jueves, 8 de mayo de 2014

El silencio de los corderos. Thomas Harris



      -¿Una de esas revistas no le ofreció a Lecter cincuenta mil dólares por sus recetas de carne humana? Creo recordar algo de eso -replicó Starling.
Crawford asintió.
       -Starling, escúcheme con toda atención. ¿Me está escuchando?
       -Sí, señor.
Tenga mucho cuidado con Aníbal Lecter. El Doctor Chilton, el director del hospital, le explicará el procedimiento para tratar con él. Siga esas normas al pie de la letra. No se aparte ni un ápice de ellas por ningún motivo. Si Lecter decide hablar, tratará de averiguar todo lo posible sobre usted. Le mueve esa curiosidad que introduce a la serpiente a espiar el nido de un pájaro. No revele nada concreto sobre usted. Ya sabe lo que le hizo a Will Graham.
      -Me enteré por la prensa de lo que sucedió
      -Cuando Will se puso a su alcance, se abalanzó sobre él y lo espanzurró con un cuchillo de linóleo. Le ha quedado una cara que parece un dibujo de Picasso. Y en el psiquiátrico despedazó a una enfermera a dentelladas. Haga su trabajo, pero no olvide ni un instante lo que es ese hombre.
      -¿Y qué es? ¿Lo sabe usted?
      - Solo sé que es un monstruo. Aparte de eso, nadie puede asegurar nada más.





Todo lector necesita de vez en cuando un libro de esos que arrastran como una violenta corriente de agua. Y así es  El silencio de los corderos: frenético. Un río bravo, revuelto de acontecimientos que no da ni un segundo de respiro. Ni un solo descanso. Poco a poco, página a página, la turbulenta historia de la agente Starling se precipita entre las piedras hacia un inevitable remolino ingeniado por el doctor Lecter, por su borroso pasado, y quizás por el mundo en general. Y el lector desciende con ella, la acompaña en su caída incapaz de soltarle la mano. Solamente por comprobar si al otro lado del abismo, bajo el precipicio, finalmente los corderos han dejado de chillar.

Es un hecho notorio que cada ciclo literario requiere inevitablemente poseer sus propios monstruos, que trascienden lo literario y pasan a incorporarse de inmediato al imaginario colectivo de su época. Desde los primitivos Escila y Caribdis ideados por Homero, pasando por los Drácula, Frankenstein o el arcano Chthulu de la tradición gótica, podemos recorrer una senda de seres aterradores incrustados en todas las culturas que va renovándose y actualizándose; es el sino de la ficción. Crear héroes y crear monstruos. Luz y oscuridad, como la vida misma. Esta tradición sería la que hoy día recogerían autores como Stephen King, con su Carrie, su hotel Overlook bañado en sangre y en especial, con It y su aterrador Pennywise. O el que hoy nos ocupa, Thomas Harris, un escritor muy poco prolífico al que le ha bastado apenas con un par de obras para regalarnos a un mito del terror contemporáneo: el doctor Aníbal Lecter.

El silencio de los corderos es una obra marcada irremediablemente por su exitosa adaptación al cine; pero resulta que no la he visto (típica cosa que lleva uno pendiente de hacer veinte años), por lo que mi lectura no se ha visto "contaminada" por la oscarizada cinta.

La novela nos cuenta la historia de Clarice Starling, una estudiante de la academia del FBI que se está especializando en la cuestionada sección de Ciencias del Comportamiento. Una mañana, Starling recibe la visita de uno de los peces gordos del FBI, Crawford, y desde ese día, su vida no volverá a ser la misma. Crawford tiene un encargo muy especial para la inexperta Starling: redactar un informe sobre un preso incómodo y controvertido, famoso en toda norteamérica por haber practicado el canibalismo y que se niega a hablar con nadie: el psiquiatra Aníbal Lecter, quien permanece recluido en un penal de Baltimore bajo una seguridad extrema. Cualquier libertad de acción, cualquier concesión, por mínima que sea, suele acabar en una salvaje agresión a sus médicos o cuidadores.

Pero lo interesante no es solamente que Lecter decida hablar con Starling. Si no que comienza a deslizarle ciertas pistas fiables sobre el mayor quebradero de cabeza de la policía: un asesino en serie, bautizado por la prensa como Buffalo Bill que tira a sus víctimas desolladas a distintos ríos del país. Aunque esta información no será gratuita, ya que a cambio Starling debe contarle a Lecter información sobre ciertos momentos traumáticos de su pasado, en los que Lecter hurgará con la sutilidad de la carcoma. Despacio, con constancia y creando daños a priori indetectables. Todo se precipitará cuando Buffalo Bill secuestra a la hija de una prestigiosa senadora y el misterio del asesino y la vida de la joven dependan de las habilidades de Starling.

En ningún momento podemos llegar a saber qué patología padece Lecter. Su psicopatía y sociopatía están claras, pero Harris ha creado una personalidad única, que nos hace leer sus pasajes con auténtica tensión. Es macabro, rápido, letal y de una inteligencia prodigiosa. Al final, sobre Lecter asaltan ciertas dudas: ¿es su enorme destreza y facilidad para matar placer? ¿es vicio? ¿o es un mero instrumento para hacer del mundo, de su visión del mundo, un lugar mejor?

La novela, bajo ese frenesí narrativo, trata diversos temas aparte de la presentación ofical del psicokiller moderno. En especial, El silencio de los corderos nos habla de redención y de cambio. O de cómo alcanzar la redención mediante el cambio. Bajo estos temas se vuelcan las ansiedades de Starling por su oscura infancia, la obsesión de Buffalo Bill por convertirse en mujer a toda costa, o para hacerle justicia a un gran acierto narrativo de Harris, por convertirse en su madre, una malograda modelo que terminó drogada y rodando pornografía. Vemos a Crawford, el gran jefe, austero y profesional, obsesionado por detener a Buffalo Bill mientras su mujer, en coma irreversible, agoniza postrada en una cama. El cambio lo podemos ver simbolizado en la crisálida que aparece en las garganta de todas las chicas asesinadas, el paradigma de la metamorfosis en la naturaleza simbólica.

A modo de conclusión, diremos que El silencio de los corderos es una obra directa, clara (parece casi un guión de cine), que nos mantiene en vilo durante toda su lectura, generando picos de gran tensión narrativa, y que, como hemos señalado más arriba, nos permite ser testigos de uno de los mitos de la ficción moderna como es Aníbal Lecter. No os la perdáis.

Hoy, pregunta obligada: ¿Cuál es vuestra novela (o personaje) de terror favorita?

¡Besos y abrazos!





martes, 28 de enero de 2014

Los huesos del invierno. Daniel Woodrell



               Llegaron con la noche y dieron tres grandes golpes en la puerta. La puerta tembló y el estruendo se oyó en toda la casa. Ree miró por una ventana y vio a tres mujeres parecidas, pechugonas y carrilludas, con abrigos largos de colores distintos y botas de goma. Antes de abrir cogió la escopeta.
Apuntó el cañón doble a la mujer de Puños, Merab, pero no dijo nada. El arma en las manos era como un rayo sin descargar, y temblaba.
Merab dijo:
           - Ven con nosotras, niña...Vamos a arreglar tu problema. -Llevaba las manos en los bolsillos y el pelo apartado de la cara, formando una imponente ola blanca que apenas se movía con la brisa-. Deja eso ahí. No seas tonta, niña.
            - En estos momentos lo único que quiero es hacerte un agujero en esas tripas asquerosas.
           -Ya lo sé. Por eso te apellidas Dolly. Pero no lo harás. Deja esa escopeta ahí y vente con mis hermanas y conmigo.


Hay novelas de tal crudeza y salvajismo, que atrapan la mente y las entrañas del lector desde la primera hasta la última palabra. Nos secuestran interiormente, e incluso se resisten a soltarnos hasta bastante tiempo después de haber finalizado su lectura. Si es que lo hacen alguna vez. Pues bien, hasta ahora, mi paradigma de este tipo de lectura cruenta y asalvajada era la inigualable Sukkwan Island, pero Los huesos del invierno acaba de llevarse la palma, y con creces. Porque aviso: estamos ante una novela magistral, sublime, literariamente descomunal. Pero vayamos por partes que me emociono.

Poco sabemos en nuestro país de Daniel Woodrell. No figura en ninguna lista de Babelia ni Fnac, y  sus novelas no están a la vista en las tiendas. Son de las que hay que dejarse la vista en los lomos de los libros esperando a que les apetezca llamarnos la atención, o incluso de ir buscándolas, es probable que el librero tenga que mandárnosla pedir. Y sin embargo, Woodrell es un enorme escritor. Extraordinario y coherente, calificado por el maestro Dennis Lehane como el "más importante de los escritores menos conocidos de Estados Unidos". De hecho, se ha acuñado un género literario solamente para clasificar sus obras. Es el Country Noir. Muy gráfico.

Los huesos del invierno es, de todos los libros que he leído, el que mejor transmite el frío. Ya desde que echamos la primera mirada hacia su descorazonadora portada, la temperatura baja hasta situarse en el umbral de una aterida inquietud; la nieve está presente en cada una de las páginas incluso de manera implícita. Aunque el narrador no la nombre, nuestra mente la pondrá en los tejados, arcenes y árboles. Helaremos arroyos y lagos sin que Woodrell nos diga que lo están.

En esta obra hay algo mucho más importante que su argumento, que es el entorno en el que transcurre. Todos entendemos más o menos la expresión "América profunda" como lo referente a los cuadros de costumbres de la ruralidad estadounidense. Pues bien, decir que Los huesos del invierno transcurre en la América profunda es quedarse muy corto. Expresado en esta nomenclatura, tendríamos que acuñar como poco el término "América abisal". Woodrell nos pasea por una comarca helada donde la pobreza es extrema en todos los sentidos, de tal modo que la única supervivencia está en la droga. Marihuana los adolescentes, metanfetamina lo más usual entre las familias. Cocinada en el garaje o en cualquier caravana aparcada en un páramo; así, los seres que habitan este relato, esta soterrada sociedad, son la correlación al mundo moderno de lo que fueron sus antepasados con la ley seca, quienes destilaban en sus graneros licores casi de cualquier cosa que no fuese venenosa. Viajamos a la América de los paletos, las relaciones incestuosas, los malos tratos, las violaciones y el tiro en la nuca y manos cortadas al chivato. Es una sociedad atrasada y marginal, anclada en luchas absurdas entre clanes, transpirando una crudeza atávica donde de cuando en cuando alguien aparece tirado en un arcén. Sin preguntas. Solo el amortiguado sonido de la nieve al caer y la turbulencia del olvido.

Argumentalmente, Los huesos del invierno nos cuenta la historia de Ree, una muchacha de dieciséis años que vive en las montañas de Orzark, el más profundo, gélido y siniestro arrabal del estado de Misuri. La situación de Ree se nos presenta al límite. Debe cuidar de sus dos hermanos preadolescentes que comienzan a desviarse del camino y de su madre, enferma mental y postrada en una mecedora mirando al infinito mientras inunda el jersey de baba. Pero el problema es Jessup, su padre. Un cocinero de metanfetamina que frecuenta las peores compañías posibles, exconvicto y en libertad condicional, que ha desaparecido, y de no presentarse en el juzgado en el plazo de un mes, Ree perderá la casa. Lo único que tiene. Así que antes de tener que llevarse a su madre y a los niños a una cueva, Ree, una auténtica niña, comienza su peregrinaje escopeta en mano por toda la región en busca de su padre, que le llevará a llamar a puertas tras las que le aguarda la sordidez hecha carne, oliendo a bourbon y a cocaína. Ree, donde espera encontrar respuestas hallará únicamente desprecio, voces, malas miradas y hasta bofetones. El tiempo juega en su contra y nadie sabe nada de Jessup. Hasta que una noche recibe una pista y comienza a tirar de un siniestro hilo.

Ree es uno de esos personajes que rozan la perfección. Que son personas tangibles. Es una heroína, que nos da una lección de supervivencia y dignidad de principio a fin. Inquebrantable, luchadora, bíblica; podría ser perfectamente extraída de la épica griega, que mostraba héroes altivos, superiores a todos aquellos que les rodeaban. Ree marca al lector y su historia provoca verdadera inquietud y sufrimiento. Es una Ulises moderna, obstinada por luchar contra todo aquello que le sale al paso en su odisea, sabedora de su heroico destino. Obsesionada por triunfar, por ver cómo sus hermanos crecen siendo buenas personas, negando lo que el entorno obligatoriamente les depara. Obsesionada porque su madre pueda seguir mirando por la ventana un día más. Pero agarrada a una tela de araña a punto de partirse. Tras haber concluido la lectura de su historia, de su búsqueda desesperada, Ree ha reforzado mi fe en el poder de la creación narrativa.

En conclusión, me gustaría señalar que aunque el cine le hizo un favor a nuestra novela no ha sido suficiente. El largometraje Los huesos del invierno sorprendió a todo el mundo ganando el Festival de Sundance y recibiendo cuatro nominaciones a los Oscars de 2011. Pero esta novela se merece muchísimo más que eso. Es una obra maestra que hace saltar una esquirla en el corazón del lector. Una esquirla que se pierde para siempre.

Os dejo el trailer de la peli, no tiene muy buena calidad pero no he encontrado otro:




Y vosotros, ¿qué adaptación cinematográfica habéis considerado digna del libro en cuestión? aunque también vale al contrario ¿qué película basada en un libro creéis que lo ha deshonrado vilmente?


¡Besos y abrazos!

Daniel Woodrell



lunes, 20 de enero de 2014

Estudio en escarlata. Arthur Conan Doyle


               "Yo creo que, originariamente, el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas, que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: el artesano hábil tiene muchísimo cuidado con lo que mete en el ático del cerebro. Sólo admite en el mismo las herramientas que pueden ayudarle a realizar su labor; pero de éstas sí que tiene un gran surtido y lo guarda en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación tiene paredes elásticas y que puede ensancharse indefinidamente. Créame, llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por consiguiente, es de la mayor importancia no dejar que los datos inútiles desplacen a los útiles"

Arthur Conan Doyle pertenece a ese grupo de autores de biografía azarosa que llegaron a ser escritores casi por casualidad, siendo la literatura una faceta más de su vida entre muchas otras. Doyle fue jugador de rugby, portero profesional de fútbol, propagandista militar, golfista, espiritista, boxeador, medium y oftalmólogo; además de articulista, crítico literario y cronista de guerra, cuyos trabajos para el ejército británico durante la Primera Guerra Mundial le granjearon el título de Caballero del Imperio o "Sir". Su afición por las intrigas policiales, la herencia dejada por E.A Poe y su gran capacidad de inventiva le llevaron a crear a Sherlock Holmes durante la etapa en la que regentó la clínica oftalmológica, donde, en palabras de Doyle, "ningún paciente entró jamás".

Resulta especialmente interesante la relación que Doyle mantuvo con su propio personaje. Sherlock saltó  la fama relativamente pronto, y sus aventuras se seguían y se esperaban con avidez en la Inglaterra contemporánea a Doyle, anticipando la leyenda en la que llegaría a convertirse. El icono que es hoy día. Un personaje querido y admirado por todos, menos por su autor, que jamás le tuvo aprecio y al que estuvo constantemente tentado de asesinar a tenor de lo publicado en sus cartas y memorias. "A la gente no le va a gustar", le decía su madre. Y no le faltaba razón a la anciana señora Doyle, pues el bueno de Sir Arthur tuvo que escribir La casa vacía a raíz del ingente volumen de súplicas, insultos y amenazas de toda índole que recibió tras su mítico relato El problema final.

Estudio en escarlata da inicio al fenómeno literario que se conoce en narratología como "canon holmesiano", es decir, al conjunto de obras de Sherlock Holmes escritas por Doyle. El término canon se emplea para separar este bloque de obras de la masiva producción de relatos, novelas, películas o series que se han acometido con posterioridad al canon y a raíz de este.

Argumentalmente, se nos presenta a un joven Watson buscando casa tras llegar herido del Afganistán (en guerra perpetua por lo visto) y a un todavía inexperto Holmes hastiado de colaborar con la policía en casos absurdos de infatil resolución. Tras acordar vivir juntos gracias a un amigo común, pronto llegará el retorcido caso que Holmes tanto ansia y que permitirá a Watson maravillarse ante las dotes intelectuales de su compañero de habitaciones e iniciar la redación de sus aventuras, en el que profundizaré más bien poco para no destripar nada del apasionante desarrollo. Un muchacho ha sido asesinado en una casa vacía y cerrada de las afueras de Londres. Como únicas pistas, tarjetas de visita con su nombre y su procedencia (Cleveland, EEUU), salpicaduras de sangre que no es suya, un anillo de compromiso y la palabra Rache escrita con sangre en la pared. Partiendo de este inicio in media res, Holmes emprenderá su juego de deducciones, telegramas, espías a sueldo en cada esquina de Londres, disfraces y viajes en carro por nebulosas callejas empedradas. Pesquisas que tomarán la ruta correcta, diametralmente opuesta a la del voluntarioso pero incompetente inspector Lestrade y que le llevarán desde los bajos fondos victorianos al mismísimo corazón de los fundadores mormones de Utah. Apasionante.

Así, Holmes lleva a una atractiva cumbre el pensamiento lógico, basado en la inducción y en la deducción, principios que ya enunciaba Aristóteles hace dos mil trescientos años y que ciertamente son espectaculares en las narraciones de Doyle, pero que desprovistos de toda la pompa literaria y en menor medida, serían completamente aplicables, como vemos en la Poética aristotélica, a todos los ámbitos de la vida cotidiana y de la sociedad.

El estilo de la obra es de muy poca relevancia tanto en esta como en todas las narraciones del canon holmesiano. Una prosa al servicio del argumento, sobria y magistralmente adjetivada para hacer frente a las numerosas descripciones de ambientes, escenarios de crímenes, personajes y cadáveres, fundamentales para el planteamiento de la trama detectivesca. Una trama en donde Sherlock Holmes simboliza el necesario orden dentro del caos, la luz en la oscuridad de la crudeza de un mundo criminal y moralmente deshumanizado, donde quienes deben garantizar el cumplimiento de las normas son poco más que simios con traje y corbata. Muy vigente, como vemos.

Y a vosotros, ¿con qué relato o novela policiaca habéis disfrutado especialmente?

¡Besos y abrazos!




martes, 14 de enero de 2014

Los años de peregrinación del chico sin color. Haruki Murakami





En ese momento, por fin lo captó todo. En lo más profundo de sí mismo, Tsukuru Tazaki lo comprendió: los corazones humanos no se unen tan solo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre,no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía.


Empecemos con una obviedad: Murakami es Murakami. Con todo lo que ello implica. Cualquiera que haya leído al menos una obra suya entenderá lo que quiero decir. Para aquellos que aún no se han atrevido con él, diremos que Haruki Murakami es uno de los gigantes literarios de los inicios del siglo XXI. Japonés, pausado, literariamente elegante, amante del jazz y muy, muy inteligente, Murakami está hoy día en boca de toda aquella persona mínimamente interesada en el mundo literario. Es "ese del que todo el mundo habla". Pero cuidado. Pues Murakami no es una moda pasajera al estilo de algunos nórdicos que escriben novela negra inverosímil, del semiporno del látigo y las esposas o de crepúsculos vampíricos. No es un boom. Murakami es un grande con todas las letras.

He de reconocer que cada vez que voy a empezar con "un Murakami" lo hago con una ilusión y unas ganas especiales, lo cual hace que mi recepción hacia el libro esté condicionada y carezca de la poca objetividad que pueda quedar en un lector trabajado. Pero es que Murakami me encanta, y no puedo remediarlo. De hecho, no lo hago.

Argumentalmente, Los años de peregrinación del chico sin color cuenta la historia de Tsukuru Tazaki, más concretamente de los períodos oscuros de su vida, a los que el relato irá poco a poco arrojando claridad como un flexo guiado por la mano del narrador. Tsukuru es un personaje, valga la expresión, "muy Murakami". Varón solitario y reflexivo, que rezuma una melancolía casi tangible y que vivió ciertos hechos en su juventud que han marcado su relación con los demás, tal como vimos en Tokio Blues o  en Baila, Baila, Baila, las dos mejores obras del japonés en mi opinión.

Tsukuru se dedica a la construcción de estaciones de tren para una empresa en Tokio, vive solo en un pequeño apartamento y baraja la idea de suicidarse. Su vida se encuentra a la deriva: no se alimenta apenas, no duerme más de un rato cada noche y no se relaciona con gente. Todo por un hecho concreto que ocurrió en su pasado, cuando estaba en el instituto, en Nagoya. Allí, Tsukuru formó junto a otros cuatro adolescentes una pandilla de inseparables, un grupo de amigos cohesionado hasta el extremo. No hacían nada apenas por separado, y pensaban prácticamente los cinco como uno solo. Tres chicos, dos chicas. Todos ellos, con el nombre de un color en su apellido (en japones los colores se dicen con pequeñas sílabas), menos Tsukuru. Todos ellos, con una personalidad marcada y bien definida como las demás, menos Tsukuru. O eso al menos piensa él. Y un buen día, de repente, con la brusca suavidad con la que una afilada hoz siega un pequeño tallo de trigo, los cuatro dieron de lado a Tsukuru para no volverle a hablar nunca más. Sin explicaciones, sin motivos.

Y esto es lo que lleva a nuestro protagonista a la deriva. Casi a la locura. Solo que dieciséis años después, en la época en la que transcurre el relato, Tsukuru, el chico sin color, decidirá ir en busca de respuestas antes de precipitarse al abismo definitivo, y emprenderá un viaje que lo llevará a los más remotos rincones del alma humana. Ah, y a Finlandia.

En lo referente al estilo, Murakami nos ilustra con todo su repertorio. Una prosa adornada lo justo, con metáforas muy bellas y donde podemos encontrar una frase lapidaria, de esas que invitan a una reflexión serena, prácticamente en cada página. Murakami narra como nadie la vida cotidiana de sus protagonistas: sus almuerzos, sus cafés, la música que se ponen en la radio y hasta sus duchas o sus viajes al trabajo. Esto, que llevado a cabo de cualquier otro modo podría resultar cansino o prescindible, en Murakami es puro disfrute y una de sus grandes virtudes y marcas de estilo.

También hay que señalar que dos de los supuestos defectos que más se le echan en cara a Murakami no aparecen en esta novela: un exceso de surrealismo y un exagerado volumen de páginas para la magra historia que se cuenta. Con respecto al primero, para mí no es algo malo; al revés. He pasado grandes momentos con los pasajes surrealistas de Murakami (ese hombre carnero) y en lo referente a la extensión, sí es cierto que obras como 1Q84 pueden hacerse algo lentas en ciertos momentos. Nada que ver con  Los años de peregrinación, que es un auténtico paseo para el lector y que se despacha en un par de ratos, por lo que podría ser un buen candidato para aquellos que se quieran iniciar en Murakami.

A través de Tsukuru y su peregrinación, Murakami plantea numerosos temas esenciales, entre los que resultan especialmente interesantes los relativos al binomio individuo-colectividad, y a como pueden interferir y condicionarse mutuamente: ¿necesitamos de la realización social para obtener la realización individual? ¿tan determinante es la integración en la masa para conseguir la paz individual? son algunas de las cuestiones que el japonés infiere en el argumento de su novela y que invitan sin duda a la reflexión, recordando en este sentido al grandioso Elías Canetti.

A modo de conclusión, solo queda decir que la que hoy nos ocupa es una gran novela, que invito a leer tanto a  aquellos lectores que quieran empezar con Murakami como a aquellos que ya han leído algunas de sus obras. Es un libro ligero, que se lee rápido y con un alto nivel de adicción. Magistral, como siempre.

Hoy, pregunta obligada... ¿Qué libro (o libros) no habéis podido soltar hasta haberlo terminado?

Besos y abrazos.








martes, 17 de diciembre de 2013

Némesis. Philip Roth



       El abuelo alentaba al muchacho a que se defendiera como hombre y como judío, y a que comprendiera que sus batallas nunca terminan y que, en la implacable escaramuza que es la vida, "cuando tienes que pagar el precio, lo pagas". La nariz rota de su abuelo siempre había sido para Bucky una prueba de que, aunque el mundo lo había intentado, no había podido aplastarlo.


Philip Roth es uno de los mejores escritores de los últimos cien años. Su nombre suena cada otoño para el Premio Nobel, y pese a no haberlo conseguido aún, ha ganado otros muchos galardones de renombre como el National Book Award, el Pulitzer o sin ir más lejos el Príncipe de Asturias de las letras. Pero las novelas de Roth no necesitan premios ni menciones. Basta con leerlas; y es que Roth sublima la literatura a un nivel artístico al alcance de muy pocas plumas.

Philip Roth es la voz literaria del pueblo judío estadounidense, una de las comunidades más arraigadas en la tierra de las opurtunidades. Y gracias a las novelas de Roth somos testigos de sus ritos,de las peculiaridades de sus relaciones sociales y de la actividad en sus guetos. En definitiva, Philip Roth es el gran cronista de la idiosinctasia judía norteamericana, donde la tradición y la modernidad occidental tejen un intrincado y complejo tapiz.

Argumentalmente, Némesis nos lleva a Newark, una ciudad del estado de Jersey, y más concretamente a Weequahic, el barrio judío. Es 1944, y la ciudad padece una de las mayores olas de calor de las últimas décadas. Nada extraordinario; avenidas vacías a horas centrales de la tarde, pulso ralentizado y niños en la calle mojándose las cabezas bajo las bocas de riego. Salvo que el tórrido mes de julio ha recibido un inesperado y cruel visitante: la poliomielitis.

Conocemos a Bucky Cantor, un atlético monitor de educación física frustrado por no estar en el frente asiático debido a un problema visual, que intenta sentirse útil siendo el mentor de doscientos muchachos judíos para los que organiza cada día en el centro de ocio numerosas actividades deportivas y partidos de softball. Bucky es una buena persona, con un sentido de la responsabilidad sobredimensionado debido a la prematura muerte de su madre (de parto), y al haber sido abandonado por su padre, un timador de medio pelo. Fue criado por sus abuelos, dos infatigables trabajadores, judíos modélicos que nunca le perdieron la cara a la dura realidad. Así, el fuerte y responsable Cantor será testigo de cómo la polio irá cebándose con sus muchachos, mortal y sigilosa como un lobo que en la noche arrasa un cálido establo.

Némesis tiene un punto opresivo para el lector, debido a la terrorífica mezcla del calor que agosta la ciudad con la enfermedad que paraliza los miembros de los jóvenes judíos, mientras los habitantes de las clases más pudientes de la cuidad han enviado a sus hijos a una diáspora hacia las montañas, a salvo del calor, el gran vehículo de transmisión. Vemos el tema de la impotencia ante lo desconocido: en 1944 faltaban unos años para el descubrimiento de la vacuna, y no se sabía cómo se extendía la polio. Así pues, asistimos a una caza de brujas en busca de la fuente de propagación que señala directamente al gueto judío y a los muchachos de Cantor. Un Cantor que comienza a mirar a Dios cada vez con mayor desconfianza, y que ve cómo sus sólidos principios morales, forjados a fuego en la sinagoga, se tambalean con cada muchacho paralizado o conectado a un pulmón de acero esperando la parálisis total de su diafragma.

En lo referente al estilo, Némesis es un deleite para la mente del lector. Roth muestra una escritura serena, verosímil, casi mágica, llevando la lectura a un punto tal que nuestra mente procesa imágenes, no palabras escritas. Son especialmente brillantes las exploraciones en la mente de Cantor y su lucha interna por creer en Dios, por aferrarse a sus principios y por hacer lo correcto, pues Marcia, su novia, le ofrecerá la opción de huir de la polio junto a ella.

En conclusión, Némesis es una gandiosa novela, muy válida para iniciarse en la obra de Roth. Es densa, dura, apelmazada, y sus algo más de doscientas páginas equivalen como a cuatrocientas de cualquier otra novela. Mi ejemplar ha terminado con decenas de pasajes subrayados, notas por todos sus márgenes y tapas, más subrayados en varios colores y bastantes expresiones copiadas aparte. Una maravilla.

Y vosotros, ¿habéis leído alguna novela de ambiente opresivo o agobiante?



Philip Roth



martes, 10 de diciembre de 2013

Respirar por la herida. Víctor del Árbol


          


         "Se adentró un poco más, hasta donde el agua le cubría casi las rodillas. Notaba cientos de minúsculos cristales mordiéndole la piel, pero aguantó unos minutos, con la mirada perdida en los cañizos de la otra orilla. Trató de ver algún vestigio del accidente, pero nada. No había nada, ni un pedazo de luneta, ni una marca de rodera, ni una mancha, como si la tierra y el arroyo se hubieran tragado sin más las pruebas de lo sucedido y fluyeran con la misma calma de los siglos"


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Todos sabemos, o al menos intuimos como funciona el mundo editorial. Hay un estrato superior de elegidos que reciben premios de forma recurrente y sus libros copan contraportadas de revistas a toda página. Aparecen entrevistados en dominicales posando con gesto muy serio ante su vasta biblioteca e incluso se promocionan en televisión vendiendo el lanzamiento del año. Y todos sabemos, o intuimos, que pertenecer a dicha elite no garantiza ser un buen escritor, ni estar fuera de ella implica lo contrario.

Así, el autor que hoy nos ocupa pertenecería al segundo grupo. Víctor del Árbol no es famoso, no recibe apenas promoción y sus novelas no se anuncian apenas en ninguna parte. Y es un gran escritor. Me habían hablado muy bien de su anterior novela, La tristeza del samurai, pero al llegar a la librería caí completamente hipnotizado ante Respirar por la herida y su inquietante portada, en la que un hombre de gesto incierto nos mira desde un mundo pintado como si se asomara la realidad, a nuestra realidad, que está por debajo de la suya.

Dice el DRAE: "Respirar por la herida: dar a conocer con alguna ocasión un sentimiento que se tenía reservado". Y justamente ante eso nos encontramos en esta deliciosa novela, donde nada es lo que parece, y al igual que en la infinidad del océano, lo importante está en el fondo y no en la superficie.

Respirar por la herida podría encuadrarse dentro del género de la novela negra, acercándose a lo que en televisión se conocería como ´thriller´. Argumentalmente, la novela plantea un enorme entramado de personajes, todos excepcionalmente trazados, cuyo pasado es dudoso para el lector y esconde muchas sombras que nos irán sorprendiendo a lo largo de la historia con más de una decena de giros inesperados que harán las delicias de cualquier buen amante de la novela negra. Y lo mejor: la vidas e historias de todos los personajes están relacionadas entre sí hasta un punto sorprendernte y excitante.

Conocemos a Eduardo, un pintor de fama moderada catorce años después del incidente que le sumió en la espiral de remordimiento y dolor en la que ahora se halla: el accidente de tráfico que acabó con la vida de Elena, su esposa, y Tania, su hija, y que dejó en el retratista enormes secuelas físicas, además de las evidentes taras psicológicas. Gloria Tagger es una de las violinistas más famosas del mundo. Acompejada por su ascendencia nazi y muerta en vida por el recuerdo de Ian, su hijo de veinte años atropellado en el centro de Madrid a manos de un millonario borracho. Arthur es un francés argelino marcado por los conflictos raciales de su patria; está en la cárcel por homicidio y vive atormentado por la fulminante desaparición de su hija, Aroha, que estaba atravesando una adolescencia muy difícil. En los días previos a la salida de la cárcel del magnate Arthur Fernández, Gloria Tagger contrata a Eduardo para que haga un retrato muy especial: el del asesino de su hijo, Arthur.

Y esto es solo el principio. Un mosaico de personajes se despliega de manera magistral a lo largo del relato, todos ellos apoyados en los dos pilares que sostienen la novela: el dolor y la culpa. Un dolor silencioso que recorre lentamente las páginas del libro al igual que la pierna de Eduardo y que va tensando la mente del lector como si lo hiciesen cuerdas de piano, invisibles y mortales. Así, visitaremos sótanos siniestros donde los millonarios sacian sus fantasías y viviremos la frustración de un prostituto asiático incapaz de escapar de la mafia que campa a sus anchas por Madrid. Conoceremos a Guzmán, un toruturador chileno reconvertido en investigador particular y asistiremos a silenciosos seguimientos por el centro de Barcelona. En definitiva, una trama magníficamente desplegada con multitud de dobleces e intrigas en la que el autor recorre de manera magistral todos los entresijos del alma humana.

En lo referente al estilo, hay que decir que Víctor del Árbol posee una prosa ágil y amena, de lectura fácil y empleando el mínimo de adjetivos. Descripciones muy disfrutables de espacios y excepcional en las pinceladas psicológicas de los personajes. A mi juicio, se le podrían achacar dos "peros": en primer lugar, las partes narradas son mucho mejores que las partes dialogadas, en las que el autor pone a los personajes a dar demasiada información, probablemente con el objetivo de conferir verosimilitud al relato; sin embargo, el resultado es quizás contraproducente, pues todos los personajes, independientemente de su grupo social o cultural hablan con la magistralidad de un espléndido narrador. En segundo lugar, creo que hay un uso excesivo del símil. Pero no hay que confundirse: estos dos lunares no llegan a ser ni una pequeña manchita en el excepcional lienzo que constituye la novela.

En consecuencia, Víctor del Árbol y su Respirar por la herida han sido todo un hallazgo. Intensa y sorprendente, incita a leer más y más, por lo que no puedo hacer otra cosa que no sea recomendar encarecidamente que leáis este novelón.

Y vosotros, ¿habéis descubierto un autor que se mueva fuera de los circuitos comerciales?

Víctor del Árbol

martes, 3 de diciembre de 2013

Stoner. John Williams


       




     "Durante aquellos primeros días tras la declaración de guerra, Stoner también experimentó confusión, pero de índole radicalmente distinta a la que atenazaba a la mayoría del campus. Aunque había hablado sobre la guerra en Europa con los estudiantes mayores y con los profesores, nunca había terminado de creer en ella, y ahora que se cernía sobre él, sobre todos, descubrió dentro de sí una gran dosis de indiferencia. Se sentía agraviado por la interrupción que la guerra había causado en la universidad, pero no hallaba dentro de él un sentimiento de arraigado patriotismo, como tampoco conseguía odiar a los alemanes.
          Pero los alemanes estaban allí para ser odiados."



Stoner pertenece a ese grupo de novelas que a pesar de rozar el calificativo de obra maestra, permanecerán por siempre ocultas a los ojos de la crítica y del gran público, agazapadas en algún rincón oscuro. Personalmente, la descubrí como se descubren las mejores cosas de esta vida. Por pura casualidad. Buscando en la librería una obra de Woodrell (que comentaré más adelante), tuve un pequeño desprendimiento de libros por la letra "W". Uno de las que recogí del estante inferior sobre el que se precipitaron fue la obra que hoy nos ocupa. Y bendito desprendimiento.

Stoner es uno de esos libros que, cuando alguien te pregunta "¿de qué va?", no sabes muy bien qué responder. Lo único que viene a la cabeza contestar es: "de un profesor". Y en efecto, así es.

Argumentalmente, la novela cuenta la historia de William Stoner, el único hijo de una humilde familia de granjeros del Medio Oeste norteamericano, más concretamte de la agreste y profunda Misuri. El pequeño Willy no posee apenas aspiraciones en la vida, continuar con la granja, casarse quizás y poco más. Pero sus padres, caracterizados magistralmente por Williams como seres silenciosos y tercos a los que el infinito trabajo en la granja ha convertido en bloques de piedra, proponen a Stoner ir a la Universidad a estudiar un nuevo programa de tecnología agraria para mejorar los cultivos de la granja familiar. Y es así como el joven William Stoner sale por primera vez de la seguridad del hogar, con un traje puesto, otro en el petate y unos pocos dólares prestados para estudiar en Columbia. Y allí, en su segundo curso, Stoner dará su primer golpe de integridad moral y tomará la primera decisión consciente de su vida, a los veinte años: abandonar la ingeniería agraria para estudiar literatura inglesa. Para ser profesor. Y a partir de esa decisión comenzará a desarrollarse todo el argumento, que no es otro que la vida de Stoner como estudiante, amigo, marido, padre y profesor de literatura medieval en la universidad de Columbia.

Stoner no es una novela que posea un trepidante argumento lleno de giros impredecibles (que alguno tiene). Es una novela de personajes. De un personaje. William Stoner es uno de los personajes mejor trazados al que he tenido el gusto de acompañar a lo largo de mi vida como lector; un personaje tierno, entrañable, redondo y sobre todo, real. La novela plantea ciertos temas esenciales canalizados a través de Stoner y de las cosas que le ocurren a lo largo del relato. Williams aborda de forma magistral temas como los férreos valores de la clase pobre rural en contraste con la doble moral urbana, la psicología colectiva de la guerra y la repercusión en la estado de ánimo de la sociedad (Stoner vive las dos Guerras Mundiales), la rigidez de las relaciones interpersonales, los matrimonios sin amor y las segundas oportunidades, la culpa impuesta y otros más a los que no hago referencia por no destripar nada del argumento.

Pero sobre todo, el relato gira en torno a dos grandes ejes, que son la renuncia y la integridad. Y es que Stoner renuncia a cosas por trabajo y por amor; renuncia a varias cosas por imposición y renuncia a otras tantas de manera voluntaria. Pero en todo momento, Stoner muestra una integridad moral en sus actos que llega a rozar lo sorprendente, y que le lleva a perder cargos en la universidad, a no hablar con su hija en meses e incluso a dormir en un sillón arrinconado durante años, pensando y tiritando de frío.

En lo referene al estilo, Stoner es una novela áspera y moderna, en sintonía con la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, un estilo del que son deposiarios autores tan estimados hoy día como Paul Auster o John Irving. Nos encontramos ante una prosa ágil y eficaz, elegante,  parca en adjetivos y de escasa retórica y afán estético. No obstante, el arte de John Williams radica en crear pasajes realmente bellos con tan escaso instrumental retórico. En definitiva: Stoner es una lectura sencilla y agradable, un libro de esos que llamo "agradecidos", es decir, que nos aportan mucho como lectores a pesar de exigirnos poco esfuerzo.


Es posible que John Williams no pase a la historia de la literatura; solo fue un profesor que escribía novelas y algún que otro poema. Pero después de leer Stoner, le estaré eternamente agradecido por haber creado un personaje que me acompañará el resto de mi vida, agazapado en un pequeño rincón de mi memoria. Que no es poco.

Y vosotros, ¿qué personajes de libros llevaréis para siempre en vuestro corazón?


John Williams



martes, 26 de noviembre de 2013

La Carretera. Cormac McCarthy





 "Vadeó por los campos nevados. La nieve honda y gris. Había ya una capa reciente de ceniza. Consiguió avanzar unos cuantos pasos más y luego se volvió para mirar atrás. El chico había caído. Dejó las mantas y el plástico que llevaba sobre el brazo y fue a recogerlo. El chico ya estaba tiritando. Lo levantó y lo estrechó contra su pecho. Lo siento, dijo. Lo siento."


La Carretera es uno de esos libros de fascinante atemporalidad. Un libro que deja el cuerpo helado tras su lectura, y que consigue en doscientas escasas páginas lo que muchos escritores han ansiado sin éxito a lo largo de la historia de la literatura universal: dejar un poso en la mente del lector. Un pequeño trozo de hielo ártico que nunca llegará a derretirse.

Argumentalmente, La Carretera plantea una premisa muy sencilla. Un padre y un hijo recorren una carretera interestatal de Estados Unidos en dirección sur. ¿El problema? Que el mundo no existe tal y como lo conocemos. Los campos están agostados, las ciudades deshabitadas y saqueadas una y otra vez a manos de los escasos supervivientes que aún consiguen vivir bajo la nube de polvo y cenizas que es ahora el cielo. La ceniza llega a atosigar al lector, llegando a ser un ente inmenso que cubre cada centímetro de la narración. Así pues,  los personajes tosen, se manchan, se tiznan y amanecen cada mañana semienterrados por una pastosa capa de la omnipresente ceniza. En ningún momento conocemos la causa de la devastación de la civilización; un mundo ruin y necesariamente maniqueo que solo distingue buenos y malos, plagado de criaturas raquíticas que antes fueron personas, desesperadas por comer antes de morir de inanición, y recurriendo al canibalismo cuando es necesario. 
Resulta inquietante lo convincente que resulta el planteamiento de McCarthy, muy alejado de la pompa y epicidad de la avalancha de historias postapocalípticas que asaltan librerías, salas de cine y videojuegos. Esto es un holocausto de verdad, que ocurre a personas de verdad. Frágiles y asustadas.

Respecto a los personajes, hay otro dato que el lector no llega en ningún momento a conocer: el nombre del padre ni el del hijo, todo un acierto de McCarthy a mi entender. Porque no es necesario. Son sencillamente "el chico" y "el hombre". Dos personas sumidas en esa espiral de ceniza y humo huyendo hacia la zona más cálida de América para evitar el invierno, portador de una muerte segura. No hacen nada diferente a cualquier otra persona de ese mundo sino mantenerse en pie un día más, y por ello no merecen ser identificados. Aunque hay una cosa que sí que los distingue del resto de seres con los que se cruzan en su periplo: su moralidad. McCarthy ha creado una auténtica obra de arte en la compleja relación que plantea entre la terna padre-hijo-mundo. Ellos son los buenos, y dado que el chico no posee la madurez necesaria para discernir semejante concepto, es el padre el encargado de extremar la seguridad que los tenga alejados de los malos. Pero no siempre es así, y en ocasiones el propio crío quien debe de tomar decisiones importantes, completamente desmedidas para su edad.

Padre e hijo recorren la carretera con su particular casa: un carro de supermercado en el que trasladan las escasas pertenencias que les permiten sobrevivir a la intemperie, cortar leña o refugiarse de la negra lluvia. Es lo que les une a la vida, lo único seguro que poseen aparte del uno al otro, y  por ello llega a convertirse en un personaje más del relato, inerte y silencioso al que se aferran nuestros anónimos protagonistas con desesperación, y que deben defender a vida o muerte. Rezuma especial desesperanza lo que yace en el fondo del carro; enterrados para siempre bajo los útiles de supervivencia, los tres o cuatro juguetes con los que algún día el chico jugó. Cuando aún era un niño.

Es probable que haya repartidos por el mundo cientos de ejemplares de esta novela que han sido abandonados en las primeras veinte páginas: hablemos de estilo.
Si consideramos una novela un lienzo en blanco sobre el que el escritor va bordando su historia, podríamos afirmar que Cormac McCarthy utiliza, en lugar de aguja y seda, una navaja de afeitar recién asentada. El lector se topa de frente con un estilo rudo, tosco, casi descuidado, al que cuesta acostmbrarse. El autor no regala un solo adjetivo, una sola coma, un solo párrafo. Incluso los diálogos están incrustados en la prosa sin separación alguna. El resultado es un brillante caos que tras quince páginas nos trasmite la misma sensación de pureza y desnudez que desprenden los personajes.

A modo de conclusión, creo conveniente comentar que suelo reírme entre dientes (y en ocasiones a semicarcajadas) de los comentarios de los críticos que las editoriales incluyen en las contraportadas de los libros, gracias a los cuales cualquier medianía es poco menos que una obra cumbre en la literatura. "Brillante. Fascinante" y cosas así. En La Carretera esto no ocurre, por la sencilla razón de que lo que leí en la contraportada es justo lo que me he encontrado al terminar la novela: "Esta novela está llamada a ser una de las grandes obras de la literatura universal", dice Diego Gándara.
Pues eso. Imprescindible.

Y vosotros...¿habéis disfrutado especialmente de alguna historia postapocalíptica?