacaciones. Por ello, Holden decide fugarse y deambular por Nueva York llamando a antiguos amigos, a chicas, alojándose en hoteles o en casas ajenas y gastando dinero por doquier. Como vemos, en lo que al argumento se refiere, nada destacable. Incluso anodino. Así, la genialidad de El guardián entre el centeno reside en Holden y su visión del mundo. Holden es odioso y tierno. Holden es uno de los personajes más entrañables que me he topado nunca: es un adolescente que no encuentra su lugar en el mundo, como todos alguna vez fuimos. El muchacho mira todo aquello que le rodea de forma ácida, original, tierna, despreciable a veces. Pero Holden es un símbolo reconocible, es la encarnación de los temores humanos por el cambio tan brusco e inquietante que supone la edad adulta, ese miedo a crecer mezclado con el deseo de hacerlo. Así, Caulfield desprecia a los adultos, falsos, hipócritas y adora la inocencia y espontaneidad de los niños. Y por ello, su sueño sería cuidar de los niños que pueden caerse por el precipicio porque no lo ven a causa de la altura de las plantas, ponerse al borde y evitar que caigan, ser el guardián entre el centeno. En definitiva, protegerlos de la edad adulta porque se ha dado cuenta de lo que hay. Aislarlos de la falsedad y de la hipocresía que les espera en su paso por el mundo.

El guardián entre el centeno fue una obra muy criticada y prohibida en los años cincuenta, cuando EEUU se intentaba recuperar de las guerras. Prohibida porque Holden es un chico de dieciséis años que se escapa de la disciplina del colegio por una brutal pelea, se esfuerza para aparentar más edad para emborracharse, piensa continuamente en sexo, bebe y fuma todo lo que puede, solicita los servicios de una prostituta, critica ácidamente la educación académica de su tiempo, vive en una continua depresión y habla usando tacos y unas molestas coletillas. Hasta el punto de que Carl Luce, un amigo del pasado con quien toma una copa en un momento del relato, le suelta tras las absurdas preguntas de Holden: "¿Cuándo demonios vas a crecer de una vez?". Ahí precisamente radica la clave del libro, en el abandono de la cómoda infancia para transitar por lo desconocido.

En lo relativo a su estilo, El guardián entre el centeno también chocó mucho en su época por su (constante) coherencia con su protagonista. La obra es un monólogo de un adolescente. Por lo tanto, está escrita tal y como hablaría un adolescente. El vocabulario es ridículamente corto y genérico, se desvía continuamente de lo que está contando, no es preciso ni claro; Holden no para de decir que todo el mundo es "falsísimo" y utiliza colillas hasta decir basta, en especial ese "y eso" que llega hasta a irritar durante la lectura. ¿El resultado? Un maravilloso, vivo, creíble y verosímil Holden que hará que cerrar el libro sea echarlo de menos.

En definitiva, no queda sino decir que El guardián entre el centeno es una novela eterna. Es eterna porque empatiza a la perfección con sentimientos como la soledad, la tristeza o la dificultad para aceptar los cambios. Y claro, ¿quién no los ha sentido alguna vez? Pues ahí está el éxito de El guardián, y lo que la convierte en una obra universal: hablar con semejante precisión de sentimientos universales. Porque los tiempos podrán cambiar, pero el individuo no. Siempre nos sentiremos tristes, solos, deprimidos, tratados de manera injusta y nos costará aceptar los cambios. Y siempre estará ahí el pequeño e incomprendido  Holden, preparado por si no vemos el borde del precipicio, velando por que no caigamos al vacío. Holden, el fiel guardián entre el centeno.

J.D. Salinger

lunes, 6 de junio de 2016

El mal de Portnoy. Philip Roth




   Mire, le parecerá exagerado, pero es un milagro, prácticamente, que yo siga pudiendo andar por mi propio pie. ¡Cuánta histeria, cuánta superstición!¡Cuánto ándate con ojo, cuánto cuidado! No hagas esto, no hagas lo otro, contrólate. ¡No!¡Estás quebrantando una ley muy importante!¿Qué ley?¿La ley de "quién"?
   No tenían el menor sentido de lo humano, podrían haber llevado placas redondas en los labios y anillas en la nariz y andar por ahí pintados de azul, que habría dado igual. Bueno y, además, los milchiks y los fleishiks, todas esas normas y regulaciones meshuggeneth, encima de sus propias demencias personales. Es un chiste familiar, el día que estaba yo mirando una tormenta de nieve, por la ventana, de pequeñito, y pregunté, muy ilusionado: "Mamá, ¿nosotros creemos en el invierno?" ¿Se da usted cuenta de lo que estoy diciendo? A mí me crió una panda de hotentotes y de zulúes. Ni se me pasaba por la cabeza que se pudiera uno beber un vaso de leche con el sandwich de salami sin ofender a Dios Todopoderoso. Imagínese, entonces, las broncas que no me echaría la conciencia, cuando empezó lo de las pajas.


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El mal de Portnoy es el mejor ejemplo de cómo arriesgar con un libro. De cómo jugársela a una carta y no solamente salir vivo, sino consagrado como un grande. Aunque - o quizás porque- censuren tu novela. Cuenta el propio Philip Roth en una de sus últimas entrevistas que escribió la desternillante aventura sexual de Alex Portnoy, su cuarta obra, para emanciparse de sí mismo, para romper los lazos con el escritor que había empezado a ser en sus novelas iniciales: un narrador modélico, correcto, de prosa diáfana y seguidor de los cánones inequívocos del triunfo. Una conciencia literaria bien educada, meticulosa, ordenada y forjada a base de leer a quien debe ser leído para convertirse en escritor. Y en estas, al bueno de Roth le da por escribir un monólogo de más de trescientas páginas en las que un judío acomplejado narra explícitamente su vida sexual desde su tierna infancia hasta la sordidez de sus treinta y tantos años, en una sucesión de episodios que nos llevarán desde la incredulidad hasta la carcajada irrefrenable. Pero en todo momento nos dejarán clara una cosa: que hay un Portnoy dentro de cada uno de nosotros.

Como decía, la única voz en todo el relato es la de Alexander Portnoy, quien cuenta a su psicoanalista fogonazos de su vida en clave sexual. En todo momento asistiremos a un hecho cultural muy llamativo, y es que Portnoy pertenece a la comunidad judía de Nueva Jersey, e interpreta toda su existencia como un resultado de la pertenencia a dicho colectivo. Su manera de relacionarse, de ver el mundo, de ser educado y de ser rechazado por el antisemitismo (el libro está escrito en 1969) pasan por el prisma de lo judío-estadounidense, un factor que hace a la novela interesantísima, al reflejar de primera mano lo peculiar de dicha cultura. Portnoy no sabe cómo interpretarse a sí mismo. No termina de sentirse judío, en el sentido estricto del término, ni por supuesto americano, y dicha confusión será fundamental de cara a su activa vida sexual de soltero bien posicionado, sano y atractivo. 

Poco, o más bien nada, queda libre de las ansias de revancha social que Portnoy muestra en su confesión al silencioso doctor Spielvogel. Pero sobre todo, su familia. El germen del mal de Portnoy. Su madre es el prototipo de ama de casa recta, cuidadora nata y creadora de una arcadia de puertas para adentro que entiende el mundo de puertas para fuera como un catálogo infinito de males y riesgos. El padre es un excelente vendedor de seguros en barrios conflictivos al que no permiten prosperar en su empresa por un evidente antisemitismo. En casa, es un ser patético, aquejado de un estreñimiento crónico que le hace pasarse la vida en el cuarto de baño manipulando enemas y supositorios y hablando del tema a toda la familia continuamente. En este ambiente, el pequeño Alex ha sido educado como el judío modélico, alejado de la comida basura, de los goyim (gentiles), que saca notas excelentes, ayuda en casa y asiste a la sinagoga sin rechistar.

Pero poco a poco, la mente del Alex adolescente comenzará a plantearse el sentido de todo lo que le rodea hasta parecerle un completo absurdo, y comenzará su carrera como judío rebelde. Un irrefrenable onanismo primero que lo llevarán a la masturbación compulsiva; relaciones con shikses rubias y sonrientes después, y más adelante, renegar de su apellido, de su cultura y hasta de su nariz; un camino de renuncia a sus principios impuestos recorrido, por supuesto, bebiendo a sorbos litros y litros de culpabilidad judía. Pero la paradoja llegará en su época de madurez, cuando su condición de judío, ese inconfundible aire mesiánico y culto, será lo que le resulte atractivo a las mujeres con las que mantiene relaciones. Un elenco de shikses donde conoceremos entre otras a La Mona, una modelo de ropa interior de una simpleza mental atroz, o a Calabazota, la mordaz rubia goy con quien Portnoy pasó un día de Acción de Gracias para hacer daño a su familia.

Así, el sexo domina por completo la obra a modo de hilo conductor. Masturbaciones en autobuses públicos, felaciones en descapotables, orgías en Roma, problemas de erección en Israel... todo un repertorio de anécdotas, algunas tremendamente pintorescas y otras que rebasan con creces el límite de lo escatológico, que hacen que Portnoy piense que posee algún tipo de enfermedad psicológica o afectiva, que le lleva a leer continuamente la obra de Freud para alimentar la incipiente neurosis que le impide aceptarse tal y como es. Ya lo advierte el autor en la primera página: Portnoy, Mal de [llamado así por Alexander Portnoy (1933-     )]: Trastorno en que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. 

Y en lo referente al estilo, como veis, ya manejo sin problema unas veinte palabras en yiddish, que ya es todo un logro. A lo largo del relato, Portnoy usará expresiones hebreas continuamente, hasta el punto de que el libro incluye al final un vocabulario hebraico traducido al español. Mención aparte merece la traducción de Ramón Buenaventura, que me ha resultado muy acertada (aunque suele haber discrepancia en la traducción del título -Pornoy´s Complaint-). Por lo demás, la voz de Alex suena tremendamente natural, usando un registro coloquial y hasta vulgar que hacen al personaje de lo más creíble que he leído en mucho tiempo. Además, su discurso atropellado muestra brillantes momentos de exaltación ante el psiquiatra, incoherencias, asociaciones graciosísimas, saltos temporales y anécdotas solapadas cuyo resultado es una narración vitalista y verosímil. Hasta lo voy a echar de menos al pobre Alex.

En conclusión, estamos ante un libro singular y con mucha personalidad, base de muchas obras posteriores, ante el que es imposible sentirse indiferente. A mí personalmente me ha fascinado su excelente mezcla de registros, de temas soterrados bajo las hazañas sexuales de Portnoy y la visión de la sociedad judía. Pues en definitiva, es un libro en el que un judío de Nueva Jersey escribe sobre un judío de Nueva Jersey. Magnífico.

¡Besos y abrazos!



Philip Roth

lunes, 30 de mayo de 2016

El viejo y el mar. Ernest Hemingway




      - ¡Ahora! -gritó mientras daba un fuerte tirón con ambas manos, luego recuperó un metro de sedal y dio varios tirones más, cambiando de brazo con fuerza y balanceando todo el peso de su cuerpo.
      No ocurrió nada. El pez siguió alejándose despacio y el viejo no pudo acercarlo ni un centímetro. El sedal era resistente y estaba hecho para peces grandes, se lo pasó por detrás de la espalda hasta que estuvo tan tenso que las gotas de agua saltaban como cuentas de vidrio. Luego, empezó a hacer un sordo siseo en el agua y el viejo continuó sujetándolo, afianzándose en la bancada e inclinándose hacia atrás. El bote empezó a moverse lentamente hacia el noroeste.

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Escribir sobre Ernest Hemingway es entrar en terreno de palabras mayores. Y digo esto porque en mi opinión, Hemingway supone un antes y un después en la narrativa del siglo XX. Hemingway encarna la superación de la novela decimonónica y el hallazgo de un nuevo estilo, del estilo contemporáneo con mayúsculas. Por ello ha sido un escritor imitado hasta decir basta y que dejó un rastro de influencias que llega hasta el presente. Para entendernos: Hemingway es uno de los padres.

Leer su biografía es un acto que cansa. Literalmente. Deja agotado seguir mentalmente sus innumerables de viajes, sus cambios continuos de residencia, sus cuatro matrimonios prácticamente solapados, sus enfermedades, sus cicatrices en el rostro y sus numerosos accidentes de coche y de avión (¡dos accidentes de avión en dos días seguidos!). Todo esto sumado a su participación en cuantas guerras se le pusieron a tiro (fue herido en la Gran Guerra, participó en el Desembarco de Normandía, cubrió la Guerra Civil española como periodista...), a su incontrolable pasión por la bebida, por el deporte, por los famosos, por Cuba, por España, por comer, por pescar y por la aventura llevada al límite entre cientos de cosas más, han convertido a Hemingway en un personaje de leyenda, en un mito que trasciende al escritor y que ha generado una llamada industria Hemingway -bastante productiva, todo sea dicho-. Es evidente que la visión del personaje condiciona la recepción del escritor, pero no la distorsiona en ningún momento: si eliminamos de Hemingway todo su halo de leyenda, nos queda sin dudarlo un tremendo narrador, una voz que cambió el siglo XX y que hizo desvestirse a su literatura hasta las últimas consecuencias.

El libro que nos ocupa hoy, El viejo y el mar, es una novela de 1951. Para entonces, todas las grandes obras de Hemingway estaban ya publicadas y era un autor considerado de altibajos a quien le había costado mucho trabajo dar el salto del periodismo a la narrativa profesional. Pero la publicación de la aventura marítima de Santiago, el viejo, fue su canto de cisne. El golpe definitivo que le hizo conquistar el Pulitzer, el Nobel, y la admiración de todos sus contemporáneos. Porque El viejo y el mar sublima el estilo y las preocupaciones de Hemingway hasta el punto de convertirlos en universales. Y todo ello en apenas cien páginas (que dicho sea de paso, se hacen cortísimas)

En la obra conoceremos a Santiago, un pescador cubano conocido en La Habana como el viejo, que porta ya durante ochenta y cuatro días la maldición de no sacar ni un solo pez del mar. Hasta el punto de que los padres de Manolín, su tierno y entrañable ayudante, le han prohibido salir a pescar en el bote de Santiago por considerarlo gafado. Pese a ello, el chico cada día consigue comida y cebos para Santiago, a quien la situación de sequía pesquera lo está sumiendo en un cruel estado de pobreza en el que poco más podrá aguantar. Así, en el día ochenta y cinco de su ruina, Santiago, solo en su pequeño esquife, enganchará en uno de sus anzuelos el pez más grande que jamás haya visto. Y así comenzará una lucha atávica entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza, entre lo humano y el medio elemental, una batalla a muerte que a medida que vaya prosperando nos dejará helados ante el desarrollo de la acción, las reflexiones de Santiago en busca de su redención, el comportamiento del animal luchando por su vida y por supuesto, el desenlace final, que nos hará reflexionar más profunda e intensamente que decenas novelas que la cuadriplican en extensión. Porque sufriremos durante los tres días que dura la batalla contra el pez: padeceremos el cansancio de sus músculos, su hambre, su sed, su progresiva pérdida de cordura y sobre todo, su soledad ante la vastedad de la naturaleza.

Y todo ello narrado con esa prosa que refleja el carácter de Hemingway a la perfección. Un estilo enérgico, sobrio, incluso simple, cuyas imágenes desprovistas de barroquismo y retórica tienen la virtud de evocar sin contar, de presentar una cara oculta. Es lo que se conoce como la "Teoría del iceberg" que cristalizó como el gran acierto estilístico de Hemingway y que sentó las bases de toda la narrativa posterior. Para él, un relato simplemente muestra, al igual que un iceberg, una pequeña porción de la historia. Esta quedará en su mayoría sumergida para que el lector intente bucear en las aguas heladas y así pueda extraer aquello que se esconde y que no se narra. El iceberg va mucho más allá del simbolismo y de la moraleja. Es una manera de entender la narración completa y de implicar al lector en la interpretación del universo ideado por el escritor, convirtiéndonos así a cada uno de nosotros en una parte activa del proceso literario.

Por lo tanto, la grandeza de El viejo y el mar, una obra que falsamente podría interpretarse como simple o anecdótica, radica en que es una historia extrapolable a cualquier aspecto de la vida que implique una lucha, una necesidad de superación a base de constancia. Una batalla personal. Y por ello, El viejo y el mar es una obra maestra universal: porque si hay algo seguro en cada persona, si hay un factor común a cada ser humano, son las batallas que cada uno de nosotros libramos permanentemente. Visibles o invisibles.



lunes, 23 de mayo de 2016

La conjura de los necios. John Kennedy Toole





Ignatius recorrió tambaleante el camino de ladrillos de su casa, subió los escalones laboriosamente, llamó al timbre. Una rama del banano muerto había expirado y se había desplomado rígida sobre la capota del Plymouth.
–Ignatius, hijito -gritó la señora Reilly cuando abrió la puerta-. ¿Qué te pasa? Parece que estuvieras muriéndote.
–Se me cerró la válvula en el tranvía.
–Ay, Señor, Señor, entra en seguida, que hace mucho frío.
Ignatius se arrastró penosamente hasta la cocina, se derrumbó en una silla.
–El director de personal de esa compañía de seguros me trató muy ofensivamente.
–¿No conseguiste el trabajo?
–Pues claro que no conseguí el trabajo.
–¿Qué pasó?
–Preferiría no comentarlo.
–¿Fuiste a los otros sitios?
–No, evidentemente. ¿Tú crees que estoy en condiciones de complacer a posibles patronos? Tuve el buen gusto de venirme a casa lo antes posible.
–No agaches las orejas, hijo mío.
–Yo nunca agacho las orejas, madre.
–No te enfades, hijo. Encontrarás un buen trabajo. Sólo llevas unos días buscando -dijo su madre y luego le miró-. Ignatius, cuando hablaste con ese hombre de la compañía de seguros, ¿llevabas puesta esa gorra?
–Pues claro. En aquella oficina no había una calefacción como es debido. No sé cómo los empleados de esa empresa logran mantenerse vivos si tienen que exponerse día tras día a un frío semejante. Y luego, aquellos tubos fluorescentes asándoles los sesos y cegándoles. No me gustó nada aquella oficina. Intenté explicarle al jefe de personal los inconvenientes del lugar, pero no pareció interesarle mucho. Y acabó adoptando una actitud francamente hostil -soltó un eructo monstruoso-. Sin embargo, ya te dije yo que pasaría esto. Soy un anacronismo. La gente se da cuenta y les fastidia.

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La conjura de los necios se ha convertido desde que vio la luz en 1980 en un icono de la literatura universal del siglo XX y su protagonista, el increíblemente repugnante Ignatius Reilly, en la versión moderna y yankee de Don Quijote. No cabe duda de que estamos ante una novela de esas que suelen llamarse "de culto", que no deja a nadie indiferente y que ofrece un enfoque novedoso y corrosivo de la sociedad americana de su tiempo. Pero, ¿es para tanto? ¿Es La conjura de los necios una de las cumbres del siglo XX como tantos afirman? Demos un paseo por sus páginas y descubrámoslo.

La historia de John Kennedy Toole es de sobra conocida. Fue una persona con severos problemas mentales (aunque la obra esté escrita con una lucidez asombrosa), refugiado bajo las garras de una madre sobreprotectora hasta el extremo y por lo que dicen algunos conocidos, incapaz de salir del armario. Un conglomerado de frustraciones que lo llevaron a escribir su impactante visión del mundo en La conjura de los necios, una novela que él consideraba magistral, pero que tras ser rechazada (¡por una sola editorial!) lo llevó a meter el extremo de una manguera en el tubo de escape de su coche y a inhalar los vapores que emanaba hasta la muerte. Tenía 32 años. A partir de entonces, su madre, la buena señora Toole, se dedicó a llamar, qué digo llamar, a bombardear las puertas de cuantas editoriales se pusieron a tiro. Consagró su vida a una sola tarea: a que la obra de su pequeño John estuviese algún día en las librerías. El premio a su abnegada insistencia llegó en 1980, cuando hizo llegar el manuscrito al escritor Walker Percy, quien antes de enviarlo al cajón del olvido decidió darle una oportunidad a la primera página. Cuenta el propio Percy, que no pudo dejar de leer durante horas, y que sus carcajadas resonaban en toda la universidad. Ese mismo año, La conjura de los necios obtenía el Premio Pulitzer y se vendía como rosquillas. Y la señora Toole al fin descansó.

La novela se sitúa en la ciudad portuaria y multicultural de Nueva Oreleans, y gira de manera absoluta en torno a Ignatius y a su tremendista y distorsionada interpretación de la sociedad que lo rodea y de la era contemporánea en general. Ignatius es un personaje abrumador, casi imposible de describir en unas líneas por su altísima complejidad: es una mole de treinta años, vive con su protectora madre en una casa un barrio humilde, no hace nada por la vida salvo comer, eructar y soltar ventosidades por su sufrida "válvula" pilórica, que regula sus niveles de desprecio hacia el mundo gracias a las salidas de gases . Ignatius odia todo lo que le rodea casi sin excepción, le dice constantemente a todo lo que le rodea lo mucho que lo odia y escribe en su habitación infantil durante horas un manifiesto contra el siglo XX que aboga por la destrucción de la sociedad moderna y por volver al mundo medieval. Y todo muy normal para su madre, que está empezando a coquetear con la bebida.

Así las cosas, la trama comienza con un accidente de tráfico que pone en serio compromiso la economía familiar de los Reilly, lo que provoca que Ignatius deba salir al mundo a buscar dinero. Y ya sabemos cómo es la relación de Ignatius con el mundo. Así, nuestro gaseoso héroe se ve obligado a desfilar por trabajos extravagantes en los que fuerza situaciones más extravagantes aún, llegando a comandar un motín de negros sublevados contra el patrón opresor de una empresa arruinada, a fundar un partido político homosexual que pretende ocupar puestos clave en el sistema o a vender salchichas con un carro de perritos calientes por los bajos fondos de Nueva Orleans (quien dice vender, dice "comer salchichas mientras pasea un carro y eructa a los cuatro vientos").

En esta extraña aventura de Ignatius por su tan odiada sociedad, no estará solo ni mucho menos. Vemos a lo largo del relato un cupo de personajes secundarios totalmente a la altura del tono de la novela, un elenco de patéticos seres incomprendidos. Alguno de ellos, -como el patrullero mancuso, un policía italiano al que ridiculizan en la comisaría por no ser capaz de detener a nadie-, son magistrales. Conoceremos a Darlene, una belleza sureña que hace strip-tease con una cacatúa que la va desnudando; a la señora Battaglia, la nueva enemiga de Ignatius por corromper a su pobre madre; a la obsesa sexual Mirkoff, que intentó sin éxito desvirgar a Ignatius y ahora da charlas sobre sexo libre en Nueva York o al matrimonio Levy, los decadentes dueños de una decadente empresa de pantalones vaqueros. Pero tras Ignatius, el personaje que brilla con luz propia es el de Jones, un cliché de negro explotado que se siente un negro explotado, que habla como un negro explotado y se comporta como un negro explotado, y que sorprendentemente tendrá un papel esencial en la trama.

Como vemos, estamos ante una obra de altísimas pretensiones, una tragicomedia irónica que viene a crear una prolongación moderna de nuestro Siglo de Oro, apoyando la narración en lo hiperbólico y lo absurdo para criticar con una sagacidad y mordacidad deslumbrantes. La conjura de los necios hace al lector pasar por un espectro de sensaciones que va de la carcajada incontenible hasta la arcada y el asco absoluto.

En conclusión, diremos que sí. Que sí es para tanto. La conjura de los necios es una obra imprescindible. Eso sí, no descuidemos nuestro Siglo de Oro, que tiene más y mejor de esto. Ahí lo dejo.

¡Besos y abrazos!





lunes, 2 de mayo de 2016

La música del azar. Paul Auster



Yo he trabajado con números  toda mi vida, claro está, y al cabo de algún tiempo empiezas a pensar que cada número tiene su propia personalidad. Un doce es muy diferente a un trece, por ejemplo. El doce es honrado, concienzudo, inteligente, mientras que el trece es un solitario un tipo turbio que no se lo pensaría dos veces si tuviera que infringir la ley para conseguir lo que quiere. El once es duro, deportivo, le gusta caminar por los bosques y escalar montañas; el diez es bastante bobo, un blando que siempre hace lo que le mandan; el nueve es profundo y místico, un Buda de la contemplación. No quiero aburrirles con esto, pero estoy seguro de que entenderán lo que quiero decir. Es todo muy privado, pero todos los contables con los que he hablado me han dicho siempre lo mismo. Los números tienen alma, y uno no puede evitar relacionarse con ellos de una forma personal.


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Unos de mis motivos literarios favoritos es ese maravilloso conjunto formado por la casualidad, el destino, la suerte y el azar que tan bien exploraron los remotos dramaturgos griegos. Son hechizos caprichosos que pululan sobre nuestras cabezas, vientos que nos arrastran de un lado a otro. Y si a estas fuerzas aplicadas a un libro les sumamos la tremenda habilidad de Paul Auster para llevar las situaciones al límite, tenemos como resultado una novela que nos lleva durante 250 páginas agarrados a la barandilla con los ojos como platos, alucinando por los giros tan inesperados que toman los acontecimientos prácticamente cada diez páginas. Y cuando creemos que la cosa no se puede poner peor, ahí está el bueno de Auster para recordarnos que todo es posible cuando el azar y su pluma están de por medio. Porque en el terreno del qué hubiera pasado si..., Paul Auster es el rey. Y aviso: una vez que se coge La música del azar, es imposible de soltar.

La música del azar (1990), nos presenta a dos hombres barnizados con esa pátina de fracaso y frustración tan propia de los personajes de Auster que un buen día tienen la ¿suerte? de conocerse en un polvoriento arcén de una carretera cualquiera. Cuando Jim Nashe hereda una modesta suma de dinero de su padre, toma la decisión de abandonar su trabajo como bombero y decide seguir el tópico americano de la vida en la carretera, vagando sin rumbo hasta que el dinero se agote y luego ya veremos. Conducir, dormir en un motel y volver a conducir explorando la vastedad americana. Cuando el dinero comienza a escasear, la casualidad hace que Jim se cruce con un caminante ensangrentado al que decide recoger. Entra en escena Jack Pozzi, conocido como Jackpot en el mundo del póker, quien ha recibido una paliza y no tiene dinero. Está frustrado y rabioso por no poder participar en una partida privada que se celebrará en una mansión dentro de dos días, en la que está seguro de que desplumará a una pareja de millonarios excéntricos y nefastos como jugadores de póker. Curiosamente, la cuota para poder entrar a la partida es la cantidad que le queda a Jim de la herencia de su padre. Su última esperanza antes de no tener nada.

Prefiero no seguir contando porque con esto seguramente ya se perciba lo interesante del argumento (no os podéis ni imaginar en qué acaba esto), una historia increíble que experimenta una mutación absoluta al pasar de lo que parece ser una novela de carretera a ser una novela que bebe de la tradición gótica, casi de terror en algunos momentos álgidos y con decenas de guiños a diversas obras literarias (más los que seguro que se me han escapado). Una casa de puertas interminables, la maqueta enorme de una ciudad utópica, un billete de lotería premiado, un misterioso niño de cuatro años, un castillo inglés o una prostituta en limusina acudiendo a hacer un servicio a una caravana son algunos de los muchísimos ingredientes que encontraremos a lo largo de sus páginas. Además, claro está, de algunas sorpresas inimaginables que solo podían brotar de la privilegiada mente de Paul Auster.

En definitiva, estamos ante una novela magistral en su forma, pero sobre todo en su fondo. Con una historia que a priori parece ser simple, Auster consigue desarrollar un laberinto que nos hace reflexionar sobre lugares ocultos de la mente humana y hacernos muchas preguntas sobre nosotros mismos durante y tras su lectura. Un libro asombroso. Absolutamente recomendable.

¿Y a vosotros?¿Qué historia os ha sorprendido por el inesperado giro que toman los acontecimientos?

¡Besos y abrazos!








jueves, 3 de marzo de 2016

En el camino (Beat #1). Jack Kerouac




     Iba a comenzar el más grande trayecto de mi vida. Un camión con una plataforma detrás y unos seis o siete tipos desparramados por encima de ella, y los conductores, dos jóvenes granjeros rubios de Minnesota, recogían a todo el que se encontraban en la carretera: la más sonriente y agradable pareja de patanes que se pueda imaginar; ambos llevaban camisas y monos de algodón, sólo eso; ambos tenían poderosas muñecas y eran animados, y sonreían como si dijeran ¿qué tal estás? a todo el que se cruzaba en su camino.
     Corrí, salté a la caja y dije:
     -¿Hay sitio?
     - Claro que sí, sube. Hay sitio para todo el mundo -me respondieron.
     Todavía no me había instalado del todo en la caja cuando el camión arrancó; vacilé, pero uno de los viajeros me agarró y pude sentarme. Alguien me pasó una botella de aguardiente y tomé el último trago que quedaba. Respiré profundamente el aire salvaje, lírico y húmedo de Nebraska.


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Es evidente que Jack Kerouac fue un tipo peculiar. Era un gran atleta en el instituto, dadas sus privilegiadas cualidades físicas, las cuales lo llevaron a obtener una beca deportiva en la universidad. Pero la normalidad en la vida del joven de ascendencia canadiense nacido en Massachusetts duró hasta que dejo de ser válido para el deporte a causa de una fractura en la pierna, encarnando así el tópico del deportista frustrado al que todos desplazan de repente cuando ya no es útil. Y así comienza todo: cuando tras su decepción decide meterse en problemas por primera vez, ayudando a su amigo Lucien Carr a tirar al río Hudson el cadáver de un muchacho que lo acosaba sexualmente de manera obsesiva, al que apuñaló hasta la muerte. A partir de aquí, Kerouac se casó con la joven Edie Parker (matrimonio anulado en 1948) solamente para que su padre pagase la fianza. Porque evidentemente tuvo que responder por la complicidad del crimen. Y como los problemas llaman a los problemas, conoció en esta época a un grupo de personas problemáticas con las que compartió desde entonces su vida, una vida plagada de excesos, experimentación, filosofía, viajes, sexo y todas las locuras imaginables que lo llevaron a morir a causa de su tremendo alcoholismo. Aquellos desconocidos son hoy voces famosas de la literatura moderna; Allen Ginsberg o William Burroughs, que junto a Kerouac y otro puñado de jóvenes desencantados formaron la llamada Generación Beat, uno de los fenómenos contraculturales más importantes del siglo XX (sobre el que escribíamos aquí ).

Así, "En el camino" se ha convertido en el gran manifiesto Beat; la novela que define de manera épica la manera de pensar y actuar de un grupo de amigos (porque en realidad fue eso) que sentaron un precedente histórico en el panorama cultural occidental. Fue una novela rechazada hasta la saciedad por cuantas editoriales recibieron la visita de Kerouac. Editores trajeados que no sabían ni por dónde empezar a repudiarla: sexo explícito, tintes homosexuales, consumo de drogas continuo, delincuencia, gusto por las minorías étnicas y sociales... y un largo etcétera de aspectos que chocaban frontalmente con la filosofía editorial y social de la época. Aspectos que convierten a "En el camino" en un hito literario sin precedentes. En un esencial de la modernidad.

El planteamiento de la novela es de lo más sencillo. En ella se narran aproximadamente cinco años en la vida de Kerouac (que recibe el nombre de Sal Paradise en la novela), cinco años que básicamente pasó de un lado a otro viajando por la vastedad norteamericana en busca de todo y de nada, en un extraño afán de encontrar a Dios, sea Dios lo que sea. Toda la trama gira en torno a un personaje central, Dean Moriarty (nombre inventado para su amigo Neal Cassady, el gran líder de la Generación Beat), una persona fascinante, el nexo del grupo, un auténtico demente al que todo el mundo hacía caso por su magnetismo natural, su pasión por vivir con una intensidad desbordante, hiperbólica, y quien convertía en destrucción todo aquello que tocaba, ya fuesen coches, animales o personas. Uno de los personajes más interesantes que jamás me he encontrado sobre un papel. 

Durante los viajes de los Beat, visitaremos en numerosas ocasiones sus tres templos, completamente dispersos en la geografía de los EEUU: Nueva York, San Francisco y Denver, para terminar el viaje en una esquizofrénica visita a Méjico que culmina la obra de manera impresionante. Aquí podemos ver el recorrido de sus viajes y el medio de transporte usado:



La vida en la carretera resulta fascinante, casi hipnótica. Es un relato con tintes épicos en los que Sal Paradise se recrea en la contemplación de las praderas estrelladas, los desiertos llenos de cactus y los bosques majestuosos mientras surca a toda velocidad el país en un marasmo de mujeres, casas diferentes, fiestas con sus correspondientes resacas, conversaciones absurdas y clubes de jazz. Mucho jazz. Hay, por lo tanto, tres planos en los que ir fijándose a lo largo de la novela: el contexto en sí, que comprende el paisaje y la naturaleza como símbolos de la esencia americana; el paisanaje, formado por vagabundos, autoestopistas y gente de lo más curioso y extraño; los Beat y sus acciones, que como ya he señalado suelen rayar la locura. Y finalmente su filosofía, expresada en pequeñas vetas a lo largo de todo el relato.

En lo referente al estilo, la obra comienza impactando un poco por su aire desenfrenado, ágil y rupturista, pero uno se acostumbra inmediatamente para caer en las redes de Kerouac, quien parece que esté hablándonos directamente a la cara, en lo que constituye un uso de la primera persona narrativa maravillosa y sin precedentes. Una delicia, vaya.

Y ya acabo. En definitiva, "En el camino" es una novela que hay que leer sí o sí. Una barbaridad de libro de principio a fin que provoca una casi mágica sensación de plenitud literaria tras su lectura. 

Increíble.

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..."las cosas que pasaron fueron demasiado fantásticas como para no contarlas" ("En el camino", cap.1)

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Y a vosotros, ¿Qué viaje literario os ha fascinado?

¡Besos y abrazos!


Jack Kerouac, "El gran buda"



Neal Cassady, el ídolo de la Generación Beat, detenido unos años antes de los hechos narrados en "En el camino"


La famosísima foto de Kerouac y Cassady que ha servido para la portada de numerosas ediciones de "En el camino"

martes, 9 de febrero de 2016

A propósito de la Generación Beat


"...sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un "¡Ahhhh!".


"En el camino", Jack Kerouac

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No te enfades conmigo, seremos gusanos mañana ambos retorciéndonos en el barro, partidos en dos por un arado


"Aullido", Allen Ginsberg 

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Los artistas son los verdaderos arquitectos del cambio, y no lo políticos y legisladores, quienes aplican el cambio después de que este haya sucedido

William S. Burroughs

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No pienso extenderme demasiado, lo prometo. Pero en vista de las próximas lecturas que van a llegar a Pseudoficciones, me gustaría poner en antecedente y escribir sobre uno mis fenómenos literarios y culturales favoritos: la Generación Beat. El acontecimiento sociocultural iniciado por un puñado de muchachos desencantados con algunas cosas y deseosos de muchas otras, que se ha convertido en uno de los más activos mitos literarios del siglo XX; un mito que sigue abierto porque su herencia, muchas veces de forma ajena a nuestro conocimiento, sigue más viva que nunca en pleno siglo XXI.

"En cuanto a la existencia de la Generación Beat, no fue verdaderamente más que una idea que se nos ocurrió", afirmaba Jack Kerouac en la revista "Esquire". Y bendita idea. Los Beat fueron inicialmente cuatro chavales inconformistas: Jack Kerouac, que aportó al grupo la inocencia y la elaboración de las crónicas literarias de aquello que compartieron; Allen Ginsberg, el ideólogo, un alma soñadora, sensible y con ansias de experimentación y eternidad; William S. Burroughs, un tipo frío y crítico con todo lo que veía en la América del desencanto; y finalmente, el nexo de unión entre ellos, el líder, Neal Cassady, quien no era artista ni escritor, pero al que todos escuchaban con devoción y que aportó al grupo su forma de vida, la filosofía de renunciar a lo material y lanzarse "a la carretera" no como una forma de viajar, sino como un modo propio de ver la realidad.

No está muy claro de dónde proviene la palabra que nombra a la generación. Kerouac se la apropió inmediatamente y he leído de su propia pluma dos versiones: Beat con el significado de "derrotado, abatido", muy en sintonía con su gusto por lo marginal, y Beat como un derivado de la voz latina beatus, pues ellos afirmaban vivir como beatos, igual que San Francisco (nótese el doble juego con la ciudad en la que se gestó el movimiento Beat).

Como digo, ser Beat fue un modo de vida que desembocó en una corriente literaria, y no al revés. Los libros se escribieron diez años después de los acontecimientos, como mínimo. Filosóficamente, los miembros de la Generación se encontraron con un país que aún intentaba recuperarse de la Gran Depresión de los años 20, locos y dramáticos por igual, y se dieron cuenta de que tras las Guerras Mundiales, no tenían nadie contra quien mostrarse combativos, por lo que decidieron luchar contra su propio país, que estaba adoctrinando e idiotizando a base de televisión, deporte y cerveza a una clase media que se sentía segura y protegida, lo que le llevaba a no sentir la necesidad de hacer preguntas. Y así, los Beat crearon un discurso contracultural, subversivo y rebelde que fue ligado de manera interesada a la delincuencia; pero no hubo delincuencia, sino crítica, locura, experimentación sensorial con drogas y literatura de la buena. Emanada directamente de la gente. 

Y con la misma rapidez que se creó la generación, fue disuelta. Se agregaron muchos miembros, sí, pero a partir de los años 50 se desvanecieron en cárceles y manicomios. Ahí habría quedado todo, pero por un extraño milagro de transmisión suburbana, las ideas de los Beat se divulgaron a una velocidad pasmosa: su manera de pensar, de entender la realidad y la cultura, e incluso su forma de vestir fueron adoptadas en las calles primero, y en cine y la televisión después (James Dean, Marlon Brando, Elvis). Los Beat fueron la base sobre la que se levantó el movimiento hippie, que adoptó su modo despreocupado de vivir en paz con los demás y la lucha contra el capitalismo salvaje y el belicismo. Por ello, los movimientos contraculturales contemporáneos le deben a estos tres locos mucho más de lo que nos pensamos. Aunque finalmente, lo Beat fue engullido por la cultura de masas y fagocitado por su aparato culturalmente correcto, que incluso comenzó a aprobar la figura del delincuente de poca monta asociado al integrante Beat, dotándolo de cierto aire romántico que anulaba su naturaleza reivindicativa.

Y si nos vamos a los libros, toda la esencia de la Generación Beat está plasmada en su obra fundacional, En el camino, de Jack Kerouac, que llegará en breve a Pseudoficciones. Otros esenciales son El almuerzo desnudo, de Burroughs y Aullido, un poema largo de Allen Ginsberg. Obras todas ellas profundas, chocantes con la conciencia colectiva y que merecen ser leídas porque contienen un pedacito de esa reivindicación social tan necesaria en nuestros días. Además de drogas, sexo, locuras, viajes y vivencias fascinantes. Aunque algunas de ellas, como es evidente en un contexto de semejante descontrol, desgarradoras. Sin ir más lejos, William S. Burroughs le voló la cabeza a su mujer con una pistola jugando a Guillermo Tell en un tugurio de Tijuana. 

Próxima reseña, En el camino de Kerouac, el gran manual Beat ¡animaos a leerla e intercambiamos impresiones!

¡Besos y abrazos!

¡¡Os dejo unas cuantas fotos de los Beat!!

Nicanor Parra,Miguel Grinberg y Allen Ginsberg (La Habana – febrero 1965)
Bob Dylan, Allen Ginsberg, Peter Orlovsky, Barbara Rubin y Daniel Kramer (Princeton, Nueva Jersey, 1964)
William Burroughs, autor de "El Almuerzo Desnudo". Foto de John Minihan

Jack Kerouac, el Buda

Allen Ginsberg frente a Allen Ginsberg

Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg (San Francisco, 1965)

Allen Ginsberg, lectura en el Washington Square Park, New York, 1960

Neal Cassady, el gran héroe de la Generación Beat, detenido en Denver, 1944.

David Bowie y William Burroughs

Neal Cassady y Jack Kerouac en la famosa foto que fue la portada de "En el camino"