jueves, 10 de marzo de 2016

El árbol de la ciencia. Pío Baroja




      La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores.
En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del municipio.
      El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante; hombre que cuando entraba a mandar trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos. Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran el sostén de la sociedad; se repartían el botín

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Cada año leo El árbol de la ciencia para hablarle sobre la obra a mis queridos alumnos de bachillerato. Y con cada lectura, sin importar cuantas lleve a las espaldas, me quedo más asombrado ante la magnitud de la novela. Ante la clarividencia de Pío Baroja para alumbrar las grietas que posee nuestro país sobre una base que parece imposible de reparar, más que nada porque El árbol de la ciencia, una obra escrita en 1911, podría haber sido escrita el martes pasado sin ningún problema. Ahora que está tan de moda la reivindicación social y el inconformismo civil, os recomiendo leer esta  amena y maravillosa historia que se apoya en una triple dimensión: social, filosófica y literaria. Probablemente sea mucho más útil que darle a "compartir".

A poco que hayamos estudiado un mínimo de historia literaria, el nombre de Baroja se nos asociará inmediatamente al concepto de Generación del 98. Aunque el propio Baroja siempre negó la legitimidad de dicha etiqueta, lo cierto es que resulta útil para englobar a un grupo de escritores, ensayistas, filósofos y poetas (Azorín, Unamuno, Maeztu, Valle-Incán, Ganivet, etc etc) que sufrieron la crisis social que culminó con el Desastre del 98 y que desde su posición intelectual practicaron activamente una filosofía regeneracionista, identificando y proponiendo soluciones para los problemas que aquejaban a nuestra sociedad por aquel entonces, en muchos casos, no muy diferentes a los actuales.

Así, en la novela conoceremos la historia de Andrés Hurtado, un álter ego de Baroja, a lo largo de toda su vida adulta, desde que inicia sus estudios de medicina al principio de la obra (recordemos que Baroja, al igual que Andrés, fue médico) hasta que forma una familia ya en su madurez, pasando por sus años como médico en prácticas y las experiencias como médico titular en un hostil pueblo manchego. Andrés es un personaje complicado, completamente abrumado y sobrepasado por la sociedad que le rodea, plagada de ignorancia, inacción, estupidez, crueldad e insolidaridad, que iniciará la novela en un estado anímico de activismo social y que poco a poco irá cayendo en un abismo de pesimismo nihilista generado por lo imposible de su lucha social. Así, a través de los ojos de Andres y de sus relaciones con los demás, Baroja, como buen médico, hará un exhaustivo análisis de un amplio espectro de factores de la sociedad española de la época: corrupción política, prensa manipulada y manipuladora, burbujas económicas que ayer fueron pan y hoy son hambre, la masa pobre que mira al rico con envidia, el ascenso social del que pisotea sin escrúpulos, la frustración del honrado, la emigración del talento, un sistema educativo atrasado y maltratado por la política... podría seguir durante otro párrafo, pero creo que es suficiente para ejemplificar la vigencia tan abrumadora que posee El árbol de la ciencia.

Por otro lado, en sintonía con la literatura de la época, la novela posee tintes filosóficos, materializados en las conversaciones, una suerte de diálogos platónicos, que Andrés mantiene con su tío Iturrioz, y que tratan temas filosóficos de lo más interesantes, poniéndose sobre la mesa la aplicación práctica de teorías como la de la lucha por la vida de Darwin, el utilitarismo inglés o la metafísica Kantiana, hasta llegar a una interpretación brillante, magistral, de la teoría de los árboles del paraíso: el árbol de la vida, bajo cuya sombra se cobijarán los ignorantes, la masa social aborregada que solo busque su dosis diaria de (insértese aquí televisión, cotilleos, deportes o aquello que se os ocurra) y que rehuye de cualquier mínimo de inquietud intelectual, a cambio, eso sí, de vivir una plácida y feliz existencia nublada por la ignorancia. En el otro extremo, el árbol de la ciencia, cuyas ramas nos llevan al conocimiento, a la inquietud, a la búsqueda de respuestas, pero además, como ocurre con el bueno de Andrés, a la mayor de las infelicidades. Porque Andrés es un Quijote social, que se estrella de lleno contra los molinos de viento de la ignorancia.

Y poco más queda por decir sin entrar en un exceso didáctico por deformación profesional. Solo puedo alegrarme de que nuestros jóvenes lean El árbol de la ciencia y os recomiendo que superéis el reparo que suelen transmitir los clásicos y os animéis a descubrir en el texto de Baroja (que se lee muy rápido, por cierto) un manual para comprender mejor los fantasmas que pululan desde hace más de un siglo por nuestra sociedad, y que de cuando en cuando aparecen para darnos un buen susto. Salvo que miremos para otra parte.

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"El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles"
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Y a vosotros, ¿qué novela clásica os parece vigente?

¡Besos y abrazos!











jueves, 3 de marzo de 2016

En el camino (Beat #1). Jack Kerouac




     Iba a comenzar el más grande trayecto de mi vida. Un camión con una plataforma detrás y unos seis o siete tipos desparramados por encima de ella, y los conductores, dos jóvenes granjeros rubios de Minnesota, recogían a todo el que se encontraban en la carretera: la más sonriente y agradable pareja de patanes que se pueda imaginar; ambos llevaban camisas y monos de algodón, sólo eso; ambos tenían poderosas muñecas y eran animados, y sonreían como si dijeran ¿qué tal estás? a todo el que se cruzaba en su camino.
     Corrí, salté a la caja y dije:
     -¿Hay sitio?
     - Claro que sí, sube. Hay sitio para todo el mundo -me respondieron.
     Todavía no me había instalado del todo en la caja cuando el camión arrancó; vacilé, pero uno de los viajeros me agarró y pude sentarme. Alguien me pasó una botella de aguardiente y tomé el último trago que quedaba. Respiré profundamente el aire salvaje, lírico y húmedo de Nebraska.


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Es evidente que Jack Kerouac fue un tipo peculiar. Era un gran atleta en el instituto, dadas sus privilegiadas cualidades físicas, las cuales lo llevaron a obtener una beca deportiva en la universidad. Pero la normalidad en la vida del joven de ascendencia canadiense nacido en Massachusetts duró hasta que dejo de ser válido para el deporte a causa de una fractura en la pierna, encarnando así el tópico del deportista frustrado al que todos desplazan de repente cuando ya no es útil. Y así comienza todo: cuando tras su decepción decide meterse en problemas por primera vez, ayudando a su amigo Lucien Carr a tirar al río Hudson el cadáver de un muchacho que lo acosaba sexualmente de manera obsesiva, al que apuñaló hasta la muerte. A partir de aquí, Kerouac se casó con la joven Edie Parker (matrimonio anulado en 1948) solamente para que su padre pagase la fianza. Porque evidentemente tuvo que responder por la complicidad del crimen. Y como los problemas llaman a los problemas, conoció en esta época a un grupo de personas problemáticas con las que compartió desde entonces su vida, una vida plagada de excesos, experimentación, filosofía, viajes, sexo y todas las locuras imaginables que lo llevaron a morir a causa de su tremendo alcoholismo. Aquellos desconocidos son hoy voces famosas de la literatura moderna; Allen Ginsberg o William Burroughs, que junto a Kerouac y otro puñado de jóvenes desencantados formaron la llamada Generación Beat, uno de los fenómenos contraculturales más importantes del siglo XX (sobre el que escribíamos aquí ).

Así, "En el camino" se ha convertido en el gran manifiesto Beat; la novela que define de manera épica la manera de pensar y actuar de un grupo de amigos (porque en realidad fue eso) que sentaron un precedente histórico en el panorama cultural occidental. Fue una novela rechazada hasta la saciedad por cuantas editoriales recibieron la visita de Kerouac. Editores trajeados que no sabían ni por dónde empezar a repudiarla: sexo explícito, tintes homosexuales, consumo de drogas continuo, delincuencia, gusto por las minorías étnicas y sociales... y un largo etcétera de aspectos que chocaban frontalmente con la filosofía editorial y social de la época. Aspectos que convierten a "En el camino" en un hito literario sin precedentes. En un esencial de la modernidad.

El planteamiento de la novela es de lo más sencillo. En ella se narran aproximadamente cinco años en la vida de Kerouac (que recibe el nombre de Sal Paradise en la novela), cinco años que básicamente pasó de un lado a otro viajando por la vastedad norteamericana en busca de todo y de nada, en un extraño afán de encontrar a Dios, sea Dios lo que sea. Toda la trama gira en torno a un personaje central, Dean Moriarty (nombre inventado para su amigo Neal Cassady, el gran líder de la Generación Beat), una persona fascinante, el nexo del grupo, un auténtico demente al que todo el mundo hacía caso por su magnetismo natural, su pasión por vivir con una intensidad desbordante, hiperbólica, y quien convertía en destrucción todo aquello que tocaba, ya fuesen coches, animales o personas. Uno de los personajes más interesantes que jamás me he encontrado sobre un papel. 

Durante los viajes de los Beat, visitaremos en numerosas ocasiones sus tres templos, completamente dispersos en la geografía de los EEUU: Nueva York, San Francisco y Denver, para terminar el viaje en una esquizofrénica visita a Méjico que culmina la obra de manera impresionante. Aquí podemos ver el recorrido de sus viajes y el medio de transporte usado:



La vida en la carretera resulta fascinante, casi hipnótica. Es un relato con tintes épicos en los que Sal Paradise se recrea en la contemplación de las praderas estrelladas, los desiertos llenos de cactus y los bosques majestuosos mientras surca a toda velocidad el país en un marasmo de mujeres, casas diferentes, fiestas con sus correspondientes resacas, conversaciones absurdas y clubes de jazz. Mucho jazz. Hay, por lo tanto, tres planos en los que ir fijándose a lo largo de la novela: el contexto en sí, que comprende el paisaje y la naturaleza como símbolos de la esencia americana; el paisanaje, formado por vagabundos, autoestopistas y gente de lo más curioso y extraño; los Beat y sus acciones, que como ya he señalado suelen rayar la locura. Y finalmente su filosofía, expresada en pequeñas vetas a lo largo de todo el relato.

En lo referente al estilo, la obra comienza impactando un poco por su aire desenfrenado, ágil y rupturista, pero uno se acostumbra inmediatamente para caer en las redes de Kerouac, quien parece que esté hablándonos directamente a la cara, en lo que constituye un uso de la primera persona narrativa maravillosa y sin precedentes. Una delicia, vaya.

Y ya acabo. En definitiva, "En el camino" es una novela que hay que leer sí o sí. Una barbaridad de libro de principio a fin que provoca una casi mágica sensación de plenitud literaria tras su lectura. 

Increíble.

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..."las cosas que pasaron fueron demasiado fantásticas como para no contarlas" ("En el camino", cap.1)

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Y a vosotros, ¿Qué viaje literario os ha fascinado?

¡Besos y abrazos!


Jack Kerouac, "El gran buda"



Neal Cassady, el ídolo de la Generación Beat, detenido unos años antes de los hechos narrados en "En el camino"


La famosísima foto de Kerouac y Cassady que ha servido para la portada de numerosas ediciones de "En el camino"

martes, 9 de febrero de 2016

A propósito de la Generación Beat


"...sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un "¡Ahhhh!".


"En el camino", Jack Kerouac

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No te enfades conmigo, seremos gusanos mañana ambos retorciéndonos en el barro, partidos en dos por un arado


"Aullido", Allen Ginsberg 

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Los artistas son los verdaderos arquitectos del cambio, y no lo políticos y legisladores, quienes aplican el cambio después de que este haya sucedido

William S. Burroughs

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No pienso extenderme demasiado, lo prometo. Pero en vista de las próximas lecturas que van a llegar a Pseudoficciones, me gustaría poner en antecedente y escribir sobre uno mis fenómenos literarios y culturales favoritos: la Generación Beat. El acontecimiento sociocultural iniciado por un puñado de muchachos desencantados con algunas cosas y deseosos de muchas otras, que se ha convertido en uno de los más activos mitos literarios del siglo XX; un mito que sigue abierto porque su herencia, muchas veces de forma ajena a nuestro conocimiento, sigue más viva que nunca en pleno siglo XXI.

"En cuanto a la existencia de la Generación Beat, no fue verdaderamente más que una idea que se nos ocurrió", afirmaba Jack Kerouac en la revista "Esquire". Y bendita idea. Los Beat fueron inicialmente cuatro chavales inconformistas: Jack Kerouac, que aportó al grupo la inocencia y la elaboración de las crónicas literarias de aquello que compartieron; Allen Ginsberg, el ideólogo, un alma soñadora, sensible y con ansias de experimentación y eternidad; William S. Burroughs, un tipo frío y crítico con todo lo que veía en la América del desencanto; y finalmente, el nexo de unión entre ellos, el líder, Neal Cassady, quien no era artista ni escritor, pero al que todos escuchaban con devoción y que aportó al grupo su forma de vida, la filosofía de renunciar a lo material y lanzarse "a la carretera" no como una forma de viajar, sino como un modo propio de ver la realidad.

No está muy claro de dónde proviene la palabra que nombra a la generación. Kerouac se la apropió inmediatamente y he leído de su propia pluma dos versiones: Beat con el significado de "derrotado, abatido", muy en sintonía con su gusto por lo marginal, y Beat como un derivado de la voz latina beatus, pues ellos afirmaban vivir como beatos, igual que San Francisco (nótese el doble juego con la ciudad en la que se gestó el movimiento Beat).

Como digo, ser Beat fue un modo de vida que desembocó en una corriente literaria, y no al revés. Los libros se escribieron diez años después de los acontecimientos, como mínimo. Filosóficamente, los miembros de la Generación se encontraron con un país que aún intentaba recuperarse de la Gran Depresión de los años 20, locos y dramáticos por igual, y se dieron cuenta de que tras las Guerras Mundiales, no tenían nadie contra quien mostrarse combativos, por lo que decidieron luchar contra su propio país, que estaba adoctrinando e idiotizando a base de televisión, deporte y cerveza a una clase media que se sentía segura y protegida, lo que le llevaba a no sentir la necesidad de hacer preguntas. Y así, los Beat crearon un discurso contracultural, subversivo y rebelde que fue ligado de manera interesada a la delincuencia; pero no hubo delincuencia, sino crítica, locura, experimentación sensorial con drogas y literatura de la buena. Emanada directamente de la gente. 

Y con la misma rapidez que se creó la generación, fue disuelta. Se agregaron muchos miembros, sí, pero a partir de los años 50 se desvanecieron en cárceles y manicomios. Ahí habría quedado todo, pero por un extraño milagro de transmisión suburbana, las ideas de los Beat se divulgaron a una velocidad pasmosa: su manera de pensar, de entender la realidad y la cultura, e incluso su forma de vestir fueron adoptadas en las calles primero, y en cine y la televisión después (James Dean, Marlon Brando, Elvis). Los Beat fueron la base sobre la que se levantó el movimiento hippie, que adoptó su modo despreocupado de vivir en paz con los demás y la lucha contra el capitalismo salvaje y el belicismo. Por ello, los movimientos contraculturales contemporáneos le deben a estos tres locos mucho más de lo que nos pensamos. Aunque finalmente, lo Beat fue engullido por la cultura de masas y fagocitado por su aparato culturalmente correcto, que incluso comenzó a aprobar la figura del delincuente de poca monta asociado al integrante Beat, dotándolo de cierto aire romántico que anulaba su naturaleza reivindicativa.

Y si nos vamos a los libros, toda la esencia de la Generación Beat está plasmada en su obra fundacional, En el camino, de Jack Kerouac, que llegará en breve a Pseudoficciones. Otros esenciales son El almuerzo desnudo, de Burroughs y Aullido, un poema largo de Allen Ginsberg. Obras todas ellas profundas, chocantes con la conciencia colectiva y que merecen ser leídas porque contienen un pedacito de esa reivindicación social tan necesaria en nuestros días. Además de drogas, sexo, locuras, viajes y vivencias fascinantes. Aunque algunas de ellas, como es evidente en un contexto de semejante descontrol, desgarradoras. Sin ir más lejos, William S. Burroughs le voló la cabeza a su mujer con una pistola jugando a Guillermo Tell en un tugurio de Tijuana. 

Próxima reseña, En el camino de Kerouac, el gran manual Beat ¡animaos a leerla e intercambiamos impresiones!

¡Besos y abrazos!

¡¡Os dejo unas cuantas fotos de los Beat!!

Nicanor Parra,Miguel Grinberg y Allen Ginsberg (La Habana – febrero 1965)
Bob Dylan, Allen Ginsberg, Peter Orlovsky, Barbara Rubin y Daniel Kramer (Princeton, Nueva Jersey, 1964)
William Burroughs, autor de "El Almuerzo Desnudo". Foto de John Minihan

Jack Kerouac, el Buda

Allen Ginsberg frente a Allen Ginsberg

Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg (San Francisco, 1965)

Allen Ginsberg, lectura en el Washington Square Park, New York, 1960

Neal Cassady, el gran héroe de la Generación Beat, detenido en Denver, 1944.

David Bowie y William Burroughs

Neal Cassady y Jack Kerouac en la famosa foto que fue la portada de "En el camino"


jueves, 28 de enero de 2016

La soledad de los números primos. Paolo Giordano



  En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde. 
     Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos. A ella no se lo había dicho. Cuando se imaginaba confiándole cosas así, la fina capa de sudor que cubría sus manos se evaporaba y durante los siguientes diez minutos era incapaz de tocar nada.

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He de reconocer que siempre he desconfiado de esta novela. Cuando la veía en las librerías la miraba con el desdén que se miran los "Best-sellers", la comida rápida literaria. Pero una persona de muy buen criterio me animó a leerla y me alegro mucho de haberlo hecho porque he sacado muchas buenas cosas de las páginas de Paolo Giordano; hablamos aquí de un jovencísimo doctor en ciencias físicas que en el año 2008 se aventuró a publicar La soledad de los números primos, una obra que inmediatamente se convirtió en un bombazo editorial tras recibir el premio Strega, el máximo galardón de las letras italianas. Ello le llevó a vender más de un millón de copias y a ser una novela leída en todo el mundo. Evidentemente, la fórmula de Giordano funciona: veamos dónde radica su éxito.

La soledad de los números primos es una novela triste, dramática, que nos cuenta el transcurrir vital de dos personas, Alice y Mattia, ambos traumatizados por un hecho que ocurrió en su infancia y que les han llevado, por su dureza, a no comprender el mundo y la sociedad. A ser dos entes aislados. Alice es una niña rica obligada a ejercer como tal y que, obedeciendo los deseos de su padre, debe practicar el deporte del esquí; pero un brutal accidente y sus graves secuelas marcarán para siempre su desarrollo social y la llevará por la senda de la anorexia. En el caso de Mattia, él posee una enorme inteligencia que parece incluso compensar la carencia cognitiva de su hermana melliza, a la que todo el mundo rechaza menos el pequeño Mattia. Pero un día, cuando debía cuidar de ella, Mattia baja la guardia y descuida a su hermana, iniciando la gran tragedia familiar de los Balossino, que le llevará a lesionarse continuamente las manos para no olvidar el gran error que cometió.

Con este punto de partida, los caminos de Mattia y Alice se cruzarán en el instituto, la despiadada jungla social que ambos afrontan con el mismo sustrato de inseguridad que los caracteriza pero de manera muy diferente: Alice, obsesionada por encajar en el sistema; Mattia, deseoso de permanecer invisible por ser consciente de que no tiene cabida más allá de sus brillantes notas. Así, comenzará una amistad tierna entre ellos, con momentos de cercanía, tensión afectiva y sexual, y a medida que el tiempo va transcurriendo, un distanciamiento perfectamente representado por la metáfora de los números primos que leemos en el fragmento que he copiado en la cabecera. 

La soledad de los números primos es un libro de los que enganchan a lo bestia, denso en sentimientos y ligero en su estilo, fácil de leer, de manera que es imposible soltarlo. Aunque pienso que en torno a la mitad de la novela hay un bajón argumental -la primera mitad es un no parar- que se compensa con el final, bastante criticado por cierto, pero que a mí me ha parecido perfecto. Los dos personajes me parecen un total acierto por parte de su autor, especialmente el de Mattia. Son personajes fruto de un magnífico ejercicio de empatía social por parte de su autor que resultan creíbles y trazados por un escritor tremendamente observador que alcanzan un altísimo nivel de intensidad dramática y argumental.

El estilo, como he dicho, es efectivo. Y poco más. No me ha parecido un libro especialmente bien escrito, pero es directo y cumple su cometido. Hay pasajes muy bellos que se entremezclan con otros algo simples y mal rematados, que desprenden el inconfundible tufo de escritor novel. Algo que, dicho sea de paso, revela lo mucho que a Giordano le queda por delante si se ha estrenado con una novela tan buena, en la que vemos una excepcional interpretación del mundo basada en miradas, gestos, actos involuntarios de los personajes que transmiten el buen ojo de Giordano para entender a las personas y sus mecanismos.

La soledad de los números primos nos enseña que el dolor que sufrimos se queda con nosotros de alguna manera o de otra. En caso de los protagonistas, estos vestigios están amplificados, hiperbolizados. La pierna muerta de Alice, las cicatrices en las manos de Mattia. Pero es posible que de manera menos evidente, cada lector mire hacia su interior y descubra que el pasado también ha dejado numerosas huellas en él, aunque no sean tan visibles como las de nuestros protagonistas. Ese es el acierto de Giordano.

Y a vosotros, ¿qué recomendación os ha llevado a descubrir una buena lectura?

¡Besos y abrazos!


Paolo Giordano


domingo, 17 de enero de 2016

Canadá. Richard Ford


     Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase eso antes que nada.
     Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales -aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el mismo momento en que atracaron el banco.


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¿Cómo podría alguien no seguir leyendo un libro que empieza así? Yo mismo respondo: es imposible. Una vez que empiezas Canadá, no se puede parar. Pero comencemos hablando un poco de Richard Ford que merece la pena.

Richard Ford es conocido por la crítica literaria norteamericana como el sheriff. Un tipo duro, serio, austero. Un hombre de rancho que abandonó la Misisipi profunda en la que fue un adolescente problemático que robaba coches y cometía delitos menores para seguir su instinto, que un buen día le dijo que debía dedicarse a escribir. Algo que a sus conocidos les pareció una barbaridad, porque Richard Ford es disléxico en un grado bastante alto; tiene problemas para leer con rapidez, y por supuesto le cuesta escribir más que a los demás. Pero escribe mucho mejor que los demás. Richard Ford tarda muchos años en poder terminar un libro, una espera que sus lectores pasamos expectantes y anhelantes. Una espera cuyo final nunca defrauda, porque Richard Ford es una apuesta segura. Richard Ford es el sheriff del cotarro. Así, no dudo en ningún momento en elevarlo al olimpo de la literatura americana actual, un lugar de élite que comparte junto a autores de su misma talla como Philipp Roth, Cormac McCarthy o Paul Auster.

Y ahora vayamos con la novela. Canadá es una auténtica experiencia lectora. Una lección de cómo se escribe una novela. Un manual para alguien que alguna vez se le haya pasado por la cabeza escribir que contiene todos los rudimentos de la narrativa de manera perfectamente ensamblada. Canadá es la obra definitiva de un maestro de la novela. Un libro indispensable. En la obra, Ford realiza de manera sublime el ejercicio de ponerse en el pellejo de un adolescente en los años cincuenta, que vive con su hermana melliza y sus padres, todos de una personalidad tan maravillosamente definida que lleva al lector a quedar completamente atrapado por la red que el sheriff ha tejido en su novela.

Dell Parsons, como decía, es un joven tímido, observador e inocente, que ansía una vida estable que su familia no puede darle a causa del trabajo de su padre, un militar de personalidad apabullante, un embaucador nato de sonrisa deslumbrante. La primera parte del libro nos cuenta la vida de la familia en Estados Unidos, hasta que un negocio sucio les genera una deuda con la mafia india, y que lleva a los padres de Dell a sucumbir a la desesperación y atracar un banco de manera completamente absurda e irracional, algo que marcará el destino de Dell y de su hermana para siempre. De este modo, un joven e inocente adolescente entra en un plan preparado por su madre en caso de que el atraco saliese mal que le lleva a esconderse del Gobierno en Canadá, donde lo ponen a trabajar para un crápula en un hotel situado en lo que parece ser el fin del mundo, en el que cuarentones norteamericanos se alojan para cazar patos, emborracharse y consumir prostitución. Y allí, Dell Parsons tendrá que convertirse en un adulto de golpe y sin anestesia.

Como veis, Canadá es una historia sólida, que habla de manera impresionante sobre la pérdida de la inocencia, la superación de las adversidades y de la desesperación, el tesón, las decisiones difíciles y de cómo diablos olvidar el pasado para mirar al futuro e intentar encontrar la felicidad, algo que en mayor o menor medida a todos nos ha ocurrido alguna vez en nuestra vida. Canadá es, y lo digo sin miedo a exagerar, una de las grandes obras maestras de nuestro tiempo. Avisados quedáis.

En lo referente al estilo, vemos una realismo sucio heredado de Carver o Bukowski al que le han aplicado una pequeña pulverización con productos de limpieza, cuyo resultado es equilibrado y magistral. Descripciones milimétricas, precisas y que mezclan lo rutinario con lo poético. Una prosa ágil y directa fascinante. Pero cabe destacar las reflexiones que el narrador -el propio Dell Parsons al final de su vida-, incluye a lo largo del relato; un marasmo de frases y pensamientos excelentes, que han provocado que mi ejemplar de Canadá haya terminado completamente subrayado, anotado y lleno de papelitos y post-it fluorescentes. Una lección de vida que permanecerá en mi memoria para siempre. Un libro, vuelvo a repetir, indispensable, al que le sigo dando vueltas después de haberlo terminado.

Y vosotros, ¿tenéis un autor al que esperáis como agua de mayo a que publique?

¡Besos y abrazos!


Richard Ford


domingo, 3 de enero de 2016

La lluvia amarilla. Julio Llamazares



Temerosos, los hombres empezarán a aproximarse muy despacio hacia la puerta. La cerradura habrá saltado como una astilla seca y un pequeño empujón será suficiente para ofrecer entera la boca del pasillo a las linternas. Atropelladamente, con la respiración entrecortada y el pulso a punto de rompérseles, registrarán una por una las habitaciones de abajo y la despensa, la tibia -todavía- soledad de la cocina, los rincones subterráneos y sin luz de la bodega. A partir de ese instante, todo sucederá ya con rapidez de vértigo. A partir de ese instante (y horas después al tratar de recordar, para contar, los hechos), ninguno de ellos podrá saber ya exactamente de qué modo la sospecha dejó paso a la certeza. Porque, cuando el primero de ellos comience a subir las escaleras, todos sabrán ya seguramente lo que, aquí, les esperaba desde hacía mucho tiempo. Un frío repentino e inexplicable se lo anticipará. Un ruido de alas negras batirá las paredes advirtiéndoselo. Por eso, nadie gritará aterrado. Por eso, nadie iniciará el gesto de la cruz o el de la repugnancia cuando, tras esa puerta, las linternas me descubran al fin encima de la cama, vestido todavía, mirándoles de frente, devorado por el musgo y por los pájaros.


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Julio Llamazares es a día de hoy uno de los buques insignia de Alfaguara (sin ir más lejos acaba de publicar su nueva novela), que dio el salto a la primera línea del panorama literario en el año 1988 con la publicación de La lluvia amarilla, una novela que supuso un éxito inesperado tanto para el propio Llamazares como para su entorno editorial. Tal ha sido el éxito de La lluvia amarilla que en 2003 se publicó  una edición conmemorativa con DVD a cargo de su antigua editorial, Seix Barral. Una edición que sin duda merece la pena a los que queráis acercaros a esta gran obra.

Como literato, Llamazares pertenece a una Generación que la crítica suele calificar como sesentayochista, un grupo de autores que se impregnaron ideológicamente del mayo del 68 y que literariamente dejaron de lado la novela de corte experimental para buscar la narración de historias al uso con el propósito de encontrar sus voces propias, más allá de toda influencia externa y artificial.

Así, de antemano, diré que La lluvia amarilla es un libro maravilloso, que satisface al lector medio sin lugar a dudas por la belleza de la narración, la ternura que desprende en cada una de sus páginas, su aire misterioso, la pena por el destino de los protagonistas, y la puesta sobre la mesa de un tema real en la España de la época, pero que deslumbrará aún más al lector atento; que premiará a todo aquel que decida adentrarse y descifrar el excepcional plano simbólico que esconde la novela, que es toda ella un complejo y suculento entramado de metáforas que se anuncian ya en su título, ¿verdad?

Empecemos por lo literal. La lluvia amarilla bebe de la novela rural al igual que, por ejemplo, Los santos inocentes, pues nos cuenta una historia que pretende transmitir dura realidad de la España de posguerra, una historia cruda y conmovedora. La obra en su totalidad es un monólogo interior de Andrés, de la casa Sosas, el último habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo Aragonés que poco a poco ha sido abandonado por sus habitantes. Mediante la técnica de la anamnesis o flash-back, Andrés escribe desde su lecho de muerte, completamente solo en un pueblo fantasma, cuya memoria morirá con él dentro de unas horas.

Así, nos va contando cómo paulatinamente las distintas familias -incluyendo la suya- de Ainielle se marcharon buscando una vida mejor, mientras que él, arraigado a su tierra y a su casa por principios, no es capaz ni siquiera de despedirlos, y se esconde en el cobertizo del molino cada vez que una familia decide empaquetar sus cosas y buscar un futuro mejor en la ciudad. Pero poco a poco, Andrés, anciano y solo, comienza a sufrir las desgracias propias de la naturaleza salvaje en soledad, además de que muchos elementos parecen aliarse en su contra para ir moldeando un personaje complejo y singular: la muerte, la desidia, la enfermedad, el odio reprimido, la mala climatología, la vejez... y finalmente, la locura y las alucinaciones. Y la lluvia amarilla, claro.

Así pues, vivimos de manera conmovedora el relato de una persona que sabe que va a desaparecer en breve, y que cuya muerte será también la muerte de una forma de vivir, del arraigo a la tierra, a las raíces, a lo que sentimos como propio. Andrés es la memoria del pueblo, narrada en su soledad moribunda, y es consciente de que ni siquiera nadie podrá dar la noticia de su muerte; de que le ha sido negado hasta el derecho a un funeral.

Como decía, la obra posee un enorme entramado simbólico y metafórico -podría decirse también alegórico- que se materializa en el color amarillo, que impregna cada página del libro al igual que, por ejemplo, retumba en las Naturalezas muertas de Van Gogh, para simbolizar elementos como la locura (los locos en la Edad Media vestían de amarillo para ser diferenciados), la mala fortuna (véase el amarillo en el teatro) y la muerte; sobre todo la muerte. Hasta el punto de que un fenómeno natural como una lluvia otoñal, llena de hojas amarillas (eso es la lluvia amarilla en un primer momento), que posee una primera simbolización de "paso del tiempo", en cada otoño que va transcurriendo para Andrés en soledad, esa lluvia de hojas amarillas que vuelve y vuelve cada año, y que adquiere poco a poco un significado metafórico de muerte, hasta el punto de que al final del relato, el pueblo entero acaba siendo prácticamente amarillo.

Cabe destacar para concluir el estilo de Julio Llamazares. Podría tildarse perfectamente de recargado en adjetivaciones y tendente a la exageración léxica. Pero da igual, porque el resultado es un magnífico ejercicio de creación literaria llevando el léxico a niveles sublimes, creando situaciones, descripciones y lugares de una plasticidad y belleza increíbles, con un regusto de nostalgia y ternura que recuerdan al mejor García Márquez.

Por lo tanto, no puedo hacer otra cosa que animaros a leer La lluvia amarilla y a pasear por Ainielle con el último de sus habitantes en sus últimas horas sobre el mundo. Y es más, creo que debería ser sin lugar a dudas una lectura obligatoria en la últimas etapas de nuestro sistema educativo, por expresar una realidad de nuestro país como ha sido la despoblación de las zonas rurales y el abandono de la agricultura, pero sobre todo por tratar de manera tan excepcional y bella tantos temas que inquietan el alma de todo ser humano.

Y vosotros, ¿con qué lectura habéis comenzado este 2016?

¡Besos y abrazos!

Julio Llamazares






sábado, 26 de diciembre de 2015

El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida. Philippe Delerm



"Los domingos por la noche"

...nos preparamos un baño. Un auténtico baño de domingo por la noche, con mucha espuma azul, mucho tiempo para quedarse allí flotando entre dos atisbos algodonosos, brumosos. El espejo del cuarto de baño se empaña, y se reblandecen los pensamientos. Eso sí, olvidarse de la semana que concluye, y más aún de la que va a empezar. Caer en la fascinación de esas diminutas ondas que se forman en las puntas de los dedos arrugados por el agua caliente. Y cuando se vacía la bañera, extraerse de allí. ¿Coger un libro? Sí, más tarde. De momento, un programa de televisión para ir tirando. El más estúpido nos irá de perlas ¡Ah, mirar por mirar, sin causa, sin deseo, sin pretexto alguno! Algo parecido al agua del baño: un embotamiento que amodorra y nos llena de un bienestar palpable. Esa sensación de que ya nos sentiremos a gusto hasta la noche, como un estar en zapatillas mental.

Entonces es cuando asoma el punto de melancolía. Poco a poco el televisor se nos hace insoportable, y lo apagamos. Nos trasplantamos fuera de allí, a veces hasta la infancia, nos invaden vagos recuerdos de paseos a pasos medidos, sobre un fondo de inquietudes escolares y amores quiméricos. Nos sentimos inundados. Es tan intensa como una lluvia de verano esa pequeña nostalgia que se insinúa, ese medio estar que vuelve, familiar. Son los domingos por la noche. Todos los domingos por la noche están ahí, en esa falsa burbuja donde todo flota en lo vago. En el agua del baño emergen las fotos.

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Philippe Delerm reventó el mercado editorial francés con una pequeña obra de apenas cien páginas que imbuye a la fuerza una sonrisa cómplice solo con mirar su título: El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, porque seas amante de la cerveza (como es mi caso) o no, ya intuyes por dónde va la cosa. Y te gusta. O al menos, te da curiosidad. El caso es que la obra ha permanecido durante años entre los libros más vendidos en Francia, ha recibido premios y llega a España de la mano de Tusquets y sus "Booket" para que todos los amantes de "los pequeños placeres de la vida" (¿quién acaso no lo es?) nos deleitemos con su breve -pero intensísima- lectura.

Bueno, pues el libro cumple exactamente lo que promete, y con un acierto delicioso, exquisito. Estamos ante la literatura de lo sugerente, que se interna en los momentos comunes del ser humano moderno para transmitirnos nuestro gusto por lo pequeñito, por las diminutas cosas de la vida que hacen que continuemos, que nos sintamos felices en lo más importante, nuestro día a día. Porque las grandes metas es posible que estén lejos o que nunca lleguen, pero nuestra mente será plenamente feliz cuando tras una jornada dura de trabajo, junto a un buen amigo, demos el primer trago a una cerveza helada y espumosa.

Así, nos encontramos ante una delicatessen literaria, que nos habla de sensaciones, de nostalgia, de esos momentos en los que nos sentimos la única persona sobre la faz tierra: ir a comprar bollería (en mi caso churros) un frío domingo de invierno por la mañana y picar un poco de camino a casa; leer una buena novela de Agatha Christie y saborear el sugerente ambiente victoriano; el primer jersey calentito que te pones en otoño, o el coche familiar de noche, volviendo a casa mientras nuestro padre conduce; esas siestas de verano  con el Tour de Francia al fondo y más de treinta situaciones que nos evocarán sonrisas, nostalgia, recuerdos que casi pertenecían ya al vacío, y que gracias a esta pequeña maravilla literaria acudirán a la primera fila de nuestra memoria para recordarnos que no hay nada más satisfactorio en el viaje que disfrutar del trayecto.

El estilo de Delerm es magnífico. Impecable. Su voz es tranquila, y se gana de inmediato la complicidad del lector. Transmite paz, nostalgia, la familiaridad de quien ha vivido y disfruta de esas mismas pequeñas cosas con las que todos nos identificamos. Y realmente se agradece que en este mundo rápido, inmediato y cada vez más impersonal, alguien nos recuerde lo mucho que puede evocarnos el olor de la vainilla.

Una gozada de libro, que en sí mismo se convierte en un pequeño placer.

Confieso uno mío: hacer una paella escuchando buena música todos los domingos.

¿Os animáis con los vuestros?

¡Besos y abrazos!



Philippe Delerm

martes, 22 de diciembre de 2015

Voces de Chernóbil. Svetlana Alexiévich




Ningún médico sabía que yo dormía con él en la cámara hiperbárica. No se les pasaba por la cabeza. Las enfermeras me dejaban pasar. Al principio también me querían convencer:
-Eres joven. ¿Cómo se te ocurre? ¡Si esto ya no es un hombre, es un reactor nuclear! Os quemaréis los dos. -Y yo corría tras ellas como un perrito. Me quedaba horas enteras ante la puerta. Les rogaba, les imploraba. Y entonces ellas decían: “¡Que te parta un rayo!¡Estás loca perdida!”.
Por la mañana, antes de las ocho, cuando empezaba la ronda de visitas médicas, me hacían señas desde detrás de la cortina: “¡Corre!”. Y yo me iba durante una hora al hotel. Pues desde las nueve de la mañana hastsa las nueve de la noche tenía pase […]
Mientras yo estaba con él… No lo hacían. Pero cuando me iba, lo fotografiaban. Sin ropa alguna, desnudo. Solo con una sábana ligera por encima. Yo cambiaba cada día esa sábana, aunque, al llegar la noche, estaba llena de sangre. Lo incorporaba y en las manos se me quedaban pedacitos de su piel; se me pegaban. Yo le suplicaba:

-¡Cariño! ¡Ayúdame! ¡Apóyate en el brazo, sobre el codo, todo lo que puedas, para que alise la cama, para que te quite las costuras, los pliegues! -Cualquier costurita era una herida en su piel. Me corté las uñas hasta hacerme sangre, para no herirlo.



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Svetlana Alexiévich ha pasado en un abrir y cerrar de ojos de la última fila de butacas a subirse a un escenario donde el mundo entero posa su mirada sobre ella. Y es que Svetlana Alexiévich es nuestra flamante Premio Nobel de literatura 2015, una desconocida que vuelve a reventar todas las quinielas. Hoy traemos a Pseudoficciones Voces de Chernóbil (Crónica del futuro) con el propósito de descubrir un pedacito de su obra.

Alexiévich no es una escritora de ficciones al uso, puesto que ella es periodista, por lo que la obra que traemos (y por lo que leo en diversos artículos) tira más por la vereda de la crónica periodística, aderezada con una delicadísima pátina literaria que convierte un reportaje en algo bello y magistral. Así, Voces de Chernóbil es una novela documental, polifónica, que no me ha podido dejar más sobrecogido.

Es completamente imposible reflejar en esta breve reseña la profundidad, significado, dureza, trascendencia y repercusión emocional que transmite Voces de Chernóbil al leerlo. Os digo de antemano que es una obra que impresiona muchísimo y que no es un libro que uno lee: es un libro al que uno se enfrenta. Es un libro que te mira de frente y te cuenta a la cara un sufrimiento descomunal sin filtro. Sin azúcar. Sin nada que amortigüe el impacto. Porque quien habla son los afectados directamente por la catástrofe de Chernóbil, cuyas voces se alzan sin censura gracias a la profundísima labor de investigación, de empatía y de humanidad que Alexievich ha llevado a cabo durante los ¡casi veinte años! que le llevó escribir el texto. Con un resultado dramático, como ya podéis ver en el texto que he elegido para la cabecera, narrado por la esposa de un bombero, y cuya conclusión está más abajo. Nuestra obra no es un libro sobre el accidente de Chernóbil. Es un libro sobre el mundo de Chernóbil.

El 26 de abril de 1986, el cuarto reactor de la central nuclear de Chernóbil explotó, causando un gran desconcierto entre la población debido a la falta de información. Se hablaba de humo, de fuego. De algo de radiación que podría curarse con leche o con yodo. Es necesario recordar que Chernóbil está en Ucrania, y que a la luz de la historia, fue allí donde se produjo el "accidente". Pero la realidad es que Bielorrusia, un país sin centrales nucleares, basado en la majestuosa ruralidad de sus bosques y en el trabajo duro de la la tierra, fue el principal afectado por la debacle de la central. La Segunda Guerra Mundial acabó con 619 aldeas bielorrusas. La tragedia de Chernóbil con 485, muchas de las cuales fueron enterradas bajo tierra conforme las evacuaron sus habitantes. Pero las voces de sus afectados fueron silenciadas. Unas voces que gracias a Svetlana Alexiévich tienen por primera vez la palabra, quizás temblorosas pero dispuestas a contarnos aquello que ocurrió y que permanece aún agazapado en el ambiente.

Así, la autora calla, escucha y transcribe lo que tiene que contarnos un colectivo de personajes amplísimo, un auténtico coro, llegando incluso a crear un nuevo tipo de hombre como concepto: el hombre de Chernóbil (entiéndase hombre y mujer). Un ser que ha padecido la tragedia de forma directa, que la está padeciendo en la actualidad, o que la padecerá con seguridad en el futuro. Hablan campesinos, que siguieron comiendo patatas contaminadas porque no se creían aquello que no veían. Hablan madres cuyos hijos nacieron sin orificios en el cuerpo. Hablan los pocos liquidadores que quedan aún vivos, aquellos héroes artificiales inventados por el gobierno soviético para que dieran su vida ahogando las fugas del reactor. Hablan esposas, hablan profesores de física que no dan crédito a la gestión de Moscú. Hablan aquellos que saquearon las aldeas abandonadas. Hablan los soldados que antes de clausurar un pueblo mataban a todos los animales. En definitiva, hablan los olvidados por la historia. Y sus voces hacen daño al leerlas.

Además, la tesis principal que podemos extraer del libro es que Chernóbil fue mucho más que un conflicto, un accidente, una guerra (ojo que se intentó plantear así) o un hecho que fue limpiado y enterrado como las aldeas de los campesinos. Chernóbil es, desde el punto de vista de la duración de la vida humana, eterno. "Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más". Es algo que resulta aterrador

Por eso hay que leer Voces de Chernóbil sabiendo a lo que uno se enfrenta. No es un libro agradable, que según el estado de ánimo del lector puede causar estragos. Aún así, es encomiable que se nos cuente de forma tan clara la verdad. La de aquellos que padecieron semejante barbaridad. De hecho, hoy día sigue prohibido en Bielorrusia, donde, misteriosamente, desaparecieron todos los libros de física de las bibliotecas públicas justo después del accidente.



Siempre vengo a verlos con dos ramos: uno es para él y el segundo lo pongo en un rinconcito para ella. Yo la maté. Fue mi culpa. Ella, en cambio…Ella me ha salvado. Mi niña me salvó. Mi niña me salvó desde mi vientre. Recibió todo el impacto radiactivo, se convirtió, como si dijéramos, en un receptor de todo el impacto. Tan pequeñita. Una bolita [pierde el aliento]. Ella me salvó, pero yo los quería a ambos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se puede matar con el amor?¿Por qué están tan juntos? El amor y la muerte ¿Quién me lo podrá explicar? [calla largo rato]


Y a vosotros, ¿qué libro os ha impresionado tras su lectura?


Svetlana Aleixiévich

lunes, 14 de diciembre de 2015

Buenos días, tristeza. Françoise Sagan


A la vuelta, declaró que la señora era encantadora. Yo prorrumpí en imprecaciones contra esa clase de ancianas. Ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa indulgente y divertida que me sacó de mis casillas:
     -No os dais cuenta de que está satisfecha de sí misma -grité-. De que se enorgullece de su vida porque tiene la sensación de haber cumplido con su deber y...
     -Y es así -dijo Anne-. Ha cumplido con sus deberes de madre y esposa, como suele decirse...
     -¿Y con su deber de puta? -dije.
     -Me desagradan las groserías -replicó Anne-, aunque sean paradójicas.
     -Si no hay ninguna paradoja. Se casó como se casa todo el mundo, por deseo o porque toca hacerlo. Tuvo un hijo, ¿ya sabes cómo vienen los hijos?
     -Supongo que menos que tú -ironizó Anne-, pero alguna noción tengo.
     -Bien, pues educó a ese hijo. Probablemente se ahorró las molestias y las angustias del adulterio. Ha llevado la vida que llevan miles de mujeres y se siente orgullosa, ¿comprendes? Se hallaba en la situación de joven burguesa esposa y madre y no ha hecho nada para salir de ella. Se jacta de no haber hecho esto o aquello y de no haber realizado algo
    -No tiene mucho sentido lo que dices -observó mi padre
     -Es un espejo -grité-. Una se dice después: "He cumplido con mi deber" porque no ha hecho nada. Si, nacida en su ambiente, se hubiese convertido en una mujer de la calle, sí que habría tenido mérito.
     -Repites cosas que están de moda pero que son insustanciales -dijo Anne.

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Françoise Sagan fue una escritora cuya biografía y personalidad merecen un ratito de conversación (aunque este no sea el lugar). Una mujer singular, amante sin límites del alcohol, el juego y los coches veloces, que con Buenos días, tristeza, escrita con tan solo dieciocho años, sacó los colores a la acomodada burguesía francesa de la que ella misma formaba parte. Sagan, cuyo apellido es un seudónimo extraído de un personaje secundario Proust, ya que se apellidaba realmente Quoirez, obtuvo su primer trabajo en la revista "Elle", para la que hacía crónicas sociales del sur de Italia; unas crónicas que comenzaban con la expresión Buenos días, seguida del lugar del que se hacía la crónica. Dicha costumbre podría dar título a nuestra obra, que también se corresponde con un verso de un poema existencialista. Sea como sea, vayamos un rato a la playa.

Y es que la ambientación del libro es deliciosa, así como sus protagonistas. Cecile es una adolescente díscola y consentida que acaba de ser expulsada del internado con la connivencia de su padre, Raymond, un viudo, atractivo y adinerado burgués de cuarenta años que tiene por castigo gustar a las mujeres. Así, el libro comienza cuando Cecile, Raymond y Elsa, la exuberante aunque mentalmente limitada amante de turno empiezan sus tórridas y sensuales vacaciones en una mansión de la costa francesa. Playa, alcohol y lujos sin límites, que parece posicionar a Françoise Sagan en el debate sobre la intelectualización de la burguesía francesa de la época en un rotundo "no".

Así, la novela profundizará en el sentido de "posesión" que Cecile tiene sobre su padre, la relación de complicidad entre ambos basada en el lujo y las distracciones fáciles, la huida de las responsabilidades y el caos moderado y consentido; la tercera pieza de este primer triángulo, Elsa, la pelirroja despampanante, será una mera atracción para ambos, un bonito adorno que los acompaña y los hace aún más guapos y encantadores. Y digo primer triángulo porque la acción de la novela se precipitará con la llegada a la mansión de Anne, una amiga de la difunta madre de Cecile que aterrizará como un cataclismo en las vidas del padre y de la hija. Una mujer radiante, madura, culta, que pretenderá, según Cecile, usurpar el vacío que supuestamente dejó su madre al morir. Algo que ella no quiere. Y a partir de aquí asistiremos a un plan maquiavélico del que no revelaremos más detalles con el que Cecile pretende eliminar a Anne, la perturbación real que pretende acabar con la idílica relación que mantiene con su padre y que comienza a hacerse con el control de la situación familiar poco a poco. Incluso obliga a la pobre Cecile a estudiar: "Ellos tenían una noche de amor. Yo tenía a Bergson", llega a decir en pleno ataque de ira.

Tras los hechos que van ocurriendo en la novela, me ha impactado mucho una de las lecciones que Cecile extrae de la experiencia que ha vivido (y ha hecho vivir a los demás personajes). Un lugar por el que todos hemos pasado alguna vez en nuestro desarrollo emocional. Cecile se da cuenta de que puede herir sentimientos. Y esa es una de las conclusiones dramáticas de la obra: "comprendí bruscamente que había dirigido mis ataques contra un ser vivo y no contra un ente", reflexiona en uno de sus monólogos interiores. Y es que a Cecile se le va el juego de las manos, y mucho.

Como casi todas las obras literarias, Buenos días, tristeza, puede leerse en diversas claves que proporcionan diferentes versiones del relato. Vemos la complejidad de las relaciones padre-hija, una crítica hacia la frivolidad de la burguesía francesa, que idolatra a Camus en público y lo repudia en privado, y contemplamos también unas interesantes escenas de complejidad amorosa donde sobresale especialmente el personaje de Elsa, la modelo mantenida. El súmmum de la inocencia.

En definitiva, estamos ante una obra muy apetecible, un puñetazo literario en toda regla disfrazado de dulce caricia, y que a priori no parece condensar tantos temas como podemos descubrir una vez finalizada su lectura. El estilo ayuda muchísimo, pues es tan directo y efectivo que roza lo cinematográfico. Y las playas de la costa francesa, los tórridos pinares adyacentes, las puestas de sol con una copa de champán y las serpeantes carreteras nocturnas iluminadas por el fulgor de la luna, una gozada. ¡A leer!

Y vosotros, ¿qué obra con ambiente playero recomendáis?

¡Besos y abrazos!


Françoise Sagan: "El dinero no da la felicidad, pero prefiero llorar en un Jaguar a hacerlo en un autobús"


martes, 8 de diciembre de 2015

Carta de una desconocida. Stefan Zweig



Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero sólo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio. Igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.


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He de reconocer que las historias de amor etiquetadas como tal me dan muchísima pereza. Pero una cosa es una etiqueta, algo que está bien para tomar como referencia, y otra cosa muy diferente es que Stefan Zweig esté por medio. Porque todo lo que ha hecho Stefan Zweig es impresionante, historias de amor incluidas.

Stefan Zweig fue un escritor de renombre en la Austria y en la Europa de principios de siglo. No obstante, su figura en la actualidad se encuentra de forma inmerecida en un lugar claramente secundario, aunque la fantástica editorial Acantilado está poniendo su granito de arena en  devolver al austriaco al lugar que se merece con una preciosa reedición de sus obras. Zweig fue todo un personaje. Un hombre de una sensibilidad apabullante, que brota en lo personal y que evidentemente inunda sin remedio su quehacer literario con una prosa bella y trascendente, que profundiza en las principales inquietudes humanas a través de historias en apariencia sencillas. Zweig padeció los horrores del nazismo, y decidió junto a su esposa acabar con sus vidas ante la contemplación de semejante atrocidad humana. Zweig es, sin lugar a dudas, la sublimación de lo sensible.

La premisa de Carta de una desconocida es simple. Un afamado escritor regresa a su hogar de uno de sus múltiples viajes y encuentra en su correspondencia un abultado sobre. La transcripción de dicha carta constituirá la totalidad del relato; un relato en el que una mujer, cuyo nombre no conoceremos en toda la narración, revela, en el lecho de su muerte prematura, el descomunal y obsesivo amor que ha sentido por el escritor desde que era una niña. Un amor demencial, que la ha llevado a renunciar a todo. Al sueño, y pasarse las noches sin dormir esperando que él (mujeriego y amante de la noche y los excesos), regrese a su residencia borracho y probablemente con compañía. A su familia, a quien dejó atrás cuando decidieron iniciar una nueva vida en Innsbruck, para seguir viviendo cerca de su enamorado. A cuantas oportunidades de amor aparecieron en su vida, las que considera, por supuesto, una traición hacia el escritor. Él, por su parte, jamás ha reparado en ella, aunque con la lectura de la carta se da cuanta de que, de una manera u otra, sus destinos se han cruzado muchas más veces de las que es consciente.

Tema aparte es su estilo, de una exquisitez literaria en la que Zweig demuestra una vez más que es un escritor soberbio, elegante y ágil, lejos de lo sobrecargado y ostentoso de su época. Una auténtica delicia que no podremos parar de leer. Una joya literaria.

En definitiva, lo que tenemos delante es una reconcentrada, intensa y aparentemente plana
-aunque trágica- historia amorosa, que estoy seguro de que posee tantas dobleces, lecturas e interpretaciones como experiencias amorosas y sentido del hecho de amar que tenga la persona que está al otro lado del papel, pues va mucho más allá del amor platónico y enfermizo que en apariencia se nos está contando. Y solamente por ello merece ser leída. Porque parte del bagaje amoroso de cada uno de nosotros está ahí plasmado de una forma u otra. Vemos el choque brutal de dos polos opuestos, encarnados en las actitudes de los dos personajes de la obra, cuyas maneras de comportarse nos darán mucho que pensar, especialmente después del sublime final de la novela. Una delicia.

Y vosotros, ¿recomendáis alguna historia de amor?

¡Besos y abrazos!

Stefan Zweig





jueves, 3 de diciembre de 2015

Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan



     Tras varios meses, cuando por fin parecía estabilizada, Lucile salió de la clínica. Volvió al piso de la calle Faubourg-Montmartre y a su trabajo, pero solo el tiempo necesario para poner en marcha su proceso de despido.

     Poco antes del verano, llegó para nosotras el momento de ir a verla. El fin de semana había sido organizado con mucha antelación, se había previsto que no estuviese sola para ir a recogernos. Gabriel nos llevó a la estación de Verneuil-sur-Avre. En el coche lloramos los tres.

     Lucile estaba allí, al final del andén, en medio del vaivén de la muchedumbre, minúscula silueta rubia envuelta en un abrigo azul marino. Lucile estaba allí, acompañada por Violette y una amiga, muy cerca de nosotras, y de pronto no hubo otro rostro que el suyo, pálido, delgado. Lucile nos besó sin efusión, ninguna de nosotras sabía qué hacer con sus brazos y nuestras piernas apenas alcanzaban a sostenernos.
     Nos marchamos hacia la boca de metro. Lucile cogió la mano de Manon, caminaba delante de mí, yo la observaba por detrás, lo endeble, frágil y rota que parecía. Se volvió hacia mí. Me sonrió.
     Lucile se había convertido en una cosita desmenuzable, recompuesta, remendada, en realidad irreparable.
     De todas las imágenes que conservo de mi madre, ésta es seguramente la más dolorosa.



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Tanto aquellas personas con las que suelo hablar de libros como aquellas que siguen este blog, saben, o al menos estoy seguro de que pueden intuirlo, que soy un lector muy agradecido. Considero cada libro como una oportunidad para aprender, conocer, explorar los mundos imaginados por otros, y en definitiva, enriquecerme. Por eso tiendo a resaltar virtudes y a minimizar carencias. Digo esto porque mi carácter de lector enfático no debe tenerse en cuenta en esta reseña, ya que estamos ante una lectura muy especial. Estamos ante uno de los mejores libros que he leído nunca.

No suelo prodigarme en historias reales, soy un lector muy de ficciones, pero Nada se opone a la noche constituye la más bella excepción que pueda hacer en esta costumbre. Nada se opone a la noche es emoción, es dolor, es amor, es búsqueda, es perseverancia, es felicidad, es tristeza y es alegría. Nada se opone a la noche es muchas cosas. Cientos. Pero ante todo, es una de las historias de redención más impresionantes que jamás he leído. Pero empecemos por el principio que tengo mucho que contaros.

Delphine de Vigan encontró a su madre muerta en su apartamento. Aparentemente se había suicidado. Tras la angustia y el sufrimiento lógicos que le generó la situación, se embarcó en la durísima tarea de reconstruir el enigma que fue la existencia de Lucile, su propia madre. Con esta premisa, grabó cientos de horas de entrevistas con todos los familiares directos e indirectos, rescató cartas, notas, fotografías, poemas, dibujos, partes médicos, y también desenterró algunas cosas que su familia, enorme y bastante peculiar (en realidad, qué familia no lo es, de un modo u otro) había luchado para que permaneciesen en el sótano del olvido.

El resultado de la investigación es esta obra de arte que ya de primeras llama la atención con su portada. Una mujer vestida de negro, atractiva y de mirada misteriosa fuma y ofrece una sonrisa velada, difusa. Esa mujer es Lucile, la madre de Delphine, la persona que más la hizo sufrir mientras vivió. La persona que hizo que se forjase un carácter de luchadora prácticamente a la fuerza. Una enferma mental prodigiosa, capaz de lo mejor y de lo peor.

Nada se opone a la noche está estructurada en tres partes. La primera de ellas incluye la infancia de Lucile, donde sus padres (Georges y Liane) cobran casi todo el protagonismo. Está escrita en tercera persona, y narra las venturas y desventuras de Liane, una mujer obsesionada con traer niños al mundo, los momentos felices en la vida de Lucile, su infancia como modelo de ropa infantil y varias muertes prematuras y traumáticas que marcarían el destino de la familia. Al final de esta parte ya estamos completamente inmersos en la mitología familiar de los Poitier.

La segunda parte narra la independencia de Lucile con la pequeña Delphine y su hermana Manon a su cargo. Vemos a unas niñas llevando una existencia caótica, sin horarios, en ambientes de fiestas y drogas, recorriendo a deshoras las calles de París y viviendo también momentos de enorme felicidad junto a Lucile, una mujer radiante, magnética y profundamente infeliz, que no parece comprender muy bien el funcionamiento del mundo.

Finalmente, en la tercera parte nos adentraremos en la edad adulta de la escritora, cuando Lucile vivió su definitivo descenso a los infiernos, materializado a accesos de locura desgarradores, internamientos en psiquiátricos, paranoia, y a su vez, ramalazos de ternura y genialidad conmovedores; esta vorágine nos llevará a cerrar el círculo y llegar al comienzo de la novela. A su suicidio.

Son especialmente brillantes las paradas que la escritora hace en la narración para contarnos lo que para ella está suponiendo escribir esto. Delphine está sufriendo. Sabe que su familia va a sufrir cuando lo lea, e incluso no sabe qué familiares dejarán de hablarle cuando esté publicado. Pero no puede parar. O lo saca o el dolor acabará con ella. Así que escribe y escribe como homenaje a esa extraña persona que fue Lucile, como terapia para sí misma y llegar a comprender mejor su lugar en el mundo a través de lo que le ha tocado vivir.

Como vemos, es una historia dramática, sí. Pero quizás suene más de lo que en realidad es. Lo cierto es que la mezcla está muy bien hecha por parte de su autora, de tal modo que lloraremos y sonreiremos por igual. Y al finalizar el libro, miraremos de nuevo la portada. Miraremos a esa muchacha rubia que fuma con otros ojos y probablemente pensemos que la vida es algo extraño y maravilloso.

¡Besos y abrazos!

Delphine de Vigan