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lunes, 23 de mayo de 2016

La conjura de los necios. John Kennedy Toole





Ignatius recorrió tambaleante el camino de ladrillos de su casa, subió los escalones laboriosamente, llamó al timbre. Una rama del banano muerto había expirado y se había desplomado rígida sobre la capota del Plymouth.
–Ignatius, hijito -gritó la señora Reilly cuando abrió la puerta-. ¿Qué te pasa? Parece que estuvieras muriéndote.
–Se me cerró la válvula en el tranvía.
–Ay, Señor, Señor, entra en seguida, que hace mucho frío.
Ignatius se arrastró penosamente hasta la cocina, se derrumbó en una silla.
–El director de personal de esa compañía de seguros me trató muy ofensivamente.
–¿No conseguiste el trabajo?
–Pues claro que no conseguí el trabajo.
–¿Qué pasó?
–Preferiría no comentarlo.
–¿Fuiste a los otros sitios?
–No, evidentemente. ¿Tú crees que estoy en condiciones de complacer a posibles patronos? Tuve el buen gusto de venirme a casa lo antes posible.
–No agaches las orejas, hijo mío.
–Yo nunca agacho las orejas, madre.
–No te enfades, hijo. Encontrarás un buen trabajo. Sólo llevas unos días buscando -dijo su madre y luego le miró-. Ignatius, cuando hablaste con ese hombre de la compañía de seguros, ¿llevabas puesta esa gorra?
–Pues claro. En aquella oficina no había una calefacción como es debido. No sé cómo los empleados de esa empresa logran mantenerse vivos si tienen que exponerse día tras día a un frío semejante. Y luego, aquellos tubos fluorescentes asándoles los sesos y cegándoles. No me gustó nada aquella oficina. Intenté explicarle al jefe de personal los inconvenientes del lugar, pero no pareció interesarle mucho. Y acabó adoptando una actitud francamente hostil -soltó un eructo monstruoso-. Sin embargo, ya te dije yo que pasaría esto. Soy un anacronismo. La gente se da cuenta y les fastidia.

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La conjura de los necios se ha convertido desde que vio la luz en 1980 en un icono de la literatura universal del siglo XX y su protagonista, el increíblemente repugnante Ignatius Reilly, en la versión moderna y yankee de Don Quijote. No cabe duda de que estamos ante una novela de esas que suelen llamarse "de culto", que no deja a nadie indiferente y que ofrece un enfoque novedoso y corrosivo de la sociedad americana de su tiempo. Pero, ¿es para tanto? ¿Es La conjura de los necios una de las cumbres del siglo XX como tantos afirman? Demos un paseo por sus páginas y descubrámoslo.

La historia de John Kennedy Toole es de sobra conocida. Fue una persona con severos problemas mentales (aunque la obra esté escrita con una lucidez asombrosa), refugiado bajo las garras de una madre sobreprotectora hasta el extremo y por lo que dicen algunos conocidos, incapaz de salir del armario. Un conglomerado de frustraciones que lo llevaron a escribir su impactante visión del mundo en La conjura de los necios, una novela que él consideraba magistral, pero que tras ser rechazada (¡por una sola editorial!) lo llevó a meter el extremo de una manguera en el tubo de escape de su coche y a inhalar los vapores que emanaba hasta la muerte. Tenía 32 años. A partir de entonces, su madre, la buena señora Toole, se dedicó a llamar, qué digo llamar, a bombardear las puertas de cuantas editoriales se pusieron a tiro. Consagró su vida a una sola tarea: a que la obra de su pequeño John estuviese algún día en las librerías. El premio a su abnegada insistencia llegó en 1980, cuando hizo llegar el manuscrito al escritor Walker Percy, quien antes de enviarlo al cajón del olvido decidió darle una oportunidad a la primera página. Cuenta el propio Percy, que no pudo dejar de leer durante horas, y que sus carcajadas resonaban en toda la universidad. Ese mismo año, La conjura de los necios obtenía el Premio Pulitzer y se vendía como rosquillas. Y la señora Toole al fin descansó.

La novela se sitúa en la ciudad portuaria y multicultural de Nueva Oreleans, y gira de manera absoluta en torno a Ignatius y a su tremendista y distorsionada interpretación de la sociedad que lo rodea y de la era contemporánea en general. Ignatius es un personaje abrumador, casi imposible de describir en unas líneas por su altísima complejidad: es una mole de treinta años, vive con su protectora madre en una casa un barrio humilde, no hace nada por la vida salvo comer, eructar y soltar ventosidades por su sufrida "válvula" pilórica, que regula sus niveles de desprecio hacia el mundo gracias a las salidas de gases . Ignatius odia todo lo que le rodea casi sin excepción, le dice constantemente a todo lo que le rodea lo mucho que lo odia y escribe en su habitación infantil durante horas un manifiesto contra el siglo XX que aboga por la destrucción de la sociedad moderna y por volver al mundo medieval. Y todo muy normal para su madre, que está empezando a coquetear con la bebida.

Así las cosas, la trama comienza con un accidente de tráfico que pone en serio compromiso la economía familiar de los Reilly, lo que provoca que Ignatius deba salir al mundo a buscar dinero. Y ya sabemos cómo es la relación de Ignatius con el mundo. Así, nuestro gaseoso héroe se ve obligado a desfilar por trabajos extravagantes en los que fuerza situaciones más extravagantes aún, llegando a comandar un motín de negros sublevados contra el patrón opresor de una empresa arruinada, a fundar un partido político homosexual que pretende ocupar puestos clave en el sistema o a vender salchichas con un carro de perritos calientes por los bajos fondos de Nueva Orleans (quien dice vender, dice "comer salchichas mientras pasea un carro y eructa a los cuatro vientos").

En esta extraña aventura de Ignatius por su tan odiada sociedad, no estará solo ni mucho menos. Vemos a lo largo del relato un cupo de personajes secundarios totalmente a la altura del tono de la novela, un elenco de patéticos seres incomprendidos. Alguno de ellos, -como el patrullero mancuso, un policía italiano al que ridiculizan en la comisaría por no ser capaz de detener a nadie-, son magistrales. Conoceremos a Darlene, una belleza sureña que hace strip-tease con una cacatúa que la va desnudando; a la señora Battaglia, la nueva enemiga de Ignatius por corromper a su pobre madre; a la obsesa sexual Mirkoff, que intentó sin éxito desvirgar a Ignatius y ahora da charlas sobre sexo libre en Nueva York o al matrimonio Levy, los decadentes dueños de una decadente empresa de pantalones vaqueros. Pero tras Ignatius, el personaje que brilla con luz propia es el de Jones, un cliché de negro explotado que se siente un negro explotado, que habla como un negro explotado y se comporta como un negro explotado, y que sorprendentemente tendrá un papel esencial en la trama.

Como vemos, estamos ante una obra de altísimas pretensiones, una tragicomedia irónica que viene a crear una prolongación moderna de nuestro Siglo de Oro, apoyando la narración en lo hiperbólico y lo absurdo para criticar con una sagacidad y mordacidad deslumbrantes. La conjura de los necios hace al lector pasar por un espectro de sensaciones que va de la carcajada incontenible hasta la arcada y el asco absoluto.

En conclusión, diremos que sí. Que sí es para tanto. La conjura de los necios es una obra imprescindible. Eso sí, no descuidemos nuestro Siglo de Oro, que tiene más y mejor de esto. Ahí lo dejo.

¡Besos y abrazos!





lunes, 2 de mayo de 2016

La música del azar. Paul Auster



Yo he trabajado con números  toda mi vida, claro está, y al cabo de algún tiempo empiezas a pensar que cada número tiene su propia personalidad. Un doce es muy diferente a un trece, por ejemplo. El doce es honrado, concienzudo, inteligente, mientras que el trece es un solitario un tipo turbio que no se lo pensaría dos veces si tuviera que infringir la ley para conseguir lo que quiere. El once es duro, deportivo, le gusta caminar por los bosques y escalar montañas; el diez es bastante bobo, un blando que siempre hace lo que le mandan; el nueve es profundo y místico, un Buda de la contemplación. No quiero aburrirles con esto, pero estoy seguro de que entenderán lo que quiero decir. Es todo muy privado, pero todos los contables con los que he hablado me han dicho siempre lo mismo. Los números tienen alma, y uno no puede evitar relacionarse con ellos de una forma personal.


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Unos de mis motivos literarios favoritos es ese maravilloso conjunto formado por la casualidad, el destino, la suerte y el azar que tan bien exploraron los remotos dramaturgos griegos. Son hechizos caprichosos que pululan sobre nuestras cabezas, vientos que nos arrastran de un lado a otro. Y si a estas fuerzas aplicadas a un libro les sumamos la tremenda habilidad de Paul Auster para llevar las situaciones al límite, tenemos como resultado una novela que nos lleva durante 250 páginas agarrados a la barandilla con los ojos como platos, alucinando por los giros tan inesperados que toman los acontecimientos prácticamente cada diez páginas. Y cuando creemos que la cosa no se puede poner peor, ahí está el bueno de Auster para recordarnos que todo es posible cuando el azar y su pluma están de por medio. Porque en el terreno del qué hubiera pasado si..., Paul Auster es el rey. Y aviso: una vez que se coge La música del azar, es imposible de soltar.

La música del azar (1990), nos presenta a dos hombres barnizados con esa pátina de fracaso y frustración tan propia de los personajes de Auster que un buen día tienen la ¿suerte? de conocerse en un polvoriento arcén de una carretera cualquiera. Cuando Jim Nashe hereda una modesta suma de dinero de su padre, toma la decisión de abandonar su trabajo como bombero y decide seguir el tópico americano de la vida en la carretera, vagando sin rumbo hasta que el dinero se agote y luego ya veremos. Conducir, dormir en un motel y volver a conducir explorando la vastedad americana. Cuando el dinero comienza a escasear, la casualidad hace que Jim se cruce con un caminante ensangrentado al que decide recoger. Entra en escena Jack Pozzi, conocido como Jackpot en el mundo del póker, quien ha recibido una paliza y no tiene dinero. Está frustrado y rabioso por no poder participar en una partida privada que se celebrará en una mansión dentro de dos días, en la que está seguro de que desplumará a una pareja de millonarios excéntricos y nefastos como jugadores de póker. Curiosamente, la cuota para poder entrar a la partida es la cantidad que le queda a Jim de la herencia de su padre. Su última esperanza antes de no tener nada.

Prefiero no seguir contando porque con esto seguramente ya se perciba lo interesante del argumento (no os podéis ni imaginar en qué acaba esto), una historia increíble que experimenta una mutación absoluta al pasar de lo que parece ser una novela de carretera a ser una novela que bebe de la tradición gótica, casi de terror en algunos momentos álgidos y con decenas de guiños a diversas obras literarias (más los que seguro que se me han escapado). Una casa de puertas interminables, la maqueta enorme de una ciudad utópica, un billete de lotería premiado, un misterioso niño de cuatro años, un castillo inglés o una prostituta en limusina acudiendo a hacer un servicio a una caravana son algunos de los muchísimos ingredientes que encontraremos a lo largo de sus páginas. Además, claro está, de algunas sorpresas inimaginables que solo podían brotar de la privilegiada mente de Paul Auster.

En definitiva, estamos ante una novela magistral en su forma, pero sobre todo en su fondo. Con una historia que a priori parece ser simple, Auster consigue desarrollar un laberinto que nos hace reflexionar sobre lugares ocultos de la mente humana y hacernos muchas preguntas sobre nosotros mismos durante y tras su lectura. Un libro asombroso. Absolutamente recomendable.

¿Y a vosotros?¿Qué historia os ha sorprendido por el inesperado giro que toman los acontecimientos?

¡Besos y abrazos!








lunes, 25 de abril de 2016

84, Charing Cross Road. Helene Hanff




14  East 95th St.
New York City

3 marzo 1952

[...]Y ahora escuche. Le adjunto un billete de 5 dólares. Estas "Vidas" hacen que me sienta muy descontenta del ejemplar del "Angler" que adquirí antes de conocerles a ustedes. Es una de esas repelentes ediciones americanas de "Clásicos para todos". Izaak la aborrece y me dice que no va a soportar estar ASÍ hasta el fin de mi vida; o sea que los 2,5 dólares sobrantes son para que me envíe, por favor, una bonita edición inglesa del "Angler".
     Y ándese con tiento: si me renuevan el contrato de Ellery, pienso presentarme ahí el año que viene. Treparé por esa escalera de biblioteca victoriana que tienen y me dedicaré a levantar el polvo de los estantes de más arriba... y el decoro de todos ustedes ¿No les había dicho que me dedico a escribir guiones de crímenes para la serie de Ellery Queen en televisión? Todos ellos tienen como telón de fondo un marco artístico -el ballet, un auditorio de conciertos, la ópera...- y muchos de mis sospechosos y cadáveres son personas cultas. Tal vez me decida a escribir en su honor otro que se desarrolle en el marco del negocio de libros raros. ¿Qué prefiere usted ser, el asesino o el cadáver?

HH

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Llevaba un tiempo detrás de leer 84, Charing Cross Road, una obra de la que solamente había escuchado maravillas, y en cuanto vi que Anagrama había decidido incluirla en su nueva serie de ediciones limitadas  supe que había llegado el momento. La edición, desde luego, es preciosa y llama la atención inmediatamente con todos esos sellos de colores. Veamos el contenido, que desde luego, no la desmerece.

Detrás de Helene Hanff hay una historia curiosa. Fue una escritora norteamericana autodidacta sin ningún tipo de estudios que se empecinó en escribir obras de teatro, por lo visto de calidad suficiente como para ser representadas pero que sistemáticamente rechazadas - algunas de ellas por auténticas nimiedades- una tras otra, hasta el punto de finalmente ninguna fue puesta en escena; donde sí fueron todas juntas, fue, en palabras de Helene, "directas al incinerador". Sea como fuera, Hanff vio que el teatro no iba a pagar sus facturas, y antes de entrar en la más absoluta de las ruinas, se coló en el pujante mundo de la televisión, donde escribía guiones para episodios en directo de diversos programas. No obstante, cuando el mundo del espectáculo recogió sus bártulos para poner desde Nueva York rumbo a Hollywood, Helene decidió no seguir su rastro y dedicarse a terminar su vida como escritora, de donde resultan una modesta cantidad de obras de éxito discreto. Excepto la que nos ocupa, pues 84, Charing Cross Road llevó a Helenne Hanf a la primera plana del ambiente cultural de los 70 gracias a su arrolladoras cifras de ventas, así como sus exitosas adaptaciones al teatro y al cine.

84, Charing Cross Road es un libro de cartas completamente reales. Veinte años de cartas con un desconocido que Helene Hanff guardó casi sin querer. No son cartas entre amantes. Ni cartas entre amigos siquiera. Son cartas entre cliente y librero de pura cepa que desembocaron en una amistad tierna y conmovedora separada por el Océano Atlántico. Todo nace en 1949: Helene Hanff descubre en una biblioteca de Nueva York su pasión por la literatura inglesa, que unida a su fervor por los libros bien editados hace que su material de lectura sea difícil de encontrar en los Estados Unidos. Así, y gracias a un anuncio, enviará una carta a una librería de Londres, Marks & Co., con el objetivo de sondear sus existencias y hacer un primer intento de pedido.

Para Hanff la sorpresa será mayúscula al saber el ridículo precio de los libros en una Inglaterra deprimida por la posguerra, por lo que se iniciará una fluida correspondencia entre Hannf y Frank Doel, uno de los seis vendedores de la librería. Tras unas primeras cartas cordiales y de temática exclusivamente literaria, comenzaremos a degustar el exquisito choque del humor socarrón y sarcástico de Hanff con la flema y templanza británica del librero. Pero el punto culminante en la historia llegará cuando la estadounidense sepa a través de una amiga que suele viajar a Gran Bretaña acerca de la escasez de alimentos que el racionamiento está provocando en Inglaterra, lo que la llevará a enviar a los libreros y a sus familias cargamentos de comida con el poco dinero que consigue reunir, además de medias para las mujeres y otros útiles difíciles de conseguir en las islas. Y gracias a estos gestos de Helenne, serán diversos los interlocutores agradecidos que se sumarán a la correspondencia: desde otros empleados de la librería hasta sus mujeres, pasando por vecinas y conocidos, en una especie de mosaico curiosísimo de relaciones a distancia cargadas de ternura, humor y agradecimiento. Y por supuesto, de buena literatura.

En definitiva, estamos ante una obra que al finalizar su lectura solamente viene una palabra a la mente: deliciosa. Una auténtica joya: breve, divertida y cuyo recuerdo pondrá de manera inevitable una sonrisa en nuestro rostro. ¿Se puede pedir más?


Helene Hanff

miércoles, 13 de abril de 2016

Los detectives salvajes. Roberto Bolaño (y parte II)




Guillem Piña, calle Gaspar Pujol, Andratx, Mallorca, junio de 1994. [...] Durante un rato estuvimos sin hablar, pensando, mientras el ascensor bajaba y subía y el ruido que hacía era como el ruido de los años en que no nos habíamos visto. Le voy a desafiar a un duelo, dijo Arturo finalmente. ¿Quieres ser mi padrino? Eso fue lo que dijo. Sentí como si me clavaran una inyección. Primero el pinchazo, luego el líquido que entraba no en mis venas sino en mis músculos, un líquido helado, que provocaba escalofríos. La proposición me pareció descabellada y gratuita. Nadie desafía a nadie por algo que aún no ha hecho, pensé. Pero luego pensé que la vida (o su espejismo) nos desafía constantemente por actos que nunca hemos realizado, en ocasiones por actos que ni siquiera se nos ha pasado por la cabeza realizar. Mi respuesta fue afirmativa y acto seguido pensé que la eternidad sí que existe[...] Lo primero que discutimos fue el tipo de armas. Yo sugerí globos hinchados de agua con tintura roja. O una pelea a sombrerazos. Arturo se empeñó en que tenía que ser con sables.


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Una vez abordada de manera sucinta la figura de Bolaño en la primera parte de la reseña, vamos a centrarnos, ya sí, en Los detectives salvajes. Vaya por delante que si ya es difícil para mí plasmar en un espacio tan reducido todo lo que me ha evocado algo tan complejo como un libro, esta dificultad crece hasta cotas desconocidas en el caso de Los detectives salvajes, puesto que se trata de una obra de una ambición descomunal que intenta abarcar todos los registros del alma humana, que además realiza una descomposición cruda de la realidad social de su época y por si no teníamos bastante, un feroz y mordaz análisis de la literatura hispánica del siglo XX y de la generación de Bolaño. Los detectives salvajes es la voz de una generación de jóvenes latinoamericanos perdidos en un mundo complejo y violento. Por lo tanto, tenemos delante más que una novela un proyecto vital, un texto complicado y novedoso como en su momento lo fueron La Divina Comedia, El Quijote o Crimen y castigo. Palabras mayores, vaya.

Los detectives salvajes está estructurada en tres partes de extensión muy desigual. La primera, Mexicanos perdidos en México (1975) es una especie de novela corta -abarca 150 páginas- escrita en forma de diario. En ella, un joven llamado García Madero inicia su narración cuando en un taller de poesía conoce a los protagonistas absolutos de la obra, Arturo Belano y Ulises Lima, quienes lo invitan a formar parte de su vanguardia poética, el realismo visceral. García Madero se adentra desde entonces en un submundo de poetas extraños por el que desfilarán personajes tremendamente carismáticos y se dará cuanta de que Belano y Lima (además de vender marihuana) están obsesionados buscando alguna pista sobre Cesárea Tinajero, una poeta desaparecida y olvidada décadas atrás, de la que no quedaba rastro alguno, hasta que un indicio los lleva a emprender un viaje a los desiertos de Sonora.

La segunda parte, Los detectives salvajes (1976-1996) constituye el grueso de la novela, además de abarcar temporalmente la friolera de dos décadas. Esta sección está construida en forma de monólogos en los que cincuenta y tres narradores (ha leído usted bien) van contando cuál fue su relación en algún punto de su vida con Belano o con Lima, de modo que podemos ir reconstruyendo lo que fue de ellos tras su búsqueda de Cesárea en Sonora. Visitaremos México DF, Barcelona, Roma, Israel, Madrid, Ruanda, San Francisco, Mallorca o Nicaragua en nuestra búsqueda de Belano y Lima, personajes etéreos, volátiles y complejos que veremos a través de los ojos de nada menos que cincuenta y tres personas con sus respectivas voces propias, en lo que constituye un alarde narrativo sin precedentes y abrumador en el que muchas cosas no son lo que parecen, y en nuestra mano está descubrirlo. Conoceremos personajes tan variopintos como una bisnieta de Trotsky, un neonazi borderline, un arquitecto encerrado en un manicomio, críticos literarios, supervivientes del golpe de Pinochet, fotógrafos que se juegan la vida en África, una masoquista obsesionada con divulgar la palabra de Sade o un emigrante chileno en Barcelona cuyas alucinaciones le hacen ganar quinielas. Un mosaico de voces increíble que solo puede hacer que admiremos atónitos la capacidad narrativa de Bolaño.

Finalmente, Los desiertos de Sonora (1976) nos narra (por fin) el viaje a norte de México de Belano y Lima veinte años atrás, justo donde terminó la primera parte,  y en donde se desvelará finalmente el enigma de Cesárea .Terminaremos completamente impresionados, ya que muchas de las actitudes y comportamientos de los protagonistas que nos han ido explicando los narradores en la segunda parte solamente serán comprensibles cuando sepamos qué ocurrió en los pueblos perdidos de los desiertos de Sonora, y esto hará que de pronto nos replanteemos todo lo que hemos leído hasta ese punto.

Pero en la novela hay más. Muchísimo más. Un mundo vivo y enorme lleno de cafés de mala muerte, conversaciones sobre poesía, sexo heterosexual, sexo homosexual, tequila, mezcal, adivinanzas, infidelidades, duelos a espada, autoestopistas, ladrones de libros... un auténtico marasmo narrativo construido de manera sólida y sin fisuras.

Mención aparte merece el estilo de la novela. Bolaño en esto -como en casi todo- es único e inimitable. Porque la obra parece a priori, no tener un estilo especialmente pulido o explícitamente literario. Parece incluso escrita de manera apresurada, simple, coloquial, hasta cutre. Pero cuando quieres darte cuenta, estás atrapado. No puedes parar porque esa es la magia de Bolaño: la creación de un mundo plausible, casi tocable y perceptible por nuestra mente y nuestros sentidos gracias a ese uso hipnótico de la palabra.

Como dije en la primera parte, la novela se ha quedado con algo de mí para siempre. Sé que no la voy a guardar nunca y que siempre estará a mano para releer algún pasaje aleatorio. Y eso es algo que ocurre pocas veces en la vida de un lector. No puedo sino mostrar admiración por Bolaño y por su alter ego, Arturo Belano, a quien considero una persona más, una persona que supo salir de su jaula de papel para perderse por este ancho y confuso mundo.

Esta no es una novela. Es la novela.

Por cierto... ¿qué hay detrás de la ventana?





lunes, 11 de abril de 2016

Los detectives salvajes. Roberto Bolaño (Parte I)



Laura Jaúregui, Tlalpan, Mexico DF, mayo de 1976. ¿Ha visto usted alguna vez un documental de esos pájaros que construyen jardines, torres, zonas limpias de arbustos en donde ejecutan las danzas de seducción?¿Sabía que solo se aparean los que ejecutan las más elaboradas de las danzas?¿No ha visto usted nunca a esos pájaros ridículos que bailan hasta la extenuación para conquistar a una hembra? 
     Así era Arturo Belano, un pavorreal presumido y tonto. Y el realismo visceral, su agotadora danza de amor hacia mí. Pero el problema era que yo no lo amaba. Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético [...] Pobres ratoncitos hipnotizados por Ulises y llevados al matadero por Arturo. Trataré de resumir y ser concisa: el mayor problema era que casi todos tenían más de veinte años y se comportaban como si no hubieran cumplido los quince. ¿Se da cuenta?


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Nunca he sido capaz de elaborar una lista al uso de mis libros favoritos. Más bien tengo una visión de mis lecturas similar a la de una pirámide. Ya sabéis que pienso que todo libro nos aporta algo y nos ayuda a crecer como personas en menor o mayor medida. De este modo, aquellos libros que más me han enriquecido son los que se acercan a la cúspide de la pirámide, mientras que los más discretos vendrían a formar el grueso de su base. Pues bien; en este sistema vago y arenoso solamente hay clara una cosa, y esa es la punta de la pirámide, el ladrillo que la culmina. Allí se sitúa Cien años de soledad, un libro que en su momento me dejó terriblemente impresionado. Un libro que me hizo ver hasta qué punto se puede llegar con la palabra escrita: desde entonces he leído Cien años de soledad más de diez veces, y sé que jamás dejaré de hacerlo.

Bueno. Pues desde ahora, esa cima tiene un nuevo inquilino que acompaña a la obra de García Márquez codo con codo en una suerte de bicefalia: Los detectives salvajes, una novela que me ha llevado al punto de la obsesión total y absoluta (ya lo sabéis aquellos que habláis conmigo). Una novela de la que no puedo salir y que después de terminar su lectura se ha quedado con un pedazo de mí que va a estar siempre entre sus páginas, perdido en los desiertos de Sonora. Tras leerla, he pasado horas releyendo pasajes y capítulos enteros (creo que la he leído al menos dos veces de una vez). He reconstruido y ordenado por escrito la historia de sus personajes para intentar comprenderla mejor, me he hecho mapas y lineas del tiempo y he visto documentales sobre Bolaño para entender mejor ciertas partes de la historia. He leído más de veinte artículos y cuantas entrevistas a Bolaño he encontrado en Internet. Y tras esta búsqueda, me he dado cuenta de que el inquietante título de la novela designa en realidad al lector, quien se convierte sin remedio en detective para saber mucho más de la historia que tenemos sobre el papel. No por gusto, sino por necesidad. Poneos cómodos que os voy a hablar sobre la mayor barbaridad que jamás he leído.

He decidido partir esta reseña en dos partes porque la figura de Roberto Bolaño tiene miga y merece pararse un poquito más de la cuenta. En la actualidad, Bolaño es un escritor considerado de culto -complejo concepto, por otra parte-. En su Chile natal, obsesionado con el poeta Nicanor Parra, fundó un movimiento de vanguardia poética, el estridentismo, que se dedicaba a sabotear los actos culturales de los poetas canónicos latinoamericanos. Se consideraban a sí mismos los depositarios de la palabra lírica, los destinados a conservar la poesía verdadera, casi unos iluminados. Y evidentemente, el fracaso fue estrepitoso. Ello llevó a Bolaño a mudarse a Cataluña, donde trabajó prácticamente de todo: friegaplatos, vigilante nocturno de campings, basurero, camarero, e incluso puso una tienda de abalorios para turistas... hasta que empezó a escribir relatos con los que ganaba concursos literarios que le permitían vivir de la literatura. Su matrimonio y el nacimiento de su hijo Lautaro hicieron que el chileno comenzase a escribir novelas. Las primeras ya mostraron su enorme talento, pero fue en 1998 cuando Bolaño reventó el mundo literario con Los detectives salvajes, una obra sublime, gigante, magnánima, que ganó entre otros el Premio Herralde y encumbró a Bolaño como el líder absoluto de su generación.

Pero pienso que la historia ha sido tremendamente injusta con Bolaño, quien ha pasado en muchos foros a ser un mito literario por su enfermedad y su muerte prematura más que por su literatura en sí. Su malditismo lo ha hecho pasar a la historia con más fuerza que su obra, de la que mucha gente habla sin haberla leído. Bolaño supo en 1993 que tenía una enfermedad autoinmune de extrema gravedad. Tras el éxito de Los detectives salvajes, escribió como un poseso para dejar escrito todo lo que llevaba dentro, hasta el punto de escribir su gran proyecto literario, 2666, en estado terminal. Dejó incluso por escrito la linea argumental por si moría sin finalizar la novela, y también un plan para publicarla en cinco partes para que su familia recibiese más ingresos por los libros. Finalmente murió en 2003, con cincuenta años, días después de terminar 2666 y habiendo abandonado los tratamientos para escribir con mayor rapidez y claridad. Por cierto, su mujer y sus hijos decidieron publicarla de una sola vez, tal y como la hubiese publicado Bolaño de no haber estado enfermo.

Y tras la muerte, comienza el mito. Así, Roberto Bolaño es una de las figuras más magnéticas e inquietantes de la literatura reciente. Su obra recorre un camino completamente nuevo; él es quien introduce a la literatura hispanoamericana en el siglo XXI y representa la superación de García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa; es decir, Bolaño supone el fin del boom hispanoamericano y la apertura del camino por el que discurrirá la narrativa moderna. Bolaño fue un tipo raro, una persona peculiar, un chileno pesado cuya verborrea escondía uno de los mundos literarios más ricos y complejos de la historia de la literatura. En definitiva, un regalo que solo pudimos disfrutar durante cincuenta años. Por suerte, nos queda su obra.

Dentro de unos días seguimos.





Le debemos un hígado a Bolaño, Nicanor Parra


lunes, 4 de abril de 2016

Los girasoles ciegos. Alberto Méndez


PÁGINA 16

     Nieva. Nieva. Nieva. Con mi debilidad me resulta cada vez más penoso cortar leña para calentar la choza donde vivimos la vaca, el niño y yo. Los tres estamos cada vez más débiles. Sin embargo el niño, al que todavía no he puesto nombre, tiene una vivacidad sorprendente. Emite ruidos guturales cuando está despierto, como gorjeos. Por una parte me gusta que esté despierto porque su total dependencia de mí me otorga una importancia que nunca nadie me había concedido, excepto Elena. Por otra, me aniquilan sus ojos desbordando las órbitas hasta parecer enormes y sus mejillas hundidas buscando la calavera. Está muy delgado. La vaca también está muy delgada, aunque sigue dando leche suficiente para él y para mí. Yo estoy muy delgado y aterido.
     No sé en qué mes estamos. ¿Serán ya las navidades?
     Hoy, siguiendo las huellas de un animal, he descendido monte abajo hacia Sotre y he visto a unos leñadores al fondo del valle. He sentido revivir un miedo familiar y denso. Ahora estoy orgulloso de mi miedo, porque al final de esta guerra monstruosa he visto morir demasiada gente por su arrojo. Si sigo aquí, moriremos la vaca, el niño y yo. Si descendemos al valle moriremos la vaca, el niño y yo.


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Los girasoles ciegos es la segunda de las novelas que nuestros estudiantes de Bachillerato deben leer en la antesala de su inmersión en el mundo universitario. Son, por lo tanto, lecturas que deber aportar a nuestros jóvenes perspectivas útiles sobre ciertos resquicios de nuestra esencia social y cultural. En este caso, tras la Crisis del 98, toca la Guerra Civil.

Y no me puede parecer una novela más acertada para abordar el tema, porque Los girasoles ciegos constituye un documento de un valor literario inestimable que hace, de una manera muy especial, que no nos olvidemos del horror que nuestros antepasados recientes vivieron en la misma tierra que hoy día pisamos en libertad. Y digo de una manera muy especial porque hace unos años -digamos, en los albores de nuestro joven siglo-, las editoriales publicaban sin freno cualquier obra que se ambientase en la Guerra Civil; de ahí salieron historias buenas, historias no tan buenas, películas por doquier buscando conmover a toda costa y alguna que otra obra de teatro que hicieron que el filón de la Guerra Civil se agotase de tanto uso y provocase que el tema, al menos a mí, causara empacho. De este modo, si tuviese que quedarme con una sola ficción, con una sola historia que me contase la Guerra Civil de forma literaria, esa sería sin duda Los girasoles ciegos. Ahora veremos por qué.

Alberto Méndez es un caso muy peculiar en nuestro elenco literario del XXI. Hijo de un afiliado comunista, su familia tuvo que exiliarse en Italia, donde estudió filosofía y letras y comenzó su labor editorial, a la que dedicó toda su vida laboral. En 2004, probó suerte en el mundo literario y escribió Los girasoles ciegos, una auténtica maravilla cuyo éxito no pudo disfrutar, pues falleció inesperadamente ese mismo año. Por lo tanto, el reconocimiento de la obra -enorme, todo sea dicho- fue póstumo, y el genial escritor que parecía haber dentro de Alberto Méndez solamente pudo brindarnos esta novela antes de dejarnos.

La novela en sí la constituyen cuatro relatos a los que el autor llama "derrotas" en lugar de "partes" o "capítulos", lo cual nos da una primera idea de por dónde van los tiros. Alberto Méndez nos cuenta cuatro historias de posguerra cuyos protagonistas viven en un mundo desolado, cruel, donde es imposible vislumbrar la luz que posiblemente haya tras la enorme oscuridad que ha dejado la Guerra; son girasoles ciegos incapaces de orientarse porque su sol está apagado. Y es que, aparte obviamente de mostrarnos un escenario de vencedores y vencidos, estamos ante una gran derrota: la de nuestro país y nuestra sociedad, cuya muestra son estas pequeñas cuatro derrotas, o la crónica intrahistórica -en términos de Unamuno- de la locura y el horror.

Literariamente, el libro es brillante y deja con la boca abierta por el magistral dominio narrativo de las voces que cuentan los cuatro relatos (la cuarta derrota tiene tres narradores entrelazados de manera perfecta y asombrosa), por la originalidad de los argumentos, por la recreación de la España confusa y nublada de posguerra y por la enorme carga sentimental que se desprende de los personajes y de sus motivaciones.

En la "Primera derrota o si el corazón pensara dejaría de latir", conocemos al capitán Alegría, un encargado de la intendencia y la logística del bando franquista que decide rendirse justamente el día antes de que Franco tomase Madrid, simplemente para que nadie lo pudiese declarar -ni él mismo sentirse- vencedor de semejante crueldad. Como comprenderéis, la sorpresa de los soldados republicanos es mayúscula ante la rendición de Alegría, aunque aún mayor será la estupefacción de los que fueron sus compañeros al día siguiente, cuando toman Madrid y lo encuentran preso tras haberse rendido.

La "Segunda derrota o manuscrito encontrado en el olvido" es la más triste del volumen. Méndez utiliza el recurso del manuscrito hallado para reproducir el diario de un poeta adolescente que huyó de Madrid con su joven esposa embarazada. En su huida hacia el norte, la urgencia del parto los sorprendió en la frontera entre Asturias y León, donde tuvieron que cobijarse en una pequeña casa abandonada. Ahí, encerrados y acorralados por el frío, la nieve, los lobos y los soldados vivirán el dramático final del que seremos testigos por el diario que el poeta va escribiendo en su desesperación.

En la "Tercera derrota o el idioma de los muertos", visitaremos una prisión de Madrid donde se juzga y se condena a los presos republicanos con la misma ligereza que son fusilados al día siguiente. El protagonista, un músico que trabajó como enfermero en un hospital republicano, es el único que responde afirmativamente a la pregunta que el verdugo hace todos los días: ¿conoció usted a mi hijo? Así, el relato es una especie de "Las mil y una noches" en donde el protagonista cuenta cada día al general franquista historias sobre su hijo para retrasar su ejecución, con mucho cuidado de endulzar la realidad y contarle lo que realmente quiere escuchar. Que su hijo no fue lo que en realidad fue.

Finalmente, la "Cuarta derrota o los girasoles ciegos" es un ejercicio literario de una brillantez soberbia. Como decía, la historia la narran tres voces: la de un narrador que nos cuenta la historia de una familia en la que el padre vive escondido permanentemente en un armario para no ser detenido, y al que se ha dado por muerto; la de un sacerdote franquista que escribe una carta a la diócesis contando la lascivia que siente ante Elena, la madre de un alumno a quien da clase en párvulos, viuda tras la guerra. Y finalmente, la voz del niño, ya de adulto, que nos narra las peripecias para mantener escondido a su padre en el armario y para sobrellevar el acoso del cura a su madre.


Como vemos, estamos ante cuatro historias de una intensidad increíble, que dejan un poso enorme de tristeza tras su lectura junto con la satisfacción de que Méndez ha puesto por escrito aquello que no debe olvidarse. Además, tenemos el aliciente de que las cuatro derrotas están entrelazadas entre sí, ya depende de nosotros descubrir en qué punto. No os la perdáis.

Y vosotros, ¿con qué libro empezáis la semana?

¡Besos y abrazos!


Alberto Méndez




jueves, 3 de marzo de 2016

En el camino (Beat #1). Jack Kerouac




     Iba a comenzar el más grande trayecto de mi vida. Un camión con una plataforma detrás y unos seis o siete tipos desparramados por encima de ella, y los conductores, dos jóvenes granjeros rubios de Minnesota, recogían a todo el que se encontraban en la carretera: la más sonriente y agradable pareja de patanes que se pueda imaginar; ambos llevaban camisas y monos de algodón, sólo eso; ambos tenían poderosas muñecas y eran animados, y sonreían como si dijeran ¿qué tal estás? a todo el que se cruzaba en su camino.
     Corrí, salté a la caja y dije:
     -¿Hay sitio?
     - Claro que sí, sube. Hay sitio para todo el mundo -me respondieron.
     Todavía no me había instalado del todo en la caja cuando el camión arrancó; vacilé, pero uno de los viajeros me agarró y pude sentarme. Alguien me pasó una botella de aguardiente y tomé el último trago que quedaba. Respiré profundamente el aire salvaje, lírico y húmedo de Nebraska.


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Es evidente que Jack Kerouac fue un tipo peculiar. Era un gran atleta en el instituto, dadas sus privilegiadas cualidades físicas, las cuales lo llevaron a obtener una beca deportiva en la universidad. Pero la normalidad en la vida del joven de ascendencia canadiense nacido en Massachusetts duró hasta que dejo de ser válido para el deporte a causa de una fractura en la pierna, encarnando así el tópico del deportista frustrado al que todos desplazan de repente cuando ya no es útil. Y así comienza todo: cuando tras su decepción decide meterse en problemas por primera vez, ayudando a su amigo Lucien Carr a tirar al río Hudson el cadáver de un muchacho que lo acosaba sexualmente de manera obsesiva, al que apuñaló hasta la muerte. A partir de aquí, Kerouac se casó con la joven Edie Parker (matrimonio anulado en 1948) solamente para que su padre pagase la fianza. Porque evidentemente tuvo que responder por la complicidad del crimen. Y como los problemas llaman a los problemas, conoció en esta época a un grupo de personas problemáticas con las que compartió desde entonces su vida, una vida plagada de excesos, experimentación, filosofía, viajes, sexo y todas las locuras imaginables que lo llevaron a morir a causa de su tremendo alcoholismo. Aquellos desconocidos son hoy voces famosas de la literatura moderna; Allen Ginsberg o William Burroughs, que junto a Kerouac y otro puñado de jóvenes desencantados formaron la llamada Generación Beat, uno de los fenómenos contraculturales más importantes del siglo XX (sobre el que escribíamos aquí ).

Así, "En el camino" se ha convertido en el gran manifiesto Beat; la novela que define de manera épica la manera de pensar y actuar de un grupo de amigos (porque en realidad fue eso) que sentaron un precedente histórico en el panorama cultural occidental. Fue una novela rechazada hasta la saciedad por cuantas editoriales recibieron la visita de Kerouac. Editores trajeados que no sabían ni por dónde empezar a repudiarla: sexo explícito, tintes homosexuales, consumo de drogas continuo, delincuencia, gusto por las minorías étnicas y sociales... y un largo etcétera de aspectos que chocaban frontalmente con la filosofía editorial y social de la época. Aspectos que convierten a "En el camino" en un hito literario sin precedentes. En un esencial de la modernidad.

El planteamiento de la novela es de lo más sencillo. En ella se narran aproximadamente cinco años en la vida de Kerouac (que recibe el nombre de Sal Paradise en la novela), cinco años que básicamente pasó de un lado a otro viajando por la vastedad norteamericana en busca de todo y de nada, en un extraño afán de encontrar a Dios, sea Dios lo que sea. Toda la trama gira en torno a un personaje central, Dean Moriarty (nombre inventado para su amigo Neal Cassady, el gran líder de la Generación Beat), una persona fascinante, el nexo del grupo, un auténtico demente al que todo el mundo hacía caso por su magnetismo natural, su pasión por vivir con una intensidad desbordante, hiperbólica, y quien convertía en destrucción todo aquello que tocaba, ya fuesen coches, animales o personas. Uno de los personajes más interesantes que jamás me he encontrado sobre un papel. 

Durante los viajes de los Beat, visitaremos en numerosas ocasiones sus tres templos, completamente dispersos en la geografía de los EEUU: Nueva York, San Francisco y Denver, para terminar el viaje en una esquizofrénica visita a Méjico que culmina la obra de manera impresionante. Aquí podemos ver el recorrido de sus viajes y el medio de transporte usado:



La vida en la carretera resulta fascinante, casi hipnótica. Es un relato con tintes épicos en los que Sal Paradise se recrea en la contemplación de las praderas estrelladas, los desiertos llenos de cactus y los bosques majestuosos mientras surca a toda velocidad el país en un marasmo de mujeres, casas diferentes, fiestas con sus correspondientes resacas, conversaciones absurdas y clubes de jazz. Mucho jazz. Hay, por lo tanto, tres planos en los que ir fijándose a lo largo de la novela: el contexto en sí, que comprende el paisaje y la naturaleza como símbolos de la esencia americana; el paisanaje, formado por vagabundos, autoestopistas y gente de lo más curioso y extraño; los Beat y sus acciones, que como ya he señalado suelen rayar la locura. Y finalmente su filosofía, expresada en pequeñas vetas a lo largo de todo el relato.

En lo referente al estilo, la obra comienza impactando un poco por su aire desenfrenado, ágil y rupturista, pero uno se acostumbra inmediatamente para caer en las redes de Kerouac, quien parece que esté hablándonos directamente a la cara, en lo que constituye un uso de la primera persona narrativa maravillosa y sin precedentes. Una delicia, vaya.

Y ya acabo. En definitiva, "En el camino" es una novela que hay que leer sí o sí. Una barbaridad de libro de principio a fin que provoca una casi mágica sensación de plenitud literaria tras su lectura. 

Increíble.

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..."las cosas que pasaron fueron demasiado fantásticas como para no contarlas" ("En el camino", cap.1)

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Y a vosotros, ¿Qué viaje literario os ha fascinado?

¡Besos y abrazos!


Jack Kerouac, "El gran buda"



Neal Cassady, el ídolo de la Generación Beat, detenido unos años antes de los hechos narrados en "En el camino"


La famosísima foto de Kerouac y Cassady que ha servido para la portada de numerosas ediciones de "En el camino"

domingo, 17 de enero de 2016

Canadá. Richard Ford


     Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase eso antes que nada.
     Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales -aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el mismo momento en que atracaron el banco.


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¿Cómo podría alguien no seguir leyendo un libro que empieza así? Yo mismo respondo: es imposible. Una vez que empiezas Canadá, no se puede parar. Pero comencemos hablando un poco de Richard Ford que merece la pena.

Richard Ford es conocido por la crítica literaria norteamericana como el sheriff. Un tipo duro, serio, austero. Un hombre de rancho que abandonó la Misisipi profunda en la que fue un adolescente problemático que robaba coches y cometía delitos menores para seguir su instinto, que un buen día le dijo que debía dedicarse a escribir. Algo que a sus conocidos les pareció una barbaridad, porque Richard Ford es disléxico en un grado bastante alto; tiene problemas para leer con rapidez, y por supuesto le cuesta escribir más que a los demás. Pero escribe mucho mejor que los demás. Richard Ford tarda muchos años en poder terminar un libro, una espera que sus lectores pasamos expectantes y anhelantes. Una espera cuyo final nunca defrauda, porque Richard Ford es una apuesta segura. Richard Ford es el sheriff del cotarro. Así, no dudo en ningún momento en elevarlo al olimpo de la literatura americana actual, un lugar de élite que comparte junto a autores de su misma talla como Philipp Roth, Cormac McCarthy o Paul Auster.

Y ahora vayamos con la novela. Canadá es una auténtica experiencia lectora. Una lección de cómo se escribe una novela. Un manual para alguien que alguna vez se le haya pasado por la cabeza escribir que contiene todos los rudimentos de la narrativa de manera perfectamente ensamblada. Canadá es la obra definitiva de un maestro de la novela. Un libro indispensable. En la obra, Ford realiza de manera sublime el ejercicio de ponerse en el pellejo de un adolescente en los años cincuenta, que vive con su hermana melliza y sus padres, todos de una personalidad tan maravillosamente definida que lleva al lector a quedar completamente atrapado por la red que el sheriff ha tejido en su novela.

Dell Parsons, como decía, es un joven tímido, observador e inocente, que ansía una vida estable que su familia no puede darle a causa del trabajo de su padre, un militar de personalidad apabullante, un embaucador nato de sonrisa deslumbrante. La primera parte del libro nos cuenta la vida de la familia en Estados Unidos, hasta que un negocio sucio les genera una deuda con la mafia india, y que lleva a los padres de Dell a sucumbir a la desesperación y atracar un banco de manera completamente absurda e irracional, algo que marcará el destino de Dell y de su hermana para siempre. De este modo, un joven e inocente adolescente entra en un plan preparado por su madre en caso de que el atraco saliese mal que le lleva a esconderse del Gobierno en Canadá, donde lo ponen a trabajar para un crápula en un hotel situado en lo que parece ser el fin del mundo, en el que cuarentones norteamericanos se alojan para cazar patos, emborracharse y consumir prostitución. Y allí, Dell Parsons tendrá que convertirse en un adulto de golpe y sin anestesia.

Como veis, Canadá es una historia sólida, que habla de manera impresionante sobre la pérdida de la inocencia, la superación de las adversidades y de la desesperación, el tesón, las decisiones difíciles y de cómo diablos olvidar el pasado para mirar al futuro e intentar encontrar la felicidad, algo que en mayor o menor medida a todos nos ha ocurrido alguna vez en nuestra vida. Canadá es, y lo digo sin miedo a exagerar, una de las grandes obras maestras de nuestro tiempo. Avisados quedáis.

En lo referente al estilo, vemos una realismo sucio heredado de Carver o Bukowski al que le han aplicado una pequeña pulverización con productos de limpieza, cuyo resultado es equilibrado y magistral. Descripciones milimétricas, precisas y que mezclan lo rutinario con lo poético. Una prosa ágil y directa fascinante. Pero cabe destacar las reflexiones que el narrador -el propio Dell Parsons al final de su vida-, incluye a lo largo del relato; un marasmo de frases y pensamientos excelentes, que han provocado que mi ejemplar de Canadá haya terminado completamente subrayado, anotado y lleno de papelitos y post-it fluorescentes. Una lección de vida que permanecerá en mi memoria para siempre. Un libro, vuelvo a repetir, indispensable, al que le sigo dando vueltas después de haberlo terminado.

Y vosotros, ¿tenéis un autor al que esperáis como agua de mayo a que publique?

¡Besos y abrazos!


Richard Ford