lunes, 26 de octubre de 2015

Sukkwan Island. David Vann





     ¿Qué pasa?
     Pero su padre no respondió: solo entornó los ojos y dirigió la pistola hacia algo que parecía moverse en lo alto del techo. Roy fue a la otra habitación y observó a su padre desde la puerta.
     Su padre disparó, la explosión fue ensordecedora. Roy se llevó las manos a los oídos pero le dolían y no dejaban de rugir. Su padre disparó otra vez al techo. La Magnum 44 era una pistola enorme y ridícula y escupía fuego en la cabaña oscura, llenando el aire de azufre.
     ¿A qué le estás disparando?, gritó Roy, pero su padre no respondió. Volvió a disparar, una y otra vez, después tiró la pistola sobre un montón de ropa junto a la puerta y salió al exterior, bajo la lluvia, diciendo: qué apretados estamos, joder.
     Roy fue a la puerta y observó a su padre ahí fuera, mirando la lluvia y calándose sin su ropa de lluvia ni su gorro. El pelo enmarañado y aplastado sobre su cráneo y la boca roja abierta. Sus ojos se cerraban, se abrían y se cerraban. Los brazos sin tensión en sus costados, como si no hubiera nada que hacer salvo quedarse y que el cielo cayera.

     No había luz ni calor en la cabaña cuando su padre volvió. Roy estaba en su saco de dormir, contra la estufa, y había puesto latas para recoger las goteras y los chorros de agua que entraban por los nuevos agujeros del techo. Su padre se acercó y le dijo una y otra vez que lo sentía, pero Roy fingió que estaba dormido y no escuchaba, solamente lo temía y lo odiaba.

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La vida de David Vann dio un giro de ciento ochenta grados cuando, a sus tiernos trece años, su padre, un hombre de naturaleza inestable y depresiva, le pidió que pasase unos meses con él en un retiro padre-hijo en Alaska. El pequeño David rechazó inmediatamente la propuesta, y su padre se suicidó a las dos semanas. Fue tal el sentimiento de culpa que se generó en su mente que buscó en la escritura la catarsis que le permitiese vivir libre, y fruto de estos conflictos nació su ópera prima: Sukkwan Island.

Tras leer estos datos en una entrevista a David Vann hace unos cuantos años, su figura comenzó a interesarme. El entrevistador le preguntaba sobre la crudeza de sus libros, los bofetones de realidad que planteaba en sus historias y su necesidad de llevar a los personajes al límite. Definitivamente, Vann me había conquistado. Así que fui directo a buscar Sukkwan Island, y antes de abrir siquiera el libro me quedé embobado ante su portada, una ilustración biológica de un salmón, algo que a priori sería incluso bonito, que se torna en perturbador a causa de una mancha de sangre que parece gotear y extenderse poco a poco por nuestro libro.

He leido Sukkwan Island dos veces, y ambas lecturas me han dejado el mismo poso de impacto en la mente. Afortunadamente, es una novela muy breve (no llega a las doscientas páginas), porque es tal la crudeza y la brutalidad de la historia que cuenta, que de ser más largo podría convertirse en una historia ilegible. Vann ha sido inteligente y ha sabido darle el formato de una píldora agridulce y perturbadora.

La novela cuenta la historia de un padre y un hijo, Jim y Roy, que recuerda en ciertos momentos a la pareja de La carretera, de Cormac McCarthy (reseña aquí ). Jim es un dentista que lo ha vendido todo cuanto poseía para comprar una cabaña en Sukkwan Island, una isla ínfima ubicada en uno de los rincones más inhóspitos de Alaska, a la que solamente puede accederse en barco (y no siempre) o hidroavión. La idea de Jim es quemar el último cartucho de su vida, y para ello ha convencido a su hijo Roy, de trece años y que vive con su exmujer, para que pase junto a él un año en la cabaña, completamente solos, donde cazarán, pescarán, se conocerán y practicarán la educación en casa para que Roy no pierda el curso. El chico no quiere ir, pero termina accediendo por miedo a que su padre, un fracasado en todos los aspectos de la vida con tendencias autodestructivas, termine suicidándose en la cabaña.

Y así, la historia comienza en junio con la llegada a la cabaña y la prisa por acumular comida y provisiones para el crudelísimo invierno que se aproxima inexorable. Pronto seremos testigos de la angustia de Jim, preso en un entorno natural de una belleza impresionante, pero cruel e implacablemente salvaje. La relación son su padre se irá tensando, pues es un hombre destrozado psicológicamente, y sufriremos con sus llantos a media noche, su obsesión porque la aventura funcione y sus impotentes llamadas por radio arrastrándose para intentar recuperar a su última novia. Un ambiente tenso, asfixiante, que desembocará en un giro argumental impresionante hacia la mitad de la novela que nos dejará completamente asombrados. Aunque no menos que su final, el cual dejará en el lector un pellizco indeleble en el estómago.

Sukkwan Island
El estilo de David Vann se apoya en la frase corta, en la sencillez sintáctica y en la descripción breve que busca ser lo más gráfica posible. Un estilo muy efectivo que convierte a  Sukkwan Island en una novela muy fácil de leer. El salvaje ambiente natural está perfectamente recreado, al igual que el ritmo de trabajo de la pareja en la isla y las tensiones y conflictos emocionales que van surgiendo entre Jim y Roy, que convierten una situación a priori idílica en un pozo asfixiante del que parece imposible escapar.


Y termino. No me queda otra que recomendar Sukkwan Island. Me parece una novela oscura, perturbadora, dura e incluso cruel. Pero me encanta, y me ha hecho reflexionar sobre muchas cosas, en especial sobre la pesadilla nihilista en la que estamos metidos hasta las cejas en el mundo contemporáneo. Eso sí, entiendo que no es una obra para todos los gustos, que se pueda ir regalando a lo loco. Absténganse quienes se impresionen fácilmente y quienes no digieran la rudeza literaria.

Y vosotros, ¿qué novela os encanta pero entendéis que no es apta para todo el mundo?


¡Besos y abrazos!



David Vann

miércoles, 14 de octubre de 2015

La insoportable levedad del ser. Milan Kundera





Todos necesitamos que alguien nos mire. Sería posible dividirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir.

La primera categoría anhela la mirada de una cantidad infinita de ojos anónimos, o dicho de otro modo, la mirada del público. Ese es el caso del cantante alemán, de la actriz norteamericana y también del redactor con largas barbas. Estaba acostumbrado a sus lectores y, cuando un buen día los rusos cerraron su semanario, tuvo la sensación de que el aire era cien veces más enrarecido. Nadie podía reemplazarle la mirada de los ojos desconocidos. Le pareció que se ahogaba. Entonces fue cuando advirtió que la policía vigilaba todos sus pasos, que oían sus conversaciones por teléfono y que hasta le sacaban en secreto fotos en la calle. ¡De pronto los ojos anónimos estaban otra vez en todas partes y él podía respirar de nuevo! ¡Estaba feliz! Se dirigía con voz teatral a los micrófonos de las paredes. Había encontrado en la policía al público perdido.

La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos ojos conocidos. Estos son los incansables organizadores de cócteles y cenas. Son más felices que las personas de la primera categoría quienes, cuando pierden a su público, tienen la sensación de que en el salón de su vida se ha apagado la luz. A casi todos ellos les sucede esto alguna vez. En cambio, las personas de la segunda categoría siempre consiguen alguna de esas miradas. Entre éstos están Marie-Claude y su hija.

Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la persona amada. Su situación es igual de peligrosa que la de los de la primera categoría. Alguna vez se cerrarán los ojos de la persona amada y en el salón se hará la oscuridad. Pertenecen a este grupo Teresa y Tomás.

Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los soñadores.

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Hace poco leía en un revista literaria las habituales quinielas de los candidatos al premio Nobel, esas que nunca suelen acertar y que además parecen gafar a los elegidos. Además de Murakami, que se incluye ya por defecto, afirmaban que este año sonaba con fuerza Milan Kundera. Y caí en la cuenta de que no había leído nada de él, pese a tener en mi biblioteca "La insoportable levedad del ser" desde hace ya tiempo. Es de esos libros que uno va dejando y dejando. Así que me levanté, me preparé un café y a leer se ha dicho. Conclusión: imprescindible.

Milan Kundera es un autor checho cuya biografía, producción literaria y pensamiento están marcados por la dicotomía establecida entre su ideología comunista teórica en contraposición a los horrores que vivió a causa del comunismo totalitario ejercido en su país por Rusia. Así, Milan Kundera fue acogido por Francia en 1980 e incluso ha renunciado a escribir en su lengua materna, el checo, para hacerlo en su lengua adoptiva, el francés.

Con respecto a "La insoportable levedad del ser", he de decir que una vez terminado el libro, deja una sensación inevitable y en parte agridulce de que muchas cosas se han quedado en el tintero, ya que la densidad y la complejidad de muchas ideas incluidas en las capas más profundas del relato es más que notable. Aún así, no es necesario llegar a dichos estratos. La novela se disfruta plenamente en una primera lectura. Eso sí, una lectura atenta.

"La insoportable levedad del ser" es una mezcla turbia de literatura, filosofía y política que resulta fascinante. Estas tres fuerzas actúan sobre los personajes ideados por Kundera, que son una especie de monigotes con los que el narrador va poniendo a prueba sus teorías. Analicemos cada plano.

El filosófico es claramente el más complicado y denso de toda la novela, y parte de la idea de Nietzsche del eterno retorno, un concepto complejo que afirma que en el universo infinito todo tiende a repetirse una y otra vez para concluir que en este contexto, nuestras vidas, condenadas por el tiempo a tener una sola oportunidad para realizar cada decisión que tomemos, son insignificantes, leves. Así, esta idea se desarrolla en plantel de personajes, que vienen a representar cada uno una filosofía vital, una elección concreta, un concepto filosófico, y  que buscan insistentemente el sentido de su existencia con el telón de fondo del amor y de la vida en pareja. Así, seremos testigos de su vida cotidiana, plagada de innumerables conflictos sexuales y emocionales que resultan fascinantes. Kundera lleva a sus personajes a traspasar aquellos límites que él no ha intentado siquiera cruzar en su vida. Son experimentos de las acciones y decisiones que él podría hacer tomado y no tomó. Son su segunda oportunidad: su eterno retorno.

En lo referente al estrato literario, conocemos la historia de Tomás, un cirujano checo obsesionado con acostarse con todas las mujeres posibles una sola vez, hasta que Teresa se cruza en su vida para quedarse para siempre y romper su frenética vida de soltero mujeriego. Aunque esto sólo ocurra en teoría, pues a pesar estar enamorado de Teresa, Tomás no renuncia a mantener una enorme agenda de amantes que visita con frecuencia, de las que destaca Sabina, uno de los mejores personajes de la novela. Sabina es una pintora liberal, y en su estudio leeremos pasajes (la mayoría sexuales o filosóficos) dignos de recordar; de hecho, uno de los siete capítulos del libro está en exclusiva dedicado a ella y a otro de sus amantes, Franz. Y el argumento se quebrará cuando las garras de la Rusia comunista se extiendan sobre Checoslovaquia, y las vidas de todos los personajes cambien para siempre, lo que nos lleva al plano político.

El trasfondo político y social de la novela es más que notable, pero Kundera evita en todo momento ponerse especialmente dramático contando los horrores derivados del Comunismo totalitario ruso que desembocaron el la Primavera de Praga, hecho histórico que se cuenta en la parte final de la novela. Veremos intelectuales reprimidos, expulsados, asesinados; micrófonos instalados en casas y fotógrafos retratando a gente realizando actividades "sospechosas". De este modo, se nos muestra el totalitarismo, proceda de la ideología que proceda, es algo condenado a reaparecer en el concepto de sociedad creado por el hombre. Es algo que participa del eterno retorno de Nietzsche.

He de decir que el libro es una fuente inagotable de pasajes que te dejan con la boca abierta, por lo que me ha resultado muy difícil  elegir uno para la cabecera. Mi ejemplar ha quedado exhausto de tanto subrayado, nota al margen, post-it y fluorescente, porque leer "La insoportable levedad del ser" es quedarte con la boca abierta prácticamente en cada página.

En definitiva, la obra de Kundera es un libro maravilloso y extraño, de los que dejan una huella inevitable en todo aquel que lo lea. La fama que lo precede es totalmente justificada, hasta el punto de que pienso que es de esas obras que todos deberíamos leer para comprender un poco mejor nuestra naturaleza humana. 

Y vosotros, ¿qué novela calificaríais de imprescindible?

¡Besos y abrazos!

Milan Kundera



lunes, 12 de octubre de 2015

Sunset Park. Paul Auster


Sí, el descubrimiento del fuego dio calor al hombre y acabó con la dieta de carne cruda; la construcción de puentes le permitió cruzar ríos y corrientes sin mojarse los dedos de los pies; la invención del aeroplano hizo posible que saltara océanos y continentes mientras creaba fenómenos nuevos como el desfase horario y la proyección de películas durante el vuelo: pero aunque el hombre haya cambiado el mundo circundante, el hombre mismo ni ha cambiado. Los hechos de la vida son constantes. Vivimos y después morimos. Nacemos del cuerpo de una mujer, y si logramos sobrevivir a nuestro nacimiento, nuestra madre debe alimentarnos y cuidarnos para garantizar que sigamos viviendo, y todo lo que ocurre entre el momento del nacimiento y la muerte, toda emoción que nos embargue, todo arrebato de ira, toda oleada de deseo, todo acceso de llanto, todo ataque de risa, todo lo que sintamos a lo largo de nuestra vida también habrán de haberlo sentido todos los que vinieron antes de nosotros, ya sean cavernícolas o astronautas, ya habitemos en el desierto de Gobi o en el Círculo Polar Ártico.

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¡Qué grande es Paul Auster!, y qué placer tan inmenso provoca su lectura, capaz de hacernos evocar en nuestras mentes tal marasmo de sentimientos, sensaciones y recuerdos soterrados, o simplemente de identificar ideas escondidas en algún rincón de nosotros para las cuales aún no teníamos un nombre. Por eso (y por mil cosas más), Paul Auster es una de mis grandes debilidades literarias. Pienso que merece el Nobel, aunque si nunca se lo otorgan (que es lo más probable), dará igual. Es y será un grande con mayúsculas. He de confesar que tengo en mi biblioteca algunos de sus libros aún sin tocar, cuya lectura voy aplazando porque no quiero terminar su obra. No quiero que Paul Auster no tenga nada más que contarme.

Para aquellos que aún no conozcan a Auster, que supongo que seréis pocos (ya estáis tardando), el bueno de Paul es un neoyorquino de ascendencia judía obsesionado con el béisbol, la buena música y el cine, tres temas que de manera tangencial aparecerán en prácticamente todas sus obras. Su magníficas maneras literarias se han forjado a base de leer y traducir los clásicos franceses y de experimentar con relativo éxito una enormidad de variedades textuales, entre las que destacan la poesía, la obra de teatro en un acto y el guión de cine.

La que hoy nos ocupa, "Sunset Park", es la última obra de ficción escrita por Auster, allá por 2012. Siguiendo la tónica de todas sus obras, "Sunset Park" es una novela de escasa acción, pues Auster tiene como absoluta prioridad sus personajes, creaciones tan humanas que alcanzan lo apabullante. Estos personajes-persona se integran en una trama que posee la intimidad de lo cotidiano, de tal manera que el resultado es una historia con alma, con magia, con ciencia literaria, basada únicamente -y aquí radica el genio de Auster- en que a una serie de personas les sucedieron muchas cosas en el pasado, les ocurren algunas cosas en la narración que leemos, y les seguirán ocurriendo muchas cosas cuando cerremos el libro y continúen su etérea existencia.

En "Sunset Park" conocemos la historia de su personaje central, Miles Heller, además de las historias paralelas y perpendiculares de un peculiar elenco de secundarios. Miles es un joven que vive en Miami como empleado de una empresa dedicada a ejecutar desahucios bancarios, y que siete años atrás decidió romper bruscamente la relación con su familia (de posición socioeconómica alta) por un hecho misterioso que le atormenta sin remedio. El muchacho conoce a Pilar Sánchez, una bellísima cubana que aún va al instituto, y cuya hermana comienza a chantajear a Miles amenazándolo con denunciarlo por abuso de menores si no accede a ciertas concesiones económicas. Para evitarlo, Miles decide regresar por fin a Nueva York, el punto de partida de su huida, hasta que Pilar cumpla los dieciocho. Allí comienza a vivir en una casa okupa en Sunset Park que administra su amigo Bing Nathan, la única persona de su pasado con la que Miles tiene contacto, y quien a espaldas de Miles ha ido informando a sus padres del estado de salud del muchacho y de los principales cambios en su vida a medida que se iban carteando.

Partiendo de esta situación, la narración transcurrirá con la fluidez a la que el maestro Auster nos tiene acostumbrados. Conoceremos a las dos huéspedes restantes de la casa, Ellen y Alice, y a los padres de Miles, siendo especialmente interesante el personaje de Morris Heller, el padre, un ejemplo de realización personal por haber levantado de la nada una editorial literaria de cierto éxito que está siendo engullida por la crisis cultural que azota a la sociedad del siglo XXI. Con este elenco sobre el tapete, se desarrollará una gran variedad de temas como el miedo a enfrentarse al pasado, la identidad sexual, los complejos físicos, la infidelidad, la moralidad del sistema capitalista o la capacidad del azar para marcar una vida para siempre.

Hablar de estilo en Auster es hablar de maestría, pues el genio de Brooklin hace lo que le da la gana. Leer "Sunset Park" es un placer desde la primera palabra hasta el punto y final. Escrita en presente simple y omitiendo la raya en los diálogos, la novela toma un punto de vista polifónico y centra cada capítulo en uno de los personajes, un mosaico que nos ayuda a construir pieza a pieza la historia de Miles Heller.

Y concluyo. "Sunset Park" es una gran novela, aunque deberían evitarla aquellos amantes de la acción incesante y trepidante. Es una historia de personajes, de sus vidas y sus preocupaciones, donde Paul Auster vuelve a poner de manifiesto que es, de largo, uno de los jefes del cotarro. Leedla.

Y vosotros, ¿quién es vuestro autor de referencia, ese que no queréis que se os acabe nunca?

¡Besos y abrazos!

Paul Auster


martes, 6 de octubre de 2015

Perdida. Gillian Flynn





    Eché a correr, bramando su nombre. A través de la cocina, donde se estaba quemando una tetera, escaleras abajo, donde el cuarto para invitados del sótano seguía completamente vacío, para salir finalmente al exterior por la puerta trasera. Atravesé con celeridad el patio hasta alcanzar el esbelto embarcadero que sobresalía sobre el río. Miré por un costado para ver si estaba en nuestro bote de remos, donde la había encontrado otro día, amarrada al muelle, dejándose mecer por la corriente con el rostro vuelto hacia el sol, los ojos cerrados. Mientras observaba los deslumbrantes centelleos del río y su hermoso rostro inmóvil, Amy abrió repentinamente sus azules ojos y me miro sin pronunciar palabra. Yo tampoco le dije nada a ella y regresé a casa solo.

    - ¡Amy!
  
    No estaba en el agua ni estaba en la casa. Simplemente no estaba.

    Amy había desaparecido


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"Perdida" cayó en mis manos tras su exitosa adaptación al cine el año pasado protagonizada por nuestro próximo Batman. Algunos amigos me comentaron que la película les había gustado mucho, y tal y como acostumbro, decidí leer primero la novela de esta autora (para mí, al menos) desconocida. Una rápida búsqueda en Internet corroboró que estamos aquí ante una escritora poco prolífica, que cuenta solamente con tres obras publicadas; la que hoy nos ocupa fue publicada en 2012 y es, hasta el momento, lo último que la autora ha tenido a bien narrarnos. Como dato, "Perdida" fue la novela que consiguió desplazar a "50 sombras de Grey" del primer puesto de ventas en los EEUU.

Si nos ponemos a encasillar, "Perdida" es lo que la crítica llamaría un Trhiller psicológico que calzaría perfectamente en ese gigantesco leviatán de las letras que llamaríamos Best-sellers. No obstante, creo que la novela está bastante por encima del nivel medio de estas obras, y que sería precipitado en exceso descartar su lectura por considerarla una obra del montón. Porque aporta ciertas cosas muy interesantes. Veámoslas.

Para empezar, la principal virtud de "Perdida" es que engancha sin remedio: es lo que la crítica anglosajona denominaría un page-turner de manual. Así que por el lado del entretenimiento, una de las funciones básicas de la lectura, cumple más que de sobra. Es de esas historias de las que quieres saber más y más y uno apura la hora de apagar la luz para leer hasta el final del capítulo. Excelente.

Por otro lado, es necesario detenernos en los numerosos giros argumentales que acontecen en la historia. Algunos de ellos son predecibles (los menos) y otros, especialmente uno a mitad de la novela, te dejan literalmente en shock, hasta el punto de no dar crédito a lo que estás leyendo; y es que en esta historia, el lector pronto se dará cuenta de que el narrador no es de fiar, de que le engaña y le traiciona... y es una sensación maravillosa.

Vayamos al argumento en sí. "Perdida" nos cuenta la historia del joven matrimonio Dunne, formado por Nicholas, un redactor cuyo despido de una revista aún lo atormenta dos años después, y Amy, la dulce Amy, una sofisticada y rica neoyorquina que tras quedarse también en paro, acepta con resignación que su marido la arrastre a su tierra natal, el Missouri profundo, para hacerse cargo de su madre moribunda y cumplir su sueño (solamente el de él) de regentar un bar a medias con su hermana melliza. Así, la anodina vida en el tranquilo pueblo de  Carthage se ve truncada la mañana del quinto aniversario de la pareja cuando Amy desaparece. Prácticamente se evapora. El pueblo entero se volcará en su búsqueda, y rápidamente comienzan a aparecer pistas de violencia y conspiración que señalan de manera inequívoca a su marido, quien parece esconder muchos, demasiados secretos. Como vemos, una propuesta muy interesante llena de recovecos, dobleces, sorpresas y misterios que van tensando la cuerda hasta alcanzar un nivel de tensión argumental fantástico.

Por último, si nos centramos en la parte estilística, la novela también cumple. Gillian Flynn es una escritora moderna y directa, que llama a las cosas por su nombre y describe de manera sencilla pero bastante gráfica. Quizás podríamos percibir en ella cierta influencia de la generación Beat americana (Kerouac, Burroughs y compañía) combinada con el efectivo estilo de la llamada literatura de supermercado que Stephen King abanderó.

Para concluir, diremos que "Perdida" es una buena novela, interesante y muy recomendable para quien disfrute de los misterios, de las pistas, de las investigaciones y de las sorpresas inesperadas en un libro. Una lectura fácil y muy agradable que puede servir para desconectar de otras más densas.

Y a vosotros... ¿qué novela os ha sorprendido con un buen giro en la trama?

¡Besos y abrazos!

Gillian Flynn

jueves, 26 de febrero de 2015

Doctor sueño. Stephen King



      La parte racional de su pensamiento le decía que la mujer no era más que un fragmento de pesadilla no recordada que le había perseguido más allá del sueño y a través del pasillo hasta el cuarto de baño. Esa parte insistía en que si volvía a abrir la puerta, no habría nada ahí dentro. Seguro que no habría nada, ahora que estaba despierto. Sin embargo, otra parte de él, una parte que "resplandecía", sabía más. El Overlook no había acabado con él. Al menos uno de sus espíritus vengativos le había seguido la pista hasta Florida. Ya una vez se había encontrado a esa mujer despatarrada en la bañera. Había salido e intentado estrangularle con sus (terriblemente fuertes) dedos apestosos. Si ahora abría la puerta del baño, ella concluiría el trabajo.
      Se arriesgó a arrimar una oreja a la puerta. Al principio no oyó nada. Pero entonces oyó un ruido muy débil.
      Uñas de dedos muertos arañando la madera.
      Danny caminó hasta la cocina con piernas ausentes, se subió a una silla y orinó en el fregadero. A continuación despertó a su madre y le dijo que no utilizara el cuarto de baño porque dentro había una cosa mala.

   

Hay una serie de expresiones unidas de forma indivisible al nombre de Stephen King. Las más destacadas seguramente sean "maestro del terror" y "Best-seller". Estos calificativos, como la mayoría de los tópicos aplicados a casi cualquier realidad, pienso que lo único que hacen es empobrecer aquello de lo que se habla, además de crear prejuicios que pueden desembocar en el rechazo. Por eso, creo que algún día la crítica reconocerá a King como lo que es: un constructor de personajes nato, un arquitecto de ficciones, un maestro de la psicología en todas sus formas. En definitiva, un pedazo de escritor.

Como sabemos, la obra de Stephen King es gigantesca, casi inabarcable, pues su pluma (literalmente, pues siempre ha afirmado que escribe gran parte de sus obras, incluso las modernas, con una pluma Waterman) ha dado vida a más de treinta novelas y un buen puñado de libros de relatos, guiones de cómics y todo aquello que se le ponga a tiro. Películas inolvidables como Cadena perpetua, La milla verde o Cuenta conmigo son adaptaciones de sus obras que han calado históricamente entre el gran público. 

Pero no toda la obra del tito Steve (he leído tanto suyo que me permito ciertas confianzas) puede estar al mismo nivel, y creo que desde el cambio de milenio sus historias han dado un pequeño bajón de calidad con respecto a sus impresionantes obras de los años 70-80 como Carrie, IT, Misery, Salem´s Lot, El Resplandor o Cujo. Así que tras publicar en 2013 su decepcionante Joyland, tito Steve se atreve a sacar del guardapolvo uno de sus personajes míticos, Dan Torrance, el niño de El Resplandor, para contarnos qué es de su vida tras su traumática y horrorosa experiencia en las montañas de Colorado, cuando fue con sus padres a encargarse del mantenimiento invernal del Hotel Overlook.

Para comenzar con el libro he de decir que es gratificante encontrarse con una historia de calidad alta, que sin estar al nivel de las magníficas obras del siglo pasado, cumple las expectativas con creces y a pesar de tener ciertos puntos flojos deja buen sabor de boca, especialmente si hemos leído El Resplandor, una obra que dicho sea de paso, destrozó Kubrick con su mediocre película, que provocó que muchos espectadores jamás leyeran el libro por pensarse conocedores de la historia. Error.

Como hemos dicho, la novela cuenta la historia de Dan Torrance, que se encuentra atrapado en una vida destructiva que sigue el mismo patrón que la de su padre, casi por determinismo genético. Sumido en una espiral de alcoholismo, vagando por la América profunda trabajando por unos dólares como chapuzas y atormentado por el Resplandor, ese extraño don psíquico, Danny buscará su redención, su última oportunidad, instalándose en un pequeño y agradable pueblo de Nueva Inglaterra. Allí comienza una nueva vida gracias al programa de Alcohólicos Anónimos y a su trabajo en la residencia de ancianos.

Dos hechos precipitan una historia vertiginosa, basada en la narración de presas y cazadores. La aparición de una niña, la adorable Abra Stone, quien posee un Resplandor mucho mayor que el de Dan, y con la que comienza a comunicarse psíquicamente; y la presencia de una organización milenaria llamada El Nudo Verdadero, una especie de vampiros que se hacen pasar por paletos americanos para no llamar la atención. El Nudo Verdadero está siempre en movimiento en sus enormes caravanas, posee recursos económicos ilimitados y transita por todo del país desde que fue fundado buscando el alimento que los hace casi inmortales: el Resplandor que poseen algunas personas muy especiales.

El nombre de la novela es el apelativo que Danny se gana en la residencia de ancianos, pues su cometido allí es el de ayudar, mediante su don, a pasar de la vida a la muerte de forma agradable y en paz. Él es el Doctor Sueño, quien se moja los pies para ayudar a cruzar la laguna.

Como vemos, la historia promete mucho, y la verdad es que mantiene atrapado hasta el final. Como pegas, pienso que el villano de la historia no está al nivel de otros antagonistas de Stephen King; Rose "la Chistera" no provoca el miedo de Cujo o del mítico payaso Pennywise -de hecho no provoca nada de miedo-. Además, a pesar de ser un libro cuyo desenlace está bien resulto, creo que al final hay un par de sucesos introducidos con calzador, que no revelaré para no destripar nada.

En definitiva, creo que Stephen King ha escrito por fin una obra que vuelve a estar a la altura, pero que mucha gente podría despreciar por buscar lo mismo que nos ofrecía El Resplandor. Son libros diferentes, escritos en épocas muy diferentes en la producción de King, por lo que no son comparables. Quien sepa desligarlos y se deje atrapar por Doctor Sueño tiene unas buenas horas de lectura garantizadas.

Yo al menos las he tenido

¡Besos y abrazos!



Stephen King

martes, 14 de octubre de 2014

Los perros de Riga. Henning Mankell




Luego, mientras él carraspeaba, ella abrió la puerta sigilosamente y desapareció.
Se había presentado en el hotel porque quería hablarle de su difunto marido y porque tenía miedo. Las instrucciones eran claras: cuando llamasen a su habitación preguntando por el «señor Eckers», Wallander tendría que dirigirse al vestíbulo, luego bajar las escaleras que daban a la sauna del hotel y buscar una puerta de acero gris situada junto a la entrada de mercancías, que podría abrir desde dentro sin llave, y una vez en la calle, ella estaría esperándole detrás del hotel para hablarle de su difunto marido.
«Please —había escrito—, please, please.» Ahora estaba seguro de que en su rostro no solo había miedo, sino también rebeldía, acaso odio.
«Aquí está ocurriendo algo más grave de lo que me imaginaba —pensó—.


Hoy llega a Pseudoficciones la segunda novela de la serie "Wallander", cuya brillante apertura, Asesinos sin rostro, reseñamos aquí.

En Asesinos sin rostro conocíamos a Kurt Wallander, inspector de policía de la tranquila localidad de Ystad, al sur de Suecia. Veíamos a un hombre decadente, cuya existencia naufragaba a la deriva como consecuencia de sus fracasos emocionales, afectivos y personales. Aun así, el bueno de Kurt se enfrentaba, o más bien se aferraba para poder seguir de pie, a una profunda investigación por el misterioso y brutal asesinato de una inofensiva pareja de ancianos. Un caso oscuro y sórdido que hacía las delicias de cualquier lector mínimamente aficionado a la novela policíaca.

Así las cosas, este segundo "Wallander" transmite sensaciones claras ya en los primeros compases de su lectura. En primer lugar, un inmenso placer por reencontrarse con Wallander. Como ya señalábamos, nuestro inspector es un personaje trazado de manera formidabe: Mankell ha conseguido que padezcamos sus inquietudes, nos alegremos con sus avances en la investigación, sintamos rabia por sus frustraciones personales y que obviamente, lo echemos de menos hasta el punto de sabernos a gloria el primer café que compartimos con él en cada libro. En segundo lugar, Los perros de Riga emana una esencia de ambición. Se nota que Mankell ya domina a la perfección el universo que ha creado, y que tiene pensado algo grande para nosotros. Y en tercer lugar, vemos una mayor crudeza y sobriedad en el estilo, que interpretamos de manera muy positiva: Mankell ha evolucionado sus formas hacia un lenguaje más personal, seco y acorde al tono tétrico de su trama.

La novela comienza como lo hacía Asesinos sin rostro. Con un misterioso asesinato. En esta ocasión, el escenario es Mosby Stand, una inhóspita playa cercana a Ystad. Allí, una mujer que paseaba a su perro hace un macabro hallazgo: la corriente ha dejado en la playa un pequeño bote salvavidas con los cadáveres de dos hombres. Ambos han recibido sendos disparos en la frente, tienen los dedos machacados a golpes de martillo y alguien los vistió con trajes de lujo después de muertos. Además, su sangre está llena de anfetaminas y el barco posee una cuerda cortada, como de haber sido remolcado. Inquietante, ¿verdad?

El caso (como no) recae sobre el pobre Wallander, que se topará con una investigación complicada por la falta de pruebas y lo extraño de las circunstancias. Aunque poco a poco, y gracias a una llamada anónima, la investigación apuntará hacia un punto inéquivoco y extraño: Riga, la capital de la vecina Letonia. Y hacia allí tendrá que poner rumbo Wallander.

Si en Asesinos sin rostro alabábamos efusivamente la fórmula de Mankell de introducir una trama social como trasfondo de la investigación (la inmigración hacia los países nórdicos), en Los perros de Riga volvemos a maravillarnos y de nuevo a celebrar la ambición mostrada por el novelista sueco, quien nos sumergerá de lleno en el corazón de la Riga recién separada de la Unión Soviética, donde el futuro es incierto y las facciones partidarias de continuar bajo el amparo ruso disputan contra los grupos que miran hacia un futuro lejos del comunismo una macabra y cruel partida de ajedrez, que sorprenderá a Wallander en el centro del tablero. Así, nuestro protagonista se verá inmerso en una cultura extraña, donde varios pares de ojos lo vigilarán día y noche y nada será lo que parece.

En Riga respiraremos miseria, miedo y desconfianza. Recorreremos calles frías pobladas por una sociedad resentida y devastada; y Wallander pronto se dará cuenta de que su investigación está siendo manipulada para que descubra solamente aquello que satisface a ciertos intereses. Pero Kurt decidirá llegar hasta el final, consciente de que los perros de Riga acechan desde las sombras esperando a morder si traspasa ciertos límites.

En definitiva, estamos ante una novela magnífica, que supera en todo a su predecesora, lo que ya es mucho decir, y que profundiza en un tema interesantísimo como es la sociedad báltica tras la escisión de la URSS. Todo ello aderezado con un impresionante caso de asesinato... y un amor.

Una lectura obligatoria. Eso sí, se recomienda leer antes Asesinos sin rostro

Y vosotros, ¿habéis leído alguna saga que mejore con cada entrega?

¡Besos y abrazos!

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Asesinos sin rostro. Henning Mankell







La grava helada crujía bajo las ruedas. Kurt Wallander conducía detrás del coche patrulla. Pasaron la salida de Trunnerup y subieron las cuestas empinadas que llevaban a Lenarp. Se metieron por un estrecho camino rural, no más ancho que un tractor, por el que recorrieron un kilómetro. Dos granjas, una al lado de la otra, dos edificios alargados pintados de blanco y con jardines muy cuidados.
Un hombre mayor se acercó apresuradamente. Kurt Wallander vio que cojeaba, como si le doliera una rodilla.
Al salir del coche se dio cuenta de que se había levantado el viento. Puede que nevase, después de todo.
En cuanto vio al hombre supo que algo verdaderamente desagradable le esperaba. En aquellos ojos había un brillo de espanto que no podía ser fingido.
—Forcé la puerta —decía con tono febril una y otra vez—. Forcé la puerta porque tenía que verlo. Ella está a punto de morir, ella también.



Henning Mankell se ha convertido por méritos propios en el referente contemporáneo de la novela negra. En realidad, Mankell es un excelente dramaturgo, que consiguió sus primeros éxitos escribiendo obras de teatro de una calidad más que notable. Pero el sueco consiguió el reconocimiento mundial fuera del patio de butacas gracias a la serie de once novelas protagonizadas por el inspector de la policía de Ystad, Kurt Wallander. Hoy llega a Pseudoficciones la primera de la serie. El inicio del fenómeno Wallander: Asesinos sin rostro

La serie Wallander está de enhorabuena, pues está siendo reeditada por Tusquets en dos formatos: rústica y bolsillo. Personalmente me he decantado por la reedición de bolsillo; precio muy asequible y me encanta el detalle de poner una gran letra mayúscula en el lomo de cada volumen, de tal manera que al juntarlos en la librería todos los libros forman la palabra "Wallander". La serie está compuesta de las siguientes obras. Esperamos que todas puedan llegar a Pseudoficciones a corto plazo:

  1. Asesinos sin rostro (Mördare utan ansikte, 1991)
  2. Los perros de Riga (Hundarna i Riga, 1992)
  3. La leona blanca (Den vita lejoninnan, 1993)
  4. El hombre sonriente (Mannen som log, 1994)
  5. La falsa pista (Villospår, 1995)
  6. La quinta mujer (Den femte kvinnan, 1996)
  7. Pisando los talones (Steget efter, 1997)
  8. Cortafuegos (Brandvägg, 1998)
  9. La pirámide (Pyramiden, 1999; cuentos)
  10. El hombre inquieto (Den orolige mannen, 2009)
  11. Huesos en el jardín (Handen, 2013)


Hace poco comenté en el Blog La princesa de hielo, la primera obra de la serie ´Fjälbacka´de Camilla Lackberg, la escritora sueca que más éxito y difusión ha conseguido dentro del marco de la nueva novela negra europea. Afortunadamente leí a Camilla en primer lugar y su obra me pareció entretenida, decente. Hoy obviamente me lo sigue pareciendo, pero creo que meter a Lackberg y a Mankell en el mismo saco es cuanto menos osado, pues la literatura de Camilla palidece de inmediato ante la comparación con su compatriota Mankell. Juegan en ligas diferentes. Algo que se nota ya desde los primeros compases de Asesinos sin rostro. Una vez dicho esto abandonemos la comparación y centrémonos en la obra que tenemos entre manos.

El caso que plantea Mankell en esta novela se inicia una fría madrugada en Escania, la región más austral de Suecia. Dos granjas aisladas. Dos familias de ancianos vecinas de toda la vida y disfrutando de sus últimos años dejando que el tiempo se deslice entre vastos parajes naturales. Nyström, propietario de una de las dos granjas, percibe algo extraño en el siencio de la noche y decide asomarse a la casa de los Lövgren. Lo que encuentra allí lo dejará conmocionado para el resto de sus días. Toda la habitación de matrimonio está impregnada de sangre. Las cortinas, las lámparas, los muebles y la cama. En el suelo yacen Yohannes y Maria, sus apacibles vecinos, brutalmente torturados hasta la extenuación. Ambos parecen muertos, pero el viejo granjero se obliga a reaccionar al darse cuenta de que la boca de la mujer rezuma un hilo de aliento.

A partir de aquí se inicia una apasionante investigación en la que nada es lo que parece, como en cualquier buena novela negra que se precie. Hay que tener en cuanta que estamos en el año 1991, y que la policía no posee los adelantos de hoy día, por lo que asistiremos a una investigación completamente tradicional. Con más cuaderno que ordenador.

El caso recae sobre Kurt Wallander, inspector de la policía de Ystad, el pueblo más cercano a las granjas donde se ha cometido el crimen. Wallander de inmediato conquista al lector. Es un personaje magnífico, sublime, al que el caso sorprende en uno de los peores momentos de su vida. Además de haber sido abandonado recientemente por su mujer, algo que aún no ha superado, su hija Linda lo ha condenado al ostracismo sin motivo aparente; su padre, que se ha ganado la vida pintando y vendiendo siempre el mismo cuadro, está a las puertas de lo que parece ser una enfermedad senil, su coche arranca a duras penas y para colmo, bebe cada vez más, come de cualquier manera y está ganando peso a un ritmo alarmante.

Como vemos, el asesinato se ha producido en las peores circunstancias posibles para el bueno de Wallander. Pero la cosa irá más allá. Suecia vive en ese momento un clima de crispación por la creciente inmigración de paises del este y de oriente medio, lo que está generando tensiones entre los numerosos campos de refugiados que se están creando cerca de las fronteras y ciertos sectores conservadores de la sociedad sueca. En este contexto, Wallander sufrirá una importante complicación cuando Maria Lövgren, la mujer torturada y de la que todo el país está pendiente, pronuncie una sola palabra antes de morir: "extranjero".

Y aquí dejamos la trama para no revelar más, puesto que es la esencia de la novela negra.

Poco más queda por añadir. Que Mankell ha hecho un trabajo magnífico. Wallander es un personaje completamente real, eterno, que incita a seguir conociendo su historia personal en los siguientes volúmenes y que transcurre paralela a la investigación generando tanto interés como ésta. Cuando escribo esta reseña ya he leído las tres primeras novelas de la serie Wallander, y considero un acierto espléndido de Mankell incluir en cada una de ellas un trasfondo social, político o racial en el que se enmarca el crimen en cuestión. Eso lleva la literatura de Mankell de una simple novela de misterio a un testimonio de los problemas de su época. Como hemos dicho, Asesinos sin rostro nos ilustra acerca de las tensiones y los conflictos que emanan de la creciente inmigración hacia los países nórdicos. Sin duda, interesantísima novela, absolutamente recomendable para cualquier perfil de lector.

Y a vosotros, ¿qué novela os ha dado a conocer un problema social o político que os haya sorprendido?

¡Besos y abrazos!




Henning Mankell



lunes, 21 de julio de 2014

El mapa y el territorio. Michel Houellebecq



   

          Fue allí, al desplegar el mapa, a dos pasos de los bocadillos de pan de molde envueltos en celofán, donde tuvo su segunda gran revelación estética. Era un mapa sublime; Jed, alterado, empezó a temblar delante del expositor. Nunca había contemplado un objeto tan magnífico, tan rico de emociones y de sentido, como aquel mapa Michelin a escala 1/150.000 de la Creuse, Haute-Vienne. En él se mezclaban la esencia de la modernidad, de la percepción científica y técnica del mundo, con la esencia de la vida animal. El diseño era complejo y bello, de una claridad absoluta, y sólo utilizaba un código de colores restringido. Pero en cada una de las aldeas, de los pueblos representados de acuerdo con su importancia, se sentía la palpitación, el llamamiento de decenas de vidas humanas, de decenas o centenares de almas, unas destinadas a la condenación, otras a la vida eterna


         Michel Houellebecq (gracias Silvia por enseñarme a pronunciarlo sin romperme la lengua), es uno de esos tipos que camina por la vida sin dejar indiferente a nadie. O lo amas, o lo odias. Y por lo que veo, quienes lo odian son legión; al menos a tenor de lo que llevo leyendo sobre él desde que me ha empezado a interesar. Houellebecq lleva colgada la etiqueta de enfant terrible en Francia, y sobre su obra y milagros se han vertido ríos de tinta, especialmente escritos en francés, porque cada vez que este señor abre la boca da mucho que hablar. Houellebecq no se muerde la lengua, es polémico por naturaleza, crítico, ácido y muy inteligente. Una combinación explosiva (a la par que interesante). Por lo tanto, estamos ante una de esas personalidades complicadas que suelen aflorar en el mundo de las letras y que suelen tener bastantes cosas que decir. Comprobémoslo.

          Houellebecq se granjeó cierta notoriedad literaria con Las partículas elementales y especialmente con Plataforma, una polémica novela en la que atiza sin compasión a la sociedad moderna, canalizando su crítica a través de un tema capaz de herir ciertas sensibilidades como es el turismo sexual. Plataforma llevó a Houellebecq a ser señalado por la sociedad francesa, que salía ampliamente damnificada de las peripecias que se narran en la trama, por la crítica europea en general e incluso por el integrismo islámico. Por supuesto, algo que trajo sin cuidado al bueno de Michel.

          Pero el bombazo y el éxito definitivo llegó en 2010, cuando Houellebecq publica El mapa y el territorio, una novela de grandes pretensiones que obtuvo fama mundial al ser premiada con el Goncourt, el galardón más importante de las letras francesas, lo cual contribuyó a que la literatura de Houellebecq fuese traducida a más idiomas y distribuida en muchos más países.

          Estamos ante una obra de marcado carácter existencialista, que llega a recordar en ciertos pasajes al estilo de Albert Camus. Es una novela ácrata, pesimista, mordaz, reflexiva, narcisista y brillante. Un regalo para el intelecto, pues (en detrimento de la agilidad argumental, algo que podría disgustar bastante al lector moderno), Houellebecq desliza constantemente reflexiones y digresiones de todo tipo, introduciendo de este modo la figura del narrador novelista-ensayista-filósofo bastante prepotente y pedante en ciertos pasajes. Pero ya sabíamos dónde nos metíamos, ¿verdad?

          El mapa y el territorio nos muestra un mosaico de personajes que comparten un rasgo esencial: la soledad. Todos son personajes sombreados, tenues y con cierto halo pesimista que les confiere una ternura que roza la compasión por parte del lector. Conocemos a Jed Martin y damos un paseo por toda su existencia; un paseo que comienza una navidad con la avería de su calentador, en víspera de la cena anual con su padre, el único contacto familiar que posee Jed. Nuestro protagonista es licenciado en artes, donde consiguió menciones gracias a una serie de pinturas sobre los utensilios industriales que han facilitado la transición a la sociedad moderna e industrializada: desde el motor de gasolina hasta el abrelatas o el destornillador.

          Aun así, Jed Martin se encuentra artísticamente perdido. No ve un camino claro, y subsiste con cierta dignidad viviendo en un apartamento de París con la ruidosa compañía de su hipocondríaca caldera roja. Pero la revelación llegará una noche cuando Martin entra en una gasolinera a repostar y a comprar algo de beber. Y aquí es donde el protagonista pasa a convertirse en una ironía, en un fantoche que Houellebecq utiliza para satirizar la vacuidad del arte contemporáneo. Pues en la gasolinera, Jed comienza su exitosa carrera no como pintor, sino como fotógrafo, al quedarse absolutamente fascinado ante las posibilidades artísticas de los mapas Michelin. De este modo, las fotos que Jed hace a los mapas, y a las que aplica ciertos retoques con Photoshop, comienzan a venderse como rosquillas entre la clase media pujante parisina, hasta el punto de firmar un contrato con la propia Michelin para la distribución de las fotos a unos dos mil euros de media por unidad. La exposición que elevará a la Martin a los cielos llevará por título la premisa básica que lleva la obra como trasfondo: El mapa es más interesante que el territorio

          Tras el éxito de los mapas, Jed retomará la pintura, iniciando una serie de cuadros llamada "Oficios sencillos", donde cada cuadro (de grandes dimensiones) retrata a una persona real desempeñando su trabajo, mostrando así una representación del tejido productivo de nuestra sociedad y la configuración de las cadenas de producción humanas. La serie, pintada por Jed en un período de siete años, va desde Ferdinand Desroches, carnicero caballar a Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática, pasando por Aymée, escort girl, Claude Vorilhon, gerente de un bar-estanco o Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte. Una vez iniciada la serie, un galerista ofrecerá a Jed exponer sus cuadros aprovechando su buen caché gracias a la serie "Mapas". Para ello, encargarán el texto a un escritor huraño y con necesidades económicas: Michel Houellebecq, a quien Jed Martin visitará en su deprimente casa irlandesa. Y es en la exposición cuando Jed pasará a convertirse en referencia del arte mundial, pues los mecenas más importantes del mundo pujarán por su tirada inicial de la serie "Oficios". Jed se convierte en famoso sin querer, prácticamente como lo hace todo. Y sin querer, su cuenta bancaria tras la exposición aumentará en unos veinte millones de euros; son los inicios de Jed Martin, el pintor de quien los futuros libros de arte dirán que fue quien plasmó en sus obras la historia de la producción moderna, creando un imperecedero reflejo de la identidad humana de un valor incalculable.

          Pero la historia dará un vuelco, un giro inesperado cuando un personaje será asesinado, virando la obra casi hacia la novela negra, con clímax incluido, donde asistiremos a la investigación del brutal asesinato con unos nuevos personajes entre los que destacará el solitario comisario Jasselin, un personaje magnífico. Todo un acierto narrativo de Houellebecq. Esta tercera parte, la del asesinato, supone un cambio de tercio radical en del desarrollo de la trama, y se nota que el autor está fuera de su elemento natural. Aun así, el conjunto de la obra resulta más que satisfactorio.

          En definitiva, El mapa y el territorio es una lectura desconcertante, que comienza sin un argumento sólido y concreto, pero que poco a poco va ganando muchísimo. Es cierto que en ciertos momentos Houellebecq resulta vanidoso y pedante, pero viendo la obra como un todo, he de reconocer que mi mente se ha sumido en numerosas divagaciones de provecho gracias a él. De mención también es cómo el autor nos sumerge en el mundo del arte a través de exposiciones, marchantes, galeristas y pintores; un mundo muy interesante, repleto de envidias, intereses y mentiras fruto de la cantidad de dinero que puede llegar a moverse.

          Houellebecq posee detractores y defensores. Todos ellos encontrarán argumentos de sobra en El mapa y el territorio que afiancen su postura.

          Y vosotros, ¿qué estáis leyendo este verano?


         ¡Besos y abrazos!



Michel Houellebecq




martes, 17 de junio de 2014

La princesa de hielo. Camilla Läckberg




La casa estaba desierta y vacía. El frío penetraba por todos los rincones. En la bañera se había formado una fina membrana de hielo. Y ella había empezado a adquirir un ligero tono azulado.
Pensó que, así tumbada, como estaba, parecía una princesa. Una princesa de hielo.
El suelo sobre el que se sentaba estaba helado, pero el frío no le preocupaba. Extendió el brazo y la tocó.
La sangre de sus muñecas llevaba ya tiempo coagulada.
El amor que por ella sentía jamás había sido tan intenso. Le acarició el brazo como si acariciase el alma que había abandonado aquel cuerpo.
No se volvió a mirar cuando se marchó. Aquello no era un adiós. Era un hasta la vista.





No entiendo de vinos. Desconozco todo el estridente lenguaje de la enología, y en las contadas ocasiones que me tomo una copa de tinto, me rijo por un principio casi prehistórico: si el vino me gusta, es un buen vino. Si no me gusta, pues no lo es. Al menos para mí. Me dan igual las guías, las puntuaciones, el buqué, la entrada, la salida o los tonos madera y cereza.

De libros entiendo algo más. Forman parte de mi profesión, pero sobre todo de mi ocio. Leo e intento desgranar cada novela, cada poema o cada autor con un placer que roza la embriaguez. A base de leer y de estudiar, creo haber aprendido a diferenciar lo objetivamente bueno de lo malo, lo que está bien escrito de lo que no, los personajes bien trazados, los trucos del buen narrador, los engaños al lector. En definitiva, lo que García Márquez llamaba "la carpintería de la escritura". Bien, pues Camilla Läckberg me ha descuadrado varias cosas. Porque su estilo no es precisamente brillante, su trama tiene lagunas, sus personajes patinan en ciertos puntos, y sin embargo, no puedes dejar de leer. Caes enganchado sin remedio. Por lo tanto, cabría hacerse la misma pregunta que con el vino: ¿es La princesa de hielo un buen libro porque me gusta?

Läckberg se ha convertido en un fenómeno de masas gracias a su serie de libros ambientada en un pueblecito pesquero situado la costa oeste de Suecia llamado Fjällbacka, siendo La princesa de hielo su apertura, que inmediatamente catapultó a Läckberg al Olimpo de la literatura Bestseller.

La premisa inicial es muy interesante. Erica, una escritora de biografías, vuelve al pueblo de su infancia a hacerse cargo de la casa de sus padres, que han muerto recientemente en un accidente de coche. Coincidiendo con su vuelta, Alex, su gran amiga del colegio, aparece muerta en la bañera. El cadáver está congelado debido al frío invernal y con las venas cortadas. Todo apunta a un suicidio, pero pronto la trama dará su primer giro inesperado, y Erica se verá envuelta en una apasionante investigación, con muertes, intrigas familiares, traiciones, malos tratos, romances, reencuentros sorprendentes y despedidas trágicas, planteándose así un mosaico enorme de personajes que componen la comunidad de Fäjallbacka, donde pocas cosas son lo que parecen y donde un asesino campa a sus anchas ante la impotencia de la policía, que no se da cuenta de que la solución pasa por levantar la alfombra y sacar el sucio polvo del pasado.

Läckberg juega bastante al engaño, basando su estilo en presentar abiertamente la psicología de sus personajes; sus motivaciones, frustraciones o rencores, pero siempre se guarda una baza, un resquicio que no cuenta al lector para sacarlo a la palestra en uno de los muchos giros argumentales que tiene la novela, y que descolocan la posición que teníamos preconcebida de ese personaje dentro de la trama. Como hemos dicho más arriba, algunos giros son predecibles, pero en otros hay que reconocerle a Läckberg su buen hacer.

Como otro borrón en el desarrollo de la novela, me gustaría añadir que hay ciertos puntos en los que la autora deja un poco de lado la trama policial, claramente la más interesante (o por lo menos para mí), para introducir una trama amorosa algo anodina e infantil. Un tajo de veinte páginas le hubiera sentado de maravilla al libro.

Poco más queda por añadir. Un libro sencillo de leer, agradable para quien le guste la literatura como puro ocio. Yo lo he leído (más bien devorado) en el el autobús que me lleva al trabajo, y ha sido una lectura perfecta para el viaje; quizás también muy apropiada para los que busquéis entretenimiento literario veraniego.

Conclusión: hablando de arte, no existen las verdades absolutas. La lectura es una opción personal basada en nuestros gustos. Y para gustos, colores, que se suele decir.

¿Y vosotros, habéis caído alguna vez atrapados por una novela perteneciente a alguna moda Bestseller?

¡Besos y abrazos!


Camilla Läckberg



lunes, 9 de junio de 2014

Las brujas de Salem. Arthur Miller



PROCTOR. (Rompiendo la orden) ¡He dicho que fuera de aquí!
CHEEVER. Acaba de romper la orden del Vicegobernador
PROCTOR. ¡Maldito sea el Vicegobernador!¡Fuera de mi casa!
HALE. Proctor, Proctor, cálmese
PROCTOR. Y usted, márchese con ellos. No es un buen ministro de Dios
HALE. Proctor, si es inocente, el tribunal...
PROCTOR. ¡¿Cómo que "si es inocente"?!Le voy a decir lo que se pasea por Salem: la venganza está paseándose a sus anchas por este pueblo. Somos los que siempre hemos sido, pero ahora le hemos dado las llaves del reino a unas niñitas desquiciadas y la ley se está escribiendo con la letra de la venganza.
Pero no pienso entregar a mi esposa a esa venganza.
ELIZABETH. John, voy a ir con ellos.
PROCTOR. ¡Ni se te ocurra!
HERRICK. Tengo nueve hombres ahí fuera, John. No logrará impedirlo. La ley me obliga, John, no puedo hacer excepciones.
PROCTOR (a HALE, decidido a golpearle si hiciera falta) ¿Se va a quedar ahí mirando mientras se la llevan?
HALE. Proctor, el tribunal es justo.
PROCTOR. ¡Poncio Pilato! ¡Dios no le va a permitir lavarse las manos así como así!
ELIZABETH. John, creo que debo ir con ellos (No soporta la mirada) Mary, hay pan suficiente para mañana. Ayuda al señor Proctor como si fueses su hija...me lo debes, eso y mucho más (Hace lo posible por no llorar. A Proctor) Cuando los niños se despierten, no digas nada de brujería...se asustarían.
PROCTOR. Te traeré a casa. Muy pronto
ELIZABETH. Sí, John, por favor, tráeme pronto
PROCTOR. Voy a caer sobre este tribunal como si fuera una inundación. No tengas miedo, Elizabeth.
ELIZABETH (muy asustada) No tendré miedo (mira en derredor, como intentando fijarlo todo en su mente) Dile a los niños que he ido a visitar a alguien que está enfermo

(Sale por la puerta, con HERRICK y CHEEVER tras ella. Durante un instante, PROCTOR los contempla desde el umbral. Se escucha un sonido metálico de cadenas)




La relación del gobierno y de la sociedad estadounidenses con el comunismo resulta, cuanto menos, compleja y peculiar. El punto de partida lo situamos a finales del siglo XIX, cuando surgieron ciertos movimientos de izquierdas que se desviaban de los valores capitalistas que la sociedad americana daba por consolidados. Estos movimientos desembocaron en 1919, cuando, como resultado de una escisión del Partido Socialista, nace el Partido Comunista de los EEUU, que recibía con agrado los aires que soplaban desde la Rusia idealizada por la Revolución.

Ya en 1939, el pacto entre Alemania y Rusia previo a la Segunda Guerra Mundial, supuso un mazazo para el comunismo americano, hasta tal punto que el partido quedó disuelto. Aun así, la guerra crea extraños compañeros de cama, y la situación se revierte de modo que EEUU y Rusia deben cooperar durante el conflicto para derrotar a la Alemania Nazi. Pero, una vez finalizada la guerra, ambas partes deben afrontar el hecho de que pese a haber pertenecido al mismo bando, luchaban por razones distintas y su visión de cómo debía quedar configurado el mundo era completamente antitética: la Unión Soviética quería expandir su credo comunista, y EEUU, ante el fantasma de una nueva recesión, apostaba por la expansión del libre comercio y la eliminación de aranceles. Así llegamos a la creación de la OTAN y al famoso Telón de acero.

En 1947, George Kennan, un diplomático americano en Moscú, prende la mecha que da inicio a la histeria de los años 50, fundamental para entender Las brujas de Salem. En un informe, sostiene firmemente  que la Unión Soviética ha puesto en marcha planes para instaurar el comunismo en todo el mundo -EEUU incluidos- y que de no proceder con autoridad y vigilancia, la amenaza se tornaría en realidad. Así, los apoyos rusos a Corea del Norte o a la causa de Mao en China parecen corroborar estas teorías, que hacen que EEUU comience a recelar absolutamente de todo y a ver comunistas por todas partes.

La HUAC (comité de actividades antiamericanas) se convierte de inmediato en un puño asfixiante que alcanza cualquier rincón de la sociedad, iniciando una serie de investigaciones, interrogatorios y acusaciones en diversos colectivos tradicionalmente considerados "de izquierdas". Profesores universitarios, funcionarios públicos de cultura, artistas, y en especial, el mundo del teatro y la alta sociedad de Hollywood. En ella, prometiendo la destrucción de las carreras de aquellos que se negasen a cooperar con la causa anticomunista, merced a la publicación de listas negras, la HUAC sembró el terror en su búsqueda de comunistas. Orson Welles, Beltor Bretch o Cary Grant fueron algunos nombres que desfilaron ante el tribunal. Pero hubo cientos. Especialmente dramático resulta el caso de Philip Loeb, quien fue condenado al ostracismo laboral tras su comparecencia y se suicidó en 1955 a consecuencia de la depresión que le causó la pérdida de su estatus social y laboral.

De todos los demagogos que quisieron alcanzar notoriedad pública con la caza de comunistas, Joseph McCarthy es sin duda el que ha pasado a la historia como el más cruel y perseverante.

Arthur Miller era por aquel entonces un importante dramaturgo y un distinguido intelectual de izquierdas, a quien dejaron una profunda huella las presiones sufridas en los interrogatorios de la HUAC, tras los cuales comenzó a planear su particular redención. Y aquí es donde nace mi más profunda admiración por Miller. Se vengó de la HUAC de la mejor forma posible. Dándole la mayor de las lecciones. Recordándole, tanto a ella como al mundo entero, que la barbarie humana, cuando la creemos derrotada, está agazapada en un rincón oscuro, esperando a que llegue otra vez un nuevo ciclo. Arthur Miller sabía que la HUAC desaparecería llegado el momento. Que McCarthy moriría, y que él mismo moriría. Que las palabras, las presiones y las coacciones las arrastraría el aire de los tiempos hacia el negro olvido. Por eso se vengó a través de un medio eterno e imperecedero. Porque Miller sabía que mientras haya un lector que abra su libro, sea cual sea la época en la que esto ocurra, un pellizquito de su venganza y de su legado sería vertido al mundo. Y así, Arthur Miller dejó como redención una maravilla literaria: Las brujas de Salem

Tenemos aquí que entender el doble contexto de la obra. Miller no podía hablar expresamente de comunismo, ni de todo lo que estaba ocurriendo bajo la tenebrosa sombra de McCarthy, por lo que decidió escribir una obra de teatro basada en los siniestros hechos ocurridos en Salem, Massachussets, en 1692, en la colonia puritana más grande del Nuevo Mundo, demostrando así que la ignorancia y la represión injusta de las libertades humanas siempre vuelven a la palestra, independientemente del siglo hacia el que miremos. Estos sucesos guardan una similitud inquietante con el "Macartismo", hasta el punto que a la etapa de búsqueda de comunistas, por analogía con los sucesos de Salem se le terminó llamando la caza de brujas, una expresión que ha extendido su significado a cualquier proceso en el que se acuse personas sin la existencia de pruebas fehacientes y con preguntas dirigidas a buscar una declaración específica.

Los puritanos fueron la primera comunidad inglesa que emigró a América, estableciéndose en comunidades medianas en la costa este. Su ética protestante se basaba en el trabajo duro, la austeridad económica y en el respeto máximo hacia la Iglesia y la institución familiar. Los valores religiosos y la rectitud moral estaban por encima de todo, lo que cristalizó en una férrea autocracia. Para ser justos, quizás esta perseverancia fue la que les hizo sobrevivir en un medio tan hostil, pero poco a poco, cuando todo se hubo asentado y las amenazas ya no eran tales, la gente comenzó a querer vivir de una forma algo más relajada. Ni que decir tiene que estos inicios de laxitud moral no pudieron sentar peor en las autoridades de las colonias, que desesperadamente buscaban algún recurso para volver a tomar las riendas del camino recto.

Y mira por dónde, Satanás les dio la solución. Comienzan aquí los hechos contados por Miller en la obra: Betty, la hija del reverendo Parris, el pastor de Salem, yace inconsciente y delirante en la cama tras ser sorprendida bailando con un par de amigas en el bosque, en lo que parece ser una ceremonia sospechosa. Para colmo, el supuesto rito ha sido oficiado por Tituba, la criada del reverendo; una negra que proviene de Barbados, una región con fama de satánica entre la comunidad de Salem por sus relaciones con los ritos Vudú. Pronto se dan cuenta de que todas las niñas que participaron están en estado catatónico, por lo que el fervor religioso les lleva a pensar que Satanás está haciendo de las suyas en Salem. Y nada menos que en casa del mismísimo reverendo. Y esto es algo que no van a permitir.

Pero lo que ocurría en realidad era que se trataba de una simple chiquillada. Las adolescentes no sabían cómo explicar que habían hecho una fiesta en el bosque en la que Tituba les enseñaba algunos rituales de su cultura, y deciden emprender una huida hacia adelante, saliendo de su letargo y acusando de brujería a la criada, dando así el pequeño aleteo de mariposa que generará el huracán de irracionalidad y violencia que vivió la comunidad de Salem en 1692.

Porque las acusaciones se extendieron como el fuego entre ramas secas: muchos ciudadanos aprovecharon la coyuntura para acusar de brujería a personas contra las que tenían pleitos personales por tierras o deudas; hubo mujeres que acusaron a las amantes de sus maridos y otras familias que recibieron una acusación por simple envidia o animadversión. Todo Salem se convirtió en un gran juicio con centenares de acusados, la mayoría mujeres, pero también algunos de sus maridos. Y aquí cabe mencionar al protagonista de la historia. A John Proctor.

Proctor es un personaje trazado por Miller de forma magistral, que simboliza la cordura ante la vorágine acusatoria e inquisitiva del tribunal de brujas (léase también del tribunal anticomunista). Proctor no comprende nada, no cree en brujas ni en fantasmas y en todo momento intenta hacer ver al pueblo el grandísimo error que se está cometiendo. Pero Proctor también tiene dobleces y rincones oscuros, en lo que me ha parecido un gran acierto por parte de Miller, que dota al personaje "bueno" de una humanidad desgarradora. Y es que, Abigail, su amante, es el miembro principal del jurado. Ella es quien determinará los designios de multitud de almas que aguardan en la prisión, con los oídos tapados porque ya escuchan la hoguera crepitando.

Hay que tener muy en cuenta que en la comunidad puritana el mayor de los pecados era la mentira, y ello era algo que llevaban grabado a fuego en su personalidad todos los habitantes de Salem, la mayoría incapaces de decir mentiras. En muchas ocasiones los jueces ofrecían confesar el delito de brujería a cambio del indulto, pero ¿por qué decir una mentira, si en realidad no han cometido brujería? ¿para salvar su vida, pero condenar su alma? ¿no les enseñó Dios acaso que mentir significa la condenación?

En el aspecto formal, el estilo de Miller es impecable. Desde el comienzo de la obra podemos percibir que estamos ante un dramaturgo que conoce su oficio y que lo desempeña de manera magistral. Es un estilo sintético, donde cada palabra cuenta. En todo momento sabemos que cada frase, cada gesto, esconde un significado más o menos explícito. Descifrar cada situación es un reto y a la vez un inmenso placer. Pero lo que me ha parecido realmente sublime ha sido la manera de terminar cada acto: con situaciones de un dramatismo lírico estremecedor, que representadas en escena deben de ser sobrecogedoras.

El final de la historia (¿o histeria?) lo dejo en el aire, pues contiene unas cuantas sorpresas deliciosas desde el punto de vista del lector. Por lo que, a modo de conclusión, diremos que Las brujas de Salem sublima una de las funciones primarias de la literatura, como es la de crear memoria histórica y denunciar la barbarie humana. He leído la obra tres veces seguidas a causa del gran impacto que me ha causado, y estoy seguro de que la leeré muchas veces más. He sufrido, he disfrutado, me he indignado y he perdido el aliento. Pero sobre todo, he aprendido. ¿Alguien da mas?

Y vosotros, ¿soléis leer teatro? ¿qué obra de teatro os ha calado más?

¡Besos y abrazos!


Arthur Miller


jueves, 8 de mayo de 2014

El silencio de los corderos. Thomas Harris



      -¿Una de esas revistas no le ofreció a Lecter cincuenta mil dólares por sus recetas de carne humana? Creo recordar algo de eso -replicó Starling.
Crawford asintió.
       -Starling, escúcheme con toda atención. ¿Me está escuchando?
       -Sí, señor.
Tenga mucho cuidado con Aníbal Lecter. El Doctor Chilton, el director del hospital, le explicará el procedimiento para tratar con él. Siga esas normas al pie de la letra. No se aparte ni un ápice de ellas por ningún motivo. Si Lecter decide hablar, tratará de averiguar todo lo posible sobre usted. Le mueve esa curiosidad que introduce a la serpiente a espiar el nido de un pájaro. No revele nada concreto sobre usted. Ya sabe lo que le hizo a Will Graham.
      -Me enteré por la prensa de lo que sucedió
      -Cuando Will se puso a su alcance, se abalanzó sobre él y lo espanzurró con un cuchillo de linóleo. Le ha quedado una cara que parece un dibujo de Picasso. Y en el psiquiátrico despedazó a una enfermera a dentelladas. Haga su trabajo, pero no olvide ni un instante lo que es ese hombre.
      -¿Y qué es? ¿Lo sabe usted?
      - Solo sé que es un monstruo. Aparte de eso, nadie puede asegurar nada más.





Todo lector necesita de vez en cuando un libro de esos que arrastran como una violenta corriente de agua. Y así es  El silencio de los corderos: frenético. Un río bravo, revuelto de acontecimientos que no da ni un segundo de respiro. Ni un solo descanso. Poco a poco, página a página, la turbulenta historia de la agente Starling se precipita entre las piedras hacia un inevitable remolino ingeniado por el doctor Lecter, por su borroso pasado, y quizás por el mundo en general. Y el lector desciende con ella, la acompaña en su caída incapaz de soltarle la mano. Solamente por comprobar si al otro lado del abismo, bajo el precipicio, finalmente los corderos han dejado de chillar.

Es un hecho notorio que cada ciclo literario requiere inevitablemente poseer sus propios monstruos, que trascienden lo literario y pasan a incorporarse de inmediato al imaginario colectivo de su época. Desde los primitivos Escila y Caribdis ideados por Homero, pasando por los Drácula, Frankenstein o el arcano Chthulu de la tradición gótica, podemos recorrer una senda de seres aterradores incrustados en todas las culturas que va renovándose y actualizándose; es el sino de la ficción. Crear héroes y crear monstruos. Luz y oscuridad, como la vida misma. Esta tradición sería la que hoy día recogerían autores como Stephen King, con su Carrie, su hotel Overlook bañado en sangre y en especial, con It y su aterrador Pennywise. O el que hoy nos ocupa, Thomas Harris, un escritor muy poco prolífico al que le ha bastado apenas con un par de obras para regalarnos a un mito del terror contemporáneo: el doctor Aníbal Lecter.

El silencio de los corderos es una obra marcada irremediablemente por su exitosa adaptación al cine; pero resulta que no la he visto (típica cosa que lleva uno pendiente de hacer veinte años), por lo que mi lectura no se ha visto "contaminada" por la oscarizada cinta.

La novela nos cuenta la historia de Clarice Starling, una estudiante de la academia del FBI que se está especializando en la cuestionada sección de Ciencias del Comportamiento. Una mañana, Starling recibe la visita de uno de los peces gordos del FBI, Crawford, y desde ese día, su vida no volverá a ser la misma. Crawford tiene un encargo muy especial para la inexperta Starling: redactar un informe sobre un preso incómodo y controvertido, famoso en toda norteamérica por haber practicado el canibalismo y que se niega a hablar con nadie: el psiquiatra Aníbal Lecter, quien permanece recluido en un penal de Baltimore bajo una seguridad extrema. Cualquier libertad de acción, cualquier concesión, por mínima que sea, suele acabar en una salvaje agresión a sus médicos o cuidadores.

Pero lo interesante no es solamente que Lecter decida hablar con Starling. Si no que comienza a deslizarle ciertas pistas fiables sobre el mayor quebradero de cabeza de la policía: un asesino en serie, bautizado por la prensa como Buffalo Bill que tira a sus víctimas desolladas a distintos ríos del país. Aunque esta información no será gratuita, ya que a cambio Starling debe contarle a Lecter información sobre ciertos momentos traumáticos de su pasado, en los que Lecter hurgará con la sutilidad de la carcoma. Despacio, con constancia y creando daños a priori indetectables. Todo se precipitará cuando Buffalo Bill secuestra a la hija de una prestigiosa senadora y el misterio del asesino y la vida de la joven dependan de las habilidades de Starling.

En ningún momento podemos llegar a saber qué patología padece Lecter. Su psicopatía y sociopatía están claras, pero Harris ha creado una personalidad única, que nos hace leer sus pasajes con auténtica tensión. Es macabro, rápido, letal y de una inteligencia prodigiosa. Al final, sobre Lecter asaltan ciertas dudas: ¿es su enorme destreza y facilidad para matar placer? ¿es vicio? ¿o es un mero instrumento para hacer del mundo, de su visión del mundo, un lugar mejor?

La novela, bajo ese frenesí narrativo, trata diversos temas aparte de la presentación ofical del psicokiller moderno. En especial, El silencio de los corderos nos habla de redención y de cambio. O de cómo alcanzar la redención mediante el cambio. Bajo estos temas se vuelcan las ansiedades de Starling por su oscura infancia, la obsesión de Buffalo Bill por convertirse en mujer a toda costa, o para hacerle justicia a un gran acierto narrativo de Harris, por convertirse en su madre, una malograda modelo que terminó drogada y rodando pornografía. Vemos a Crawford, el gran jefe, austero y profesional, obsesionado por detener a Buffalo Bill mientras su mujer, en coma irreversible, agoniza postrada en una cama. El cambio lo podemos ver simbolizado en la crisálida que aparece en las garganta de todas las chicas asesinadas, el paradigma de la metamorfosis en la naturaleza simbólica.

A modo de conclusión, diremos que El silencio de los corderos es una obra directa, clara (parece casi un guión de cine), que nos mantiene en vilo durante toda su lectura, generando picos de gran tensión narrativa, y que, como hemos señalado más arriba, nos permite ser testigos de uno de los mitos de la ficción moderna como es Aníbal Lecter. No os la perdáis.

Hoy, pregunta obligada: ¿Cuál es vuestra novela (o personaje) de terror favorita?

¡Besos y abrazos!